La ventana del cuarto de al lado
6 minLa ventana del cuarto de al lado
Julián lo notó desde el primer día que se mudó al apartamento 304: la puerta del cuarto de al lado, el 303, nunca se cerraba del todo. Siempre dejaba una rendija de unos tres dedos, como si quien vivía allí olvidara, o peor, como si *quisiera* que alguien mirara.
Era una noche de jueves, lluvia fina pegándose a los vidrios del balcón. Julián, de 32 años, pelado, corpulento, con brazos marcados por el trabajo de albañil y el sudor que no le daba respiro ni en casa, estaba en calzoncillos, sentado en el sofá, viendo una peli en la tele. La luz tenue del cuarto de al lado se colaba por la rendija, iluminando el pasillo como un faro de advertencia. Él no fue a mirar. Al principio. Pero el silencio no era natural: no se oía música, no se escuchaba la voz de alguien hablando por teléfono, ni el sonido de una ducha. Solo un leve crujido, como el de una cama moviéndose… o de alguien aguantando el aliento.
Entonces, por puro reflejo, se levantó.
Camino de puntillas, como si en el mundo entero solo existiera esa rendija y su respiración agitada. Se detuvo a un metro. La puerta no estaba cerrada de verdad: la madera se había abombado con la humedad y apenas cerraba. Julián empujó con la punta de los dedos. Abrió otros dos centímetros.
Y la vio.
Luz cálida. Cama deshecha. Una mujer, desnuda, sentada en el borde del colchón, con las piernas separadas, las manos apoyadas detrás de ella como si la sostenieran. Pecho pequeño pero firme, pezones morenos y erguidos, vientre plano con un ligero vello en la línea del ombligo. Y entre sus piernas… un coño abierto, oscuro, húmedo, con los labios externos ligeramente separados, como si estuviera esperando algo.
Ella no lo vio. Estaba absorta en lo suyo.
Con la mano derecha, lentamente, se metió dos dedos dentro de la vulva, hundiéndolos con un movimiento rítmico. Un grito ahogado le salió de la garganta, corto, como si le doliera un poco, pero bien. La cabeza se le inclinó hacia atrás, el cuello estirado, la boca entreabierta.
—¡Ay, dios mío…! —susurró, en voz baja pero clara—. Mierda… sí, así…
Julián no se movió. Ni siquiera respiraba. Sus ojos se clavaban en cada contracción de sus dedos, en la forma en que su cadera se elevaba para recibirlos mejor, en el modo en que su espalda arqueada hacía que sus pechos se balancearan levemente.
Ella se sacó los dedos, los miró, los chupó uno por uno, lamiendo con lentitud cada falange, como si se tratara de un dulce. Luego, se inclinó hacia la mesita de noche, tomó un lubrificante y se lubrificó los dedos otra vez. Se volvió a meter los tres, esta vez con fuerza, hasta las falanges. Un gemido más largo, más roto, le salió de la boca:
—¡Joder…! ¡Maldita sea, sí!
Pero no era suficiente. Se levantó de golpe, la respiración agitada, y caminó hacia la puerta del cuarto. Julián retrocedió un paso, con el corazón a mil, pensando que la había escuchado. Pero ella no abrió. Solo se detuvo frente a la rendija, con la espalda hacia la luz, los hombros alzados, el pelo recogido en un moño deshecho.
—¿Estás ahí? —preguntó, en voz baja, como si ya lo supiera—. Sé que estás mirando, puto curioso…
Julián no respondió. Pero no se fue.
Ella giró la cabeza, apenas, y lo miró por el rabillo del ojo. Una sonrisa traviesa se le dibujó en la boca.
—No te muevas… —dijo—. Quiero que sigas viendo.
Se puso de cuclillas frente a la rendija, ahora de frente, con las piernas separadas, el coño expuesto como un regalo. Se metió dos dedos otra vez, con más fuerza, y empezó a moverlos rápido.
—Mira… mira bien… —murmuró—. Mira cómo se me abre por ti. Mira cómo me gusta que me vean.
