Lo que pasó cuando me quedé a dormir en casa de Dani

Lo que pasó cuando me quedé a dormir en casa de Dani

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 4.8 (26) · 224 lecturas · 4 min de lectura

Yo no pensaba que iba a terminar en su cama. Pero Dani tenía esa manera de mirar, como si ya supiera lo que yo iba a hacer antes de que yo mismo lo supiera. Y yo, con mis treinta y pico y mi pito recién curado, mi culo aún tierno de las cirugías, me dejaba llevar como un niño que se deja abrazar por su mamá después de un día de llanto.

Era viernes. Llovía como si el cielo se hubiera desahogado de toda la tristeza que llevaba acumulada. Yo había ido a su casa a pedirle un cable para la lámpara del cuarto —la mía se había roto de nuevo— y ella, con su camiseta de algodón pegada al cuerpo y los pies descalzos, me dijo: “Pásate a dormir, emilio. No vayas a regresar mojado, y además… me hace falta compañía”. No dijo “amiga”, ni “compañera”. Dijo “compañía”. Como si yo fuera lo que ella necesitaba, no lo que la gente cree que debería ser.

Me quedé. Y cuando apagó la luz, el silencio se llenó de respiraciones. Ella estaba de espaldas, yo de frente, a un metro de distancia. Pero el calor de su cuerpo se me metía por la piel, como si fuera un humo que no se podía ahuyentar.

—¿Tienes frío? —preguntó, sin darse vuelta.

—No, guapa. Estoy bien.

—Mentiroso. Tienes los pies helados.

Se dio vuelta. Me miró con esa luz tenue que entraba por la ventana, la de los faroles de la calle, la que le daba a su cara un brillo de aceite de oliva. Sus ojos, grandes, oscuros, con esa arruga de quien ha llorado mucho y aún así sonríe. Me tomó la mano. No fue un gesto de cariño. Fue un gesto de reconocimiento.

—¿Te acuerdas cuando te dije que no me gustaba que me llamaran “señora”?

—Sí.

—Pues hoy no me llames “Dani”. Llámame como me llaman cuando estoy sola, cuando no hay nadie más que yo y mi cuerpo.

No supe qué decir. Entonces, con la voz más baja que he tenido en mi vida, casi un susurro que se perdió en la lluvia:

—¿Liliana?

Ella cerró los ojos. Un suspiro largo, profundo, como si hubiera estado esperando esa palabra desde que nació. Y entonces, sin más, se acercó. Me besó. No fue un beso de deseo, fue un beso de certeza. Como si por fin alguien hubiera encontrado la llave que abría la puerta que ella misma había sellado con lágrimas.

Sus labios eran suaves, pero su lengua, diabólica. Me chupó como si fuera el último aliento que le quedaba. Yo no supe qué hacer, así que me dejé llevar. Me dejé ir. Y cuando sus manos bajaron, cuando sus dedos tocaron mi pito, ya no era un hombre que se estaba follando a una mujer. Era un cuerpo que se reconocía en otro cuerpo, y por primera vez, no había vergüenza.

—Mamámelo —me pidió, sin soltarme la mirada.

No lo pensé. Lo hice. Me incliné. La besé en el centro, en ese pliegue que solo ella conocía, donde la piel se vuelve seda y el olor es como tierra mojada después de la tormenta. Ella gimió, un gemido bajo, como de gato que se deja acariciar. Y yo, con la boca llena de su sabor, su sal, su dulzura, su humedad, su esencia… la mame como si fuera mi última comida, como si cada succión fuera una oración.

Ella se deshizo. Se desarmó. Me agarró la cabeza con fuerza, como si temiera que me fuera. Y cuando llegó, no gritó. Solo soltó un “¡ay, Dios!” que sonó como un llanto de alivio. Y yo, con la boca aún llena de ella, la abracé. La abracé fuerte, como si yo fuera el que necesitaba ser sostenido.

Después, nos quedamos quietos. Ella se puso de costado, me abrazó por detrás, su pecho pegado a mi espalda, su pierna entre las mías. Yo sentí su pito, su coño, su calor, su alma. Y ella, sin palabras, me besó el hombro.

—¿Te sientes bien? —me preguntó al rato.

—Sí. Me siento… como si por fin estuviera en casa.

Ella se rió, su risa baja, cálida, como el café que toma en la mañana.

—Pues aquí estás. No te vayas.

No me fui. Dormí abrazado a ella, con su aliento en mi cuello, con su mano sobre mi culo, como si fuera suyo. Y cuando me desperté, la luz entraba por la ventana, y ella ya estaba en la cocina, con una taza de café en la mano, usando mi camisa, la que me había prestado la noche anterior.

—¿Tienes hambre? —me preguntó.

—Sí.

—Pues ven. Te voy a hacer arepas. Y después… si quieres, te mamo otra vez.

No respondí. Solo caminé hacia ella. Le tomé la cara, la besé, y le dije:

—Mira, Liliana. Hoy no te llamaré “Dani”. Hoy eres mi mujer.

Y ella, con la arepa en la mano, con la ropa de otro hombre puesta, con el pelo revuelto y los ojos brillantes, me sonrió como si el mundo entero hubiera dejado de girar para que solo existiéramos nosotros.

—Entonces, emilio —dijo—, ¡mamame bien, porque hoy no te voy a dejar ir!

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