La vecina que me dejó sin aliento
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A mí nunca se me ocurrió que una tarde cualquiera de junio, con el calor pegándole al techo de zinc como si quisiera fundirlo, terminaría con las manos temblorosas y el corazón saltándome el pecho por culpa de la señora del fondo. Doña Elena. Sí, la de la casa blanca con persianas verdes, la que siempre saluda con una sonrisa lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Aunque, la verdad, ni siquiera sabía que le decían así. Yo solo la llamaba *la vecina*, como todos los que vivimos en este fraccionamiento de casas bajas, calles estrechas y árboles que se inclinan hacia la acera como queriendo escuchar lo que decimos.
Ella vive sola desde que su marido se fue hace ya ocho años, según me dijo una vez cuando me ayudó a recoger las cajas de plátano que se me cayeron en la banqueta. No recuerdo qué le pasó, ni si se fue por dinero o por mujer, porque nunca pregunté —ni lo haría—, y ella nunca lo dijo. Solo me sonrió y me entregó un plátano maduro, diciendo: *“Páselo con la leche, mijo, que eso da más fuerza.”* Yo me sonrojé, claro, pero no por el plátano. Por su mirada. Porque, aunque ya lleva sesenta, los ojos de Elena tienen esa chispa que no se apaga con el tiempo: sabia, juguetona, casi burlona, como si supiera algo que yo no.
Aquella tarde, hace dos semanas, el calor era insufrible. Hacía tanto calor que hasta los perros no ladran, que se acuestan en la sombra y se dejan querer. Yo estaba en mi terraza, con una camiseta mojada por el sudor, tomando un jamaica que ya no estaba fría, cuando la vi salir a regar las macetas. Llevaba una blusa de algodón color crema, holgada, con mangas largas, y una falda que le llegaba hasta las rodillas. Pero con el movimiento de las manos, con el vaivén de la regadera, se le marcaban las caderas, y me di cuenta de que debajo no llevaba sostén. No por intuición, sino porque la tela se le pegaba en los pezones, duros por el calor o por otra cosa —yo no sabía aún.
Se dio cuenta de que la estaba mirando. No con desenfreno, sino con esa atención silenciosa que uno pone cuando algo la tiene pegado a la piel. Me sonrió, igual que siempre, pero esta vez la sonrisa se le quedó un poco más, como si me estuviera diciendo algo que no tenía que oír. Me dijo, con voz ronca, como si hubiera estado hablando mucho rato:
—¿Te pasa algo, Andresito? ¿Te sientes bien? Estás muy rojo.
Yo me di la vuelta, fingí que me picaba la cara una mosca, y le respondí:
—El calor, Doña Elena. Aquí ni el viento tiene ganas de moverse.
Ella se acercó un poco más, dejó la regadera en el suelo y se secó la frente con el dorso de la mano. Tenía la piel clara, pero ya con algunas manchas de edad, como hojas secas sobre papel antiguo. Las arrugas alrededor de los ojos no la hacían vieja, sino más humana. Más real.
—Pues te ofrezco algo más fresco que el jamaica —dijo—. Té de manzanilla con miel. Me lo traigo en un momento.
Y se fue. No corrió, no se apresuró. Caminó con esa lentitud que solo tienen quienes no tienen nada que demostrar, y menos a alguien que no está esperando nada.
Yo me quedé parado, con las manos en los bolsillos, sintiendo el calor en las axilas, en la nuca, en el culo que ya no entraba del todo en los shorts. Me pregunté si estaría loco por pensar lo que estaba pensando. Pero no era locura. Era solo… atención. Como cuando uno mira una flor que se abre por primera vez y no sabe si tocarla o esperar a que se abra sola.
A los cinco minutos, ella regresó con dos vasos. Uno para mí, otro para ella. Y una servilleta de tela, de los antiguos, con bordado de florecitas chiquitas. Me lo tendió con la mano izquierda, la derecha la tenía metida en el bolsillo de la blusa. Pero cuando me acercé a tomar el vaso, se le escapó un suspiro casi imperceptible, como cuando se deja salir un gemido que no querés que se escuche. Yo, por suerte, no hice caso. Me tomé el té con calma, sentados en las sillas de la terraza, bajo la sombra del naranjo que plantó mi madre cuando nací.
—Está rico —dije.