Julián sintió que el pene le crecía en los calzoncillos, duro, pesado, palpitando. Se metió una mano en el calzoncillo y se agarró con fuerza, frotando la cabeza contra el algodón.
Ella lo vio moverse.
—¡Sí! ¡Tú también! —exclamó—. ¡Sé que te tienes agarrando! ¡Dime que te estás tocando!
—Sí… —dijo él, sin pensar, sin poder contenerlo—. Sí, me tengo agarrando…
Ella soltó una risita, breve, caliente.
—Mierda, rico… —susurró—. ¿Quieres que te lo muestre bien?
Se levantó de golpe, caminó hasta la cama, se acostó boca arriba, y se abrió las piernas con las manos.
—Mira mi coño… —dijo, con los ojos cerrados—. Mira cómo se humedece… cómo se pone rojo…
Sus dedos separaron los labios externos, y dentro, el orificio se abrió y cerró como un corazón vivo. Se metió un dedo, luego otro, y con la tercera mano empezó a masajear su clítoris, un botón hinchado y oscuro, que se erizó al instante.
—¡Ay, joder…! ¡Sí, así! —gritó, con la voz rota—. ¡Mierda, voy a venir…!
Sus caderas se elevaban ahora sin control, sus pechos rebotaban con cada movimiento, y entre sus piernas, el coño se tensaba, se encogía, y por fin, con un grito cortado, su cuerpo se sacudió. Un espasmo le recorrió la columna, los ojos se le pusieron blancos, y entre jadeos, soltó un chorro claro y pegajoso que le resbaló por el muslo interno.
—¡Mierda…! ¡Mierda…! —respiraba—. Estoy hecha un charco…
Julián, sin poder contenerse más, se soltó el pene de una vez. Ya estaba duro, con la cabeza roja, y un hilo de presemen salía de la punta. Se agarró la base, apretó fuerte, y empezó a frotarse con la mano mojada.
—¿Quieres que te lo muestre de verdad? —preguntó ella, con voz de súplica y picardía—. ¿O seguimos mirando?
Julián tragó saliva.
—Quiero entrar —dijo, con voz ronca—. Quiero verlo de cerca…
Ella sonrió.
—Pues ven… —susurró—. Pero despacio. Que si me asustas, me cierro como ostra.
Él abrió la puerta de un jalón.
Ella no se cubrió. Lo miró de pie, con el coño aún húmedo, los pechos subiendo y bajando con la respiración.
—¿Me das tu pito? —preguntó, acercándose.
Él, sin decir nada, se lo mostró: grueso, de 17 centímetros, con la cabeza azulada, las venas marcadas. Ella lo agarró con ambas manos, lo frotó de arriba abajo, lentamente, hasta que él soltó un gruñido.
—Rico… —dijo—. Muy rico…
Se inclinó, lo besó en la punta, saboreó el sabor ácido, y luego lo metió en su boca. Lo mamió con profundidad, hasta que sus narices tocaron su vello púbico, y luego lo sacó con un *pop* húmedo.
—Ahora tú… —dijo, sentándose en la cama—. Mira cómo me lo meto…
Se puso en cuclillas frente a él, tomó su pene con una mano y su coño con la otra, y lo presionó contra su entrada.
—¡Ay, joder…! —gimió al sentirlo entrar—. Ya está… ya está…
Y lo empujó todo. Hasta la raíz.
Julián soltó un grito ahogado, con los ojos cerrados, las manos agarrando sus caderas.
—¡Sí! —le dijo ella, sacudiendo las caderas—. ¡Métemelo todo, gordo! ¡Hazme sentir cada centímetro!
Y él empezó a moverse. Empujó fuerte, con golpes cortos, con movimientos largos y profundos. Ella lo recibía con gritos, con movimientos de cadera, con las uñas clavándose en su espalda.
—¡Mierda! ¡Sí! ¡Eso es! —le decía—. ¡Métemelo como si me fueras a matar!
Y él se lo metió. Con fuerza, con desesperación, con ganas de sentir su coño, su calor, su humedad. Ella se llevó una mano al clítoris, se lo frotó con fuerza mientras
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.