Lo que le hice a mi hermanastra cuando creí que era mi hermana

Lo que le hice a mi hermanastra cuando creí que era mi hermana

@tomas_leon ·27 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (12) · 367 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que la vi con ese vestido blanco, sin saber aún quién era de verdad, me dolió el pene. No por deseo —aún no— sino por la tensión de creer que estaba a punto de cometer algo inaceptable.

Era verano, en la casa de veraneo de mi padrastro en Cabo San Lucas. Yo había ido con mi madre, su tercera esposa, y ella, Lucía, la hija de mi padrastro de su primer matrimonio —mi hermanastra, técnicamente—, nos había esperado en la terraza con una sonrisa que parecía hecha a medida. Treinta y dos años, piel morena dorada por el sol, cabello oscuro recogido en un moño desordenado, y ojos verdes que no parpadeaban cuando te miraban. Tenía el cuerpo de una mujer que sabía lo que quería y lo tomaba.

—Tomas, qué gusto verte —dijo, acercándose con paso lento, sin prisa, como si supiera que yo ya la estaba midiendo.

Me besó en la mejilla. En ese roce, su brazo rozó el mío, y sentí un calor inmediato en la ingle. Me dije: *Es tu hermanastra. No. No es hermana. No por sangre*. Pero el cuerpo no entiende de lógica.

La cena fue tranquila. Mi madre charlaba con mi padrastro sobre el mercado inmobiliario, mientras Lucía servía vino con una naturalidad que no admitía treguas. Yo no podía dejar de mirarla: la curva de sus caderas bajo el vestido ceñido, el modo en que se mordisqueaba el labio inferior cuando reía, la forma en que se quitó una uña falsa rota mientras se servía un segundo vaso.

—¿Todavía te acuerdas de que te gustaban las uñas rojas? —me preguntó de repente, sin mirarme, como si hubiera sentido mi fijación.

—Claro —respondí, con voz más seca de lo que pretendía.

—A mí me gustas tú. —Eso sí lo dijo con una sonrisa, pero sin burla. Solo una confesión suelta, como si el alcohol le hubiera desatado la lengua.

No era verdad, no del todo. No entonces. Pero me había disparado una cerilla en el sistema.

Después de la cena, mi madre y mi padrastro se retiraron a su habitación temprano. Lucía y yo quedamos en la terraza, tomando una copa más, ahora sin hielo, sin disimulo. El viento del mar movía sus cabellos sueltos, y el vestido blanco se pegaba a sus muslos al cruzar las piernas.

—Sé que no somos hermanos —dije, sin rodeos—. Pero todos nos miramos raro.

Ella se giró lentamente. Me miró a los ojos, y por primera vez, no esquivó la mirada.

—¿Y si nos miramos de otra forma? —susurró, mientras se levantaba.

No fue una invitación abierta. Fue una pregunta. Una provocación.

Me puse de pie. Entre nosotros, no había más que diez pasos.

—¿Qué forma? —pregunté, ya con la respiración cortada.

Ella no respondió con palabras. Caminó hacia mí, lenta, con los ojos medio cerrados, como si estuviera soñando despierta. Cuando estuvo a un paso, me pasó la mano por el pecho, descendiendo hasta mi abdomen, sin presión, solo el roce de las yemas.

—La que te hace esto —dijo, y puso mi mano sobre su muslo.

Estaba desnuda debajo del vestido. Solo una tanga diminuta.

Me costó tragar.

—Lucía… —empecé, pero ella me interrumpió con un dedo sobre los labios.

—No digas mi nombre como si fuera un pecado. Dilo como una promesa.

La tomé de la muñeca, sin fuerza, pero con firmeza. La guié hacia mi habitación. No había prisa. Solo la certeza de que lo íbamos a hacer.

Dentro, encendí solo una lámpara de noche. La luz tibia dibujó su silueta sobre la pared. Se quitó el vestido sin prisa, dejándolo caer al suelo como una hoja seca. Quedó frente a mí en tanga y sostén, con los pechos firmes, los pezones oscuros y levantados, y las piernas ligeramente abiertas, como si ya me estuviera esperando.

Me desabroché la camisa. Ella me observaba, sin apartar los ojos.

—Tienes el mismo pene que mi hermano —dijo, y me sonrió.

—No es cierto —respondí, aunque no estaba seguro.

—Pero es el mismo tipo de deseo.

Me acerqué. Le desabroché el sostén con un movimiento suave. Los pechos le saltaron un poco, firmes, redondos. Los tomé con las dos manos, los apreté con cariño, y bajé la cabeza para lamerle un pezón. Ella jadeó, una sola vez, y apoyó las manos en mis hombros.

—Dime qué más quieres —susurré.

—Que me quites la tanga —dijo—. Y que me jodas como si no hubieras tenido otra opción.

Me puse de rodillas. Le separé las piernas con las manos, y vi su vulva, ya húmeda, los labios hinchados, oscuros, con un pequeño vello crespo alrededor. No dudé. Pasé la lengua por su clítoris, una vez, dos. Ella gimió, alta, y me agarró del cabello, no para detenerme, sino para empujarme más adentro.

—Mierda… Tomas… —dijo, y me soltó para agarrar la sábana.

Me levanté. Me desabroché el cinturón, bajé la cremallera. Mi pene ya estaba duro, grueso, con el glande brillante de preseminal.

—Voy a meterme adentro —dije, mientras le apartaba el tanga con los pulgares—. Y no te voy a preguntar si quieres. Porque ya lo sabemos.

Ella se tumbó en la cama, abrió las piernas, y me miró con los ojos entreabiertos.

—Metete —dijo, con voz ronca—. Que ya no me duele pensar.

La penetré con un solo impulso. Fue estrecha, caliente, húmeda. Ella soltó un grito agudo, pero no de dolor. De reconocimiento.

—Sí… sí… —murmuró, mientras yo me hundía hasta la raíz.

Empecé a moverme, lento, con los puños apoyados en la cama, los dientes apretados para no gemir. Pero ella me detuvo.

—No te contengas —dijo—. Que esto es lo que queríamos.

Le tomé el rostro con las dos manos, y la besé. Profundo. Con lengua. Y mientras la besaba, empecé a cogerla más fuerte.

Ella me devolvió el beso con igual sed. Me mordió el labio, me arrancó un gruñido.

—Dime quién soy —le susurré al oído.

—Mi hermano de mierda —dijo, y arqueó la cadera, pidiendo más.

—Tu hermanastro —corregí, y la follé con un golpe seco, profundo.

Ella gritó. Me agarró del pelo, me tiró hacia atrás, y me mordió el cuello. No fue un mordisco suave. Fue un marcaje.

—Tú eres el que me está cogiendo —dijo—. No el que me va a olvidar mañana.

—Nunca —juré—.

Ella se corrió con un grito que me rompió el pecho. Su cuerpo se tensó, los musculos se contrajeron alrededor de mi pene, y yo la seguí al instante, lanzándome dentro de ella con un gemido que no pude contener.

Me derramé entero, lentamente, mientras ella me abrazaba, pegada a mí, sudorosa, con los ojos cerrados.

No dijimos nada después. No había nada que decir.

Me levanté. Me limpié con una toalla. Me vestí.

Ella me miró sentada en la cama, con las piernas aún abiertas, el pecho subiendo y bajando.

—Mañana —dijo—, no me trates distinto.

—Nunca lo haré —respondí, y salí de la habitación, con el pene aún tieso, y la boca seca de pecado.

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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