—Claro que está rico —respondió—. Es que no le puse mucha miel. Con mucha dulzura se pierde el sabor.
Me gustó cómo lo dijo. Que no le puso mucha miel. Que con mucha dulzura se pierde el sabor. Me dije: *Esta mujer es una maestra.* Y no me refería solo al té.
Se levantó para ir al interior, pero esta vez no cerró la puerta. Y yo, sin querer, la miré. No con lujuria, no aún. Con curiosidad. Con respeto. La vi pasar la puerta entreabierta: la blusa se le subió un poco, y por un instante se me dibujó la curva de su cintura, la suavidad de su espalda baja, y la línea oscura del pelo que ya no afeitaba del todo. Me dio vergüenza. Me levanté, di un paso atrás, y dije:
—Disculpe, Doña Elena, no era mi intención mirar…
Ella se detuvo. Me miró por encima del hombro. Me sonrió. Y me dijo, con voz baja, casi un susurro:
—Andresito, si a uno le gusta mirar, que no se disculpe. A lo menos así no se muere de curiosidad.
Y se metió. La puerta se cerró. Quedé como tonto, con el vaso en la mano, con el corazón pegándole al esternón como si quisiera salir. Me senté de nuevo. Tomé otro trago. El té ya estaba tibio. Pero yo no me importaba. Me importaba lo que iba a pasar.
A los diez minutos, ella salió. Llevaba una falda más larga, una blusa diferente, y esta vez sí llevaba sostén. Pero no me importó. Porque me dio un pañuelo.
—Te lo dejo por si te sudas mucho. Es de algodón. Suave.
Me lo tomé de las manos, y en ese momento, cuando nuestros dedos se rozaron, sentí una descarga. Como una chispa que salta entre dos metales. Ella lo sintió también. Lo vi en la forma en que apartó la mirada, en la forma en que se mordió el labio inferior, en la forma en que sus dedos se quedaron un poco más en los míos de lo que debía.
—Gracias, Doña Elena —le dije.
—Llámame Elena. Siempre me llaman Doña, que ya me da vergüenza. Siento que tengo cien años.
—Pero si no los tienes —le dije, y me salió sin pensar.
Ella se rió. Una risa suave, baja, con un fondo de picardía.
—¿Cómo sabes que no los tengo? —me preguntó.
—Porque nadie de cien años ríe así.
Y ella, sin dejar de sonreír, me dijo:
—Bueno, si no te quieres morir de curiosidad, podrías venir a mi casa a ver si me creí lo de los cien años.
Fue entonces cuando supe que no era solo una vecina. Que no era solo una mujer. Que era Elena. Con mayúsculas. Con olor a jabón de coco, con piel cálida, con una historia que no me había contado, pero que yo quería escuchar con las manos, con la boca, con el cuerpo.
La seguí.
No caminamos juntos. No nos tomamos de las manos. No nos dijimos nada más. Solo caminamos en silencio, como dos personas que ya saben lo que van a encontrar, pero no quieren decirlo. Llegamos a su casa, y ella abrió la puerta con una llave pequeña, como si no quisiera que nadie supiera que entraba.
Dentro, el aire era fresco. Había velas encendidas en el pasillo, olor a madera, a lavanda, a algo más antiguo, más húmedo. Un cuarto de baño viejo, con azulejos de colores, y una cama grande, con sábanas blancas, sin enredaderas ni bordeles. Solo blanco. Como si fuera el primer día.
Me senté en la orilla de la cama. Ella se quedó de pie, frente a mí, con las manos en los muslos. Me miró. Me dijo:
—¿Tienes miedo?
—No —le dije.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Y entonces, con lentitud, con esa misma calma con la que regaba sus plantas, se quitó la blusa. Primero un hombro, luego el otro. La dejó caer suavemente sobre la silla. No me miré el pecho de Elena. Me miré a mí mismo. A mí, que nunca había visto una mujer madura desnuda, que nunca había sentido el peso de una historia en la piel de otra persona. Sus pechos estaban firmes, pero caídos un poco, como si el tiempo los hubiera cuidado pero también dejado volar. Los pezones, oscuros, se pusieron duros cuando el aire los tocó. No era vergüenza lo que sentía. Era reverencia.
