La ventana del quinto sin rejas

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En el barrio El Poblado, donde las noches se tejen de brisa tibia y el rumor de los motoconchos que suben y bajan por las cuestas, hay un edificio de ladrillo visto que mira de frente al parque de los Pinos. Tiene cinco pisos, sin ascensor, y en el quinto vive una mujer llamada Lía. No lleva más de tres meses allí, pero ya es parte del aire que respiran los que la han visto pasar, con su caminar lento y esa manera de mover las caderas como si estuviera bailando un vals con el viento.

Cada noche, al caer el sol, Lía abre las ventanas de su apartamento. No pone rejas. Dice que en esta ciudad, si uno vive con miedo, ya perdió la partida. Y ella no ha venido a perder. A las ocho y media, más o menos, enciende una vela blanca sobre la mesa del comedor, se quita los zapatos, se sirve un vaso de vino tinto y se sienta frente al espejo del baño a desmaquillarse. No se apura. Se mira con detenimiento, como si se conociera y a la vez se descubriera. Y allí, entre las sombras suaves del atardecer, empieza el ritual.

Desde el edificio de enfrente, en el cuarto piso, hay un hombre que la observa. Se llama Andrés, pero todos le dicen Tano. Es arquitecto, soltero, de esos que no se casan porque dicen que el amor es un lío, pero en el fondo es porque nunca encontraron a alguien que les quite el sueño. Hasta ahora.

Tano no empezó a espiarla con mala intención. Fue el azar. Una noche, al regresar del trabajo, vio la luz encendida en el quinto piso y, sin pensarlo, se detuvo frente a su ventana. Lía estaba desnuda, de espaldas, quitándose el sostén con un movimiento lento, casi teatral. No lo hacía para él. Ni siquiera sabía que alguien la miraba. Pero ese instante, fugaz como un parpadeo, le cayó encima como una piedra en el pecho.

Desde entonces, Tano no puede dejar de mirar. No es solo el cuerpo de Lía —aunque es un cuerpo que merece ser visto: caderas anchas, culo prieto, espalda larga como un río entre montañas—, es la forma en que se mueve, como si cada gesto tuviera un propósito. Como si estuviera en escena, aunque solo esté sola.

Pero esta noche es distinta.

Lía no se desmaquilla. No se sirve vino. En cambio, enciende todas las luces del apartamento. Abre la ventana de par en par. Se pone un vestido rojo, corto, de esos que se le pegan al cuerpo como una segunda piel. Se calza unos tacones altos, negros, y se sienta en el sofá, frente a la ventana. Cruza una pierna sobre la otra, despacio, dejando entrever el muslo. Y espera.

Tano, desde su cuarto, siente que el aire se espesa. No sabe qué está pasando, pero su cuerpo lo sabe. El pito se le pone duro al instante, como si hubiera estado esperando este momento. Se sienta en la silla frente a la ventana, sin moverse. No enciende ninguna luz. Solo mira.

Lía levanta la vista. Directo al cuarto de Tano. Lo mira fijo. No con enojo, no con sorpresa. Con una sonrisa leve, apenas perceptible. Y entonces, muy despacio, se lleva un dedo a los labios y lo besa. Luego, con el mismo dedo, señala la ventana de Tano.

Él traga saliva. No sabe si correrse, si esconderse, si responder. Pero no puede moverse. Ella lo tiene atrapado con la mirada.

Lía se levanta. Camina hacia el espejo del baño, pero esta vez no se desviste. En cambio, se inclina un poco, apoyando las manos en el lavamanos, y mira hacia atrás, directo a la ventana de Tano. Se levanta el vestido por encima de la cintura. Deja al descubierto un culo redondo, prieto, perfecto. Y allí, con la luna llena de testigo, se toca. Primero con una mano, luego con dos. Se separa las nalgas, muy despacio, y con un dedo mojado se acaricia el ano, luego la rajita húmeda que tiene entre las piernas.

Tano no puede respirar. Se desabrocha el pantalón con manos temblorosas. Saca el pito, ya duro como una piedra, y empieza a acariciarlo despacio, sin prisa, como si estuviera en un templo. Siente el calor subirle por las piernas, el corazón latirle en la garganta.

Lía lo sigue mirando. Ahora se lame los dedos y sigue tocándose, más rápido. Se mete un dedo dentro, luego dos. Se mece suavemente, gimiendo en silencio. Tano acelera el ritmo de su mano. Cierra los ojos un segundo, pero al abrirlos, ella sigue allí, mirándolo, masturbándose, esperándolo.

Y entonces, Lía se da vuelta. Se acerca a la ventana. Se quita el vestido. Queda desnuda, iluminada por la luna. Se sienta en el alféizar, con las piernas abiertas, y con una mano se abre la rajita, mostrándole a Tano todo: el pelo oscuro, los labios hinchados, el brillo del deseo.

