La vecina del quinto piso
7 minLa vecina del quinto piso
Vos sabés cómo es la vida en un edificio viejo de Recoleta: las paredes delgadas, los vecinos que se conocen de oídas pero nunca de verdad, los pasos que se escuchan en el pasillo como susurros. Yo, 24 años, estudiante de filosofía y medio tiempo barista en un lugar raro de Palermo, vivía en el cuarto piso desde hacía ocho meses, sin más historia que el olor a café quemado y los domingos lentos. Ella, la del quinto, se llamaba Lucía, 49, viuda —me enteré después—, pianista de conciertos privados, con un piano de cola en su living que alguna vez sonó como una orquesta entera al caer la tarde. Nunca la vi con ropa de calle más que una vez: un vestido largo de seda negra, zapatillas de tela, el pelo recogido en un moño desordenado, los hombros descubiertos. En ese instante, me di cuenta de que no me había fijado en nadie así desde que tenía quince años. Y eso decía mucho.
La primera vez que tuvimos una conversación real fue por una cuestión de ruido. Yo, con mis audífonos puestos y una copia de *El amor en los tiempos del cólera* en la mano, escuché un golpe seco en la puerta. Abrí un poco: ella, allí, con una botella de vino tinto en una mano y una sonrisa que parecía haber estado guardada mucho tiempo.
—Perdón, ¿vos sos el chico del cuarto? —preguntó, sin niña en la voz, pero con una calma que era casi una caricia.
—Sí, sí… ¿Lucía, no?
—Mismo. El piano me hizo acordar que a veces los vecinos no se saludan ni por curiosidad.
—Yo soy Juan. —Me reí, un poco tímido, aunque no por miedo, sino por sorpresa: una mujer así, en mi puerta, con vino y una pregunta tan directa.
—Vine a pedirte un favor: si alguna vez tocás algo muy fuerte, o hacés ruido después de las once… avisame. Yo te aviso igual si te molesto. Es solo una cuestión de respeto, ¿no?
—Claro, claro… ¿Querés entrar? Te ofrezco una taza de té.
Me miró fijo, los ojos color miel, profundidad de lago en verano, y asintió. No fue una invitación, fue una aceptación.
Aquel primer encuentro duró dos horas. Hablamos de libros, de música, de la ciudad, de la soledad elegida. Ella me contó que había vivido con su esposo veintidós años, que él murió de un infarto repentina en una tarde de rugby, y que desde entonces no había vuelto a tocar para nadie, solo para sí misma. Yo, sin quererlo, le conté que nunca había estado con una mujer mayor que yo, que me atraía la experiencia, el ritmo distinto, la lentitud que no es tibieza, sino sabiduría. Ella escuchó, sin interrumpir, con esa mirada que no juzga, que solo observa y guarda.
—¿Y qué es lo que más te atrae, Juan —preguntó, inclinándose un poco hacia adelante, el collar de plata con una pequeña clave de sol rozándole el pecho—, de estar con alguien… más viejo?
—No sé —respondí, con la cara calentura—. Es como