Me levanté. Me acerqué. Le toqué la cara. Con la palma. Con los dedos. Le acaricié las arrugas. Le dije:
—Eres hermosa.
Ella cerró los ojos. Me tomó la mano. Me la puso sobre el corazón. Sentí el latido. Rápido. Igual que el mío.
—Tú también tienes buen corazón, Andresito —dijo—. Aunque seas joven.
Me besó. No con urgencia. No con ganas de dominar. Con calma. Con curiosidad. Con boca lenta, lengua tibia, beso de quien sabe que hay tiempo para todo. Me abrió los labios con la lengua, y yo sentí su sabor: miel, té, lavanda. Me abrazó por la cintura, y sentí el calor de su vientre, suave, húmedo, vivo. Me desabrochó los shorts. Yo no dije nada. Solo dejé que sus manos me tocaran, que me sacaran la verga, que la sostuvieran con ternura. Me dijo:
—Qué hermosa tienes, muchacho. Tan derecha. Tan dispuesta.
Me senté en la cama. Ella se quitó la falda. No llevaba bragas. Me lo mostró con la mano, como si me estuviera enseñando una flor rara. Me dijo:
—Mira cómo me pongo cuando estás cerca.
Y la vi: su coño, húmedo, con labios rosados, con un pequeño vello dorado en la parte de arriba. Me acerqué. Le besé el monte. Le lamió un poco. Ella gimió, bajó la cabeza, me tomó del pelo, y me dijo:
—Sí, así. Pero no te apures.
Me levanté. Me quitó la camiseta. Me puso los labios sobre los pechos, y me chupó uno, y luego el otro, con lentitud, como si me estuviera dando un regalo. Yo le acaricié las nalgas. Las sentí firmes, redondas, con esa suavidad que solo tiene quien ha dado a luz, o quien ha vivido mucho. Me giré. Me dejé hacer. Ella se puso de rodillas frente a mí. Me tomó la verga con las dos manos. Me lamió el glande. Me chupó un poco. Me dijo:
—Déjame probar tu sabor.
Y entonces me metí dentro de su boca. No rápido. No con fuerza. Solo dejé que ella me tomara, que me saboreara, que me dijera con cada beso que me quería. Se la chupé con cuidado, como si fuera una flor que no quiero romper. Me miró con los ojos cerrados, con la lengua fuera, y me dijo:
—Andres, quiero verte dentro de mí.
Me levanté. Me senté en la cama. Ella se subió, con cuidado, como si no quisiera romper algo. Me puso las manos en los hombros, y se bajó poco a poco, hasta que su coño me tocó. Me sentí dentro de ella. No con violencia. Con entrega. Con calma. Me dijo, con voz quebrada:
—Más… más adentro.
Y yo la empujé un poco más. Hasta que sus nalgas tocaron mis muslos. Hasta que sus pechos me rozaron el pecho. Hasta que sus labios se encontraron con los míos, y sus gemidos se mezclaron con los míos.
La moví. Con suavidad. Con ternura. Ella se movía conmigo, como si supiera el paso de la música. Gimió. Me dijo:
—Sí, así. Pero no te apures. Quiero sentirte todo.
Y yo la sentí. Sentí su calor. Su humedad. Su cuerpo que se estiraba, que se cerraba, que me abrazaba como si no quisiera soltarme. Le toqué los pechos. Le mordí un poco el cuello. Le susurré al oído:
—Elena… quiero verte venir.
Ella se movió más rápido. Se subió un poco. Se bajó. Y entonces, sin aviso, se estremeció. Sus manos se aferraron a mis brazos. Sus uñas me rasparon un poco. Y gritó mi nombre:
—¡Andres!
Y yo la sentí temblar. Sentí cómo su coño se contrajo. Sentí cómo su cuerpo se derramaba sobre mí. Y entonces, sin pensarlo, me dejé ir. Me corrimos juntos. Ella me abrazó con fuerza. Me besó. Me dijo:
—Gracias… gracias por venir.
Me quedamos así, abrazados, sudados, con el corazón pegándonos el pecho. Ella me acarició el pelo. Me besó la frente.
—¿Te queda claro que no soy una vieja? —me preguntó, con una sonrisa.
—Claro que no —le dije—. Eres Elena. Y Elena es una mujer que sabe lo que quiere.
Me besó de nuevo. Lento. Con calma.
—
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