La ventana que no cerré

La ventana que no cerré

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (14) · 372 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia golpeaba suave contra los vidrios del departamente, ese sonido de verano que te mete hasta los huesos y te hace querer envolverte en una manta, un café humeante y los brazos de alguien que ya conoces hasta los latidos. Yo estaba sentada en el sofá, con los pies descalzos sobre el cojín, el cabello suelto y una camiseta de algodón que apenas me cubría las nalgas. Él estaba en la cocina, preparando el café, y yo lo observaba por el reflejo del espejo del comedor: su espalda ancha, el movimiento lento de sus brazos, el talle estrecho que se marcaba cada vez que se inclinaba para agarrar la tetera.

—¿Lo quieres bien cargado o medio cargado? —preguntó sin voltear, como si ya supiera que yo prefería lo segundo, porque siempre lo hacía.

—Medio cargado —respondí, con una sonrisa que se me dibujó sola—. Como tú te lo tomas.

Me acordé entonces de que no había cerrado bien la cortina de la ventana del cuarto, la que da a la calle lateral. No es que fuera peligroso, pero sí… íntimo. Una ventana que, por la inclinación del edificio, en ciertas horas del día permitía ver —desde fuera, si alguien se ponía en puntitas y miraba con cuidado— hacia adentro, hacia el cuarto, hacia *nosotros*.

—Voy a cerrar la cortina —dije, levantándome—. Se me hace que hoy hay miradas por ahí.

Él se volteó, con la tetera en la mano, una gota de café cayendo sobre su muñeca. Me miró como siempre: lento, profundo, como si cada una de mis palabras las estuviera desglosando con los ojos cerrados.

—¿Te gusta que te vean? —preguntó, sin presión, sin desafío, solo curiosidad, como cuando me pregunta si quiero chile en el mole o si ya me cansé de escuchar esa canción vieja.

Me acerqué a él, puse las manos en su pecho, sentí el latido firme, el calor que emite cuando está quieto.

—No me gusta que *me* vean —susurré—. Me gusta saber que *podrían* verme… si quisieran.

Él soltó una risita baja, casi un gruñido, y puso la tetera sobre la mesa. Me tomó de la barbilla, me obligó a alzar la cara.

—¿Y si alguien está ahí ahora? —dijo, mirando hacia la ventana—. ¿Te gustaría que te viera… como te quiero?

No respondí. Me solté de su mano, pero no me alejé. Caminé hacia la ventana, con calma, como quien se quita una joya, con intención. La cortina estaba entreabierta, apenas un centímetro, pero suficiente. No había nadie abajo, solo la calle mojada, los faroles que ya se encendían al atardecer, y el silencio que pone la lluvia.

—No hay nadie —dije, pero no sonaba seguro.

—Entonces… quédate viendo —dijo él, acercándose por detrás.

Me rodeó la cintura con ambos brazos, apoyó la barbilla en mi hombro. Sus dedos se deslizaron bajo la camiseta, subieron por mis costados, rozaron la base de los senos.

—Mira —susurró—. Mira cómo te veo yo. Mira cómo te quiero.

Y entonces lo sentí: la verga dura contra mi nalga, el aliento caliente en mi cuello, la forma en que su voz tembló cuando me dijo:

—¿Te gusta que te mire así? ¿Te gusta que te coger sin que tú lo sepas, pero *yo* sí?

Asentí. No con palabras, sino con el cuerpo: mis caderas giraron un poco, buscando más contacto, más presión. Él me apretó más fuerte, y por un segundo, me imaginé que sí había alguien ahí afuera, que nos veía, que sentía el mismo calor que nosotros, que sabía que esto era mío, pero también *nuestro*.

Cuando él me dio la vuelta, me tomó de las nalgas y me levantó contra el mueble de la cocina, la superficie fría contra mis espaldas, la camiseta subida hasta el pecho, él ya con el pantalón bajado, la verga libre y temblando.

—Ahora no hay dudas —dijo, entrando en mí lento, muy lento—. Ahora *sí* te ven.

Y yo le dije, con la voz rota:

—Sí. Que me vean. Que me chinguen con la mirada… mientras me coges.

La lluvia siguió cayendo. La calle, vacía. Pero nosotros, ahí, juntos, sabiendo que el mundo entero —o tal vez solo un par de ojos curiosos— podía estar mirando, y que eso no nos quitaba nada. Nos lo daba todo.

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