Él no aguanta más. Se corre con fuerza, sin gritar, con los ojos cerrados, el cuerpo tenso, el pito palpitando mientras el semen le salpica el pecho y el muslo. Cuando abre los ojos, Lía ya no está en la ventana.

Pasan minutos. Horas. Tano se queda sentado, sin moverse, con el pantalón abierto, el pito flácido, el corazón aún acelerado. No sabe qué hacer. No sabe si fue un sueño, una alucinación, una fantasía cumplida.

Pero al día siguiente, al bajar a comprar el café en la esquina, la ve. Lía está allí, en la misma tienda, con un vestido blanco, el pelo recogido en una cola alta. Está comprando pan y una botella de vino. Lo mira. Sonríe. No dice nada. Pero cuando pasa junto a él, le roza el brazo con los dedos y susurra:

—Anoche estuvo chimba.

Él no responde. No puede. Solo la mira alejarse, con esa forma de caminar que ahora conoce demasiado bien.

Esa noche, Tano deja su ventana abierta. No enciende las luces. Solo espera. Y al rato, como si lo hubiera estado esperando, Lía aparece en su ventana. Esta vez no se desnuda. Solo se sienta en la silla, frente a él, con un libro en las manos. Lo abre. Es un libro de poesía. Lo lee en voz alta, aunque Tano no puede oírlo. Pero ve sus labios moverse, su garganta tragar, sus dedos pasar las páginas.

Y así pasan las noches. Mirándose. Sin hablar. Sin tocarse. Pero con todo el deseo del mundo flotando entre los dos edificios.

Una semana después, Tano recibe un sobre en su puerta. No tiene remitente. Solo su nombre, escrito a mano, con una letra fina y elegante. Adentro, una llave. Y una nota:

> Sube cuando quieras. Quinto piso. Sin rejas.

Tano la guarda en el bolsillo. No sube esa noche. Ni la siguiente. Pero al tercer día, al caer el sol, toma la llave, la siente fría en la palma, y sube los cinco pisos a pie. No hay ascensor. Solo escaleras, oscuras, con olor a encerrado y a vida vivida.

Llega al quinto. Respira hondo. Toca la puerta.

—Adelante —dice una voz desde adentro.

Entra. Lía está sentada en el sofá, con el mismo vestido rojo de aquella primera noche. Pero esta vez no hay ventana abierta. No hay espectáculo. Solo ella, mirándolo con esos ojos claros, profundos, como pozos sin fondo.

—Pensé que nunca ibas a subir —dice.

—No sabía si debía —responde él.

—No se trata de si debes. Se trata de si quieres.

Tano se acerca. Se arrodilla frente a ella. No dice nada. Solo le besa las rodillas, luego los muslos, luego el borde del vestido. Ella no se mueve. Solo lo mira, con una sonrisa leve.

—¿Puedo? —pregunta él.

—Tú dime —responde ella.

Entonces, muy despacio, le levanta el vestido. Le besa el vientre, el ombligo, la rajita cubierta por una tanga negra. Le huele el sexo. Es rico, dulce, con un toque de sal. Le lame por encima de la tela, con suavidad, con devoción. Lía suspira. Le pone una mano en la cabeza, sin forzar, solo guiando.

—Sigue —dice.

Él le baja la tanga. Le separa los labios con los dedos. Le lame el clítoris, primero con la punta de la lengua, luego con círculos lentos, profundos. Lía se arquea. Gime. Le entierra los dedos en el pelo.

—Así… así, mi amor… más fuerte…

Tano obedece. Le mete dos dedos dentro, los mueve con ritmo, mientras sigue chupándole el pito con la boca. Ella empieza a temblar. Grita. Se corre con fuerza, mojándole la cara, el pecho, el cuello.

Cuando termina, lo mira con los ojos húmedos.

—Ahora tú —dice.

Lo ayuda a quitarse la ropa. Le acaricia el pito con ambas manos, lo besa desde la base hasta la punta. Luego, sin más, se lo mete entero en la boca. Lo mamar como si fuera lo más natural del mundo. Con arte, con hambre, con ganas.

Tano no aguanta. Se corre dentro de su boca. Ella no se aparta. Traga. Lo mira. Sonríe.

—Chimba —dice.

Se acuestan juntos. No hablan. No hacen falta palabras. Solo se abrazan, piel con piel, sudor con sudor, respiración con respiración.

Afuera, la ciudad sigue girando. Los motoconchos suben y bajan. Las estrellas brillan sobre Medellín. Y en el quinto piso, sin rejas, dos cuerpos se encuentran por fin, después de mirarse durante semanas como si el mundo no existiera.

Porque a veces, mirar no es suficiente. A veces, hay que tocar. Hay que sentir. Hay que perderse para encontrarse.

Y en esta ventana, sin rejas, sin miedo, sin palabras manidas, el deseo no es un juego. Es un puente. Y ellos, al fin, lo cruzaron.

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