Lo que pasó cuando mi esposo estaba de viaje

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

Yo jamás pensé que un simple olor —el de su perfume barato, pero dulce, como a jazmín quemado— me mandaría al borde de un precipicio. Se llamaba Mariana, vivía en el departamento del fondo, y cada vez que la veía en el pasillo, con sus jeans ajustados y los cabellos recogidos en un nudo torcido, sentía un cosquilleo en la nuca, como si me hubiera chocado con una corriente eléctrica disfrazada de calor.

Era jueves. Mi esposo se había ido a Guadalajara por tres días para esa reunión de "trabajo" que siempre repetía. Yo, en casa, con el celular apagado y el silencio hueco de siempre, escuché un golpe seco en mi puerta. No era él —él usaba la llave— y tampoco era el agua. Fue Mariana, con una botella de tequila artesanal y una sonrisa que me trajo recuerdos que ni sabía que tenía guardados.

—¿Te importa si entro? Hace calor aquí afuera —dijo, ya sin disimulo, como si nos hubiéramos visto ayer.

Entró sin esperar respuesta. Se quitó las sandalias con un suspiro y se dejó caer en el sofá, con las piernas abiertas a propósito, como si ya nos hubiéramos desnudado con la mirada. Yo cerré la puerta, con el cerrojo que no había usado en años, y me senté frente a ella. No era guapa de forma convencional —tenía los ojos hundidos, las cejas fuertes, las nalgas un poco caídas por haber parido una vez, me dijo después—, pero tenía algo que me hacía sentir viva, como si mi cuerpo me hubiera olvidado y ella fuera la única que recordaba cómo sonaba mi respiración cuando me gustaba algo.

—¿Sabes qué me dije cuando te vi por primera vez en el elevador? —me dijo, tomando un trago directo de la botella y pasándomela—. Que si alguna vez te veía en ropa interior, te la quitaría con los dientes.

Me dio la botella y no me lo pensé. Bebí hasta el fondo, con la lengua rozando el cuello de cristal, y cuando la dejé sobre la mesa, ella ya se había quitado la blusa. Debajo, un sostén negro, desabrochado por atrás, dejaba ver el contorno de sus senos, pequeños pero duros, como duraznos maduros. Me acerqué lento, como quien se acerca a una fogata en plena noche, sabiendo que si corre, se apaga, pero si se queda, arde.

—¿Tú también tienes ese fleco en el ombligo? —me preguntó, con los dedos ya sobre mi cintura.

Asentí. Me besó entonces, no como quien prueba, sino como quien se lanza. Su lengua tenía sabor a jengibre y tequila, y me arrastró hasta el suelo, sin fuerzas, sin vergüenza. Me desabotonó el blusón, con lentitud, como si cada botón fuera un pacto que rompía. Cuando mis pechos quedaron al aire, ella se inclinó, no para chupar, sino para morder, suave, sobre la punta, y me sentí temblar como una hoja en el viento.

—Vamos a la habitación —susurró, arrancándome el sujetador con un movimiento brusco—. No quiero oír al vecino quejándose otra vez.

Y sí, lo hicimos en mi cama, con las sábanas de algodón sosa que me dio mi mamá cuando me mudé, y ella, con las uñas largas, me marcó la espalda mientras me chupaba el cuello y me decía cosas sucias en voz baja: "Tú quieres esto, ya lo sabes", "Mira cómo te tiemblan las nalgas", "¿Te gusta que te agarre fuerte?".

No le mentí. Le dije que sí con la cara pegada a su pecho, con su culo apretado contra mi vientre, con sus dedos metidos dentro de mí, contando cada latido como si fueran los de un corazón que por fin había encontrado el suyo.

Cuando terminamos, ella se volteó, me miró fijo y me besó la frente.

—Mañana no te digo nada —dijo—. Pero si vuelves a verme en el pasillo, no te escondas.

Y yo, con el cuerpo aún humeante, con la boca seca y el alma pegándole al pecho, le sonreí y le dije: —Si vuelves, no me voy a esconder. —Y si no vuelves —añadí, con la voz temblando—… te busco.

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