La ventana del quinto piso

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (17) · 48 lecturas · 4 min de lectura

Yo vivía en el quinto piso, al lado del edificio nuevo, donde las paredes aún olían a cemento fresco y a polvo de aluminio. A la derecha, la ventana del departamento 5B daba directo a la mía —no estaba a más de tres metros—, y por un descuido de la constructora, la persiana de esa pieza no tenía tornillos en la base: apenas un gancho suelto, que se ponía en tensión con un tirador plástico que cualquiera podía deslizar con un chasquido seco.

La primera vez que la vi fue una noche de invierno, con la lluvia golpeando los vidrios como puños. Ella estaba sentada en la cama, sola, con una camiseta fina de algodón blanco que se pegaba a la curva de los pechos, redondos y firmes, y pantalones cortos de algodón que dejaban ver el vello pubiano oscuro, bien recortado. Yo me había acostado temprano, con un vaso de terciopelo en la mano, y la vi moverse despacio, estirándose, desabrochándose la camiseta con un movimiento pausado. Los pezones se le pusieron duros enseguida, contra la tela húmeda de vapor del baño recién usado. No dije nada. Solo la miré, con el vaso apoyado en el alféizar, el hombro pegado al vidrio frío.

Al tercer día, me di cuenta de que ella sabía que yo la veía. No me sorprendió cuando me miró de golpe, con los ojos negros y fijos, como si ya me hubiera estado esperando. Me sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa de quien acaba de encontrar un botón que no sabía que tenía, y lo aprieta con miedo y con ganas. Me hizo un gesto con la mano: abrió los dedos despacio, como si mostrara una llave invisible, y luego se los llevó a la boca, con la lengua pasándoles por encima. Yo me levanté. Me desabroché los pantalones. Me puse de pie frente a la ventana, con el cuerpo al descubierto, y me tomé la verga con la palma, apretando suave, como si la estuviera sacudiendo para que se levantara más derecha.

Ella se paró entonces. Se deslizó los pantalones cortos por las caderas, bajó hasta la cama, sentada de lado, con una pierna extendida y la otra doblada. Se separó los labios de la concha con los dedos, y me mostró su coño, húmedo ya, rosado, con el clítoris encendido como una cereza madura. Me puse de rodillas en mi lado, contra el vidrio, y empecé a joderme con la mano, despacio, con la punta de los dedos rozando el glande, apretando cuando la tensión se me subía por la espina. Ella me imitaba. Se metió dos dedos dentro, con un gemido que yo sentí en los dientes. Se los retiró, los lamió, y se los volvió a meter, mientras con la otra mano se pellizcaba un pezón y lo giraba, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.

La tercera vez, me acerqué. Apoyé la mano en el vidrio, y ella hizo lo mismo del otro lado. Nuestros dedos se tocaron a través del cristal, frío por fuera, calientes por dentro. Le hice señas para que se inclinara. Se acercó, y le besé el vidrio, con la lengua, con los dientes, con el aliento empañándolo. Ella se desabrochó la camiseta de golpe, y se agachó hasta el suelo, con las rodillas en el colchón, y me mostró su culo, redondo, apretado, con la línea de la virginal bien marcada, como si fuera una escultura. Yo me dije: “Esta pija se la voy a garchar en persona, y esta vez no va a haber vidrio que me detenga”.

Al cuarto día, me esperaba. La puerta del edificio estaba abierta, y ella bajó por las escaleras con una bolsa de tela, sin hacer ruido. Me miró al pasar, me guiñó un ojo, y me dijo, con la voz baja y seca como un chasquido: —Volvé a tu casa. La puerta de tu depto. Ahora. Subí corriendo, con el corazón en la garganta, y cuando abrí la puerta, ella estaba adentro, sentada en mi sofá, con los zapatos puestos, la camiseta puesta, pero sin nada debajo. Me miró, me miró bien, y me dijo: —Andá al baño. Vos primero. Me la querés mostrar, pija. Y mientras yo me desabrochaba, ella me dijo, sin perderme de vista: —Después la limpiás. Con la lengua. Hasta que me la sentís vibrar. Y cuando me senté frente a ella, con la verga dura y brillante, ella me agarró la cabeza por las sienes, y me empujó su concha hacia la cara, y me dijo: —Ahora sí, Tomas. A coméla. Que me la querés meter en el alma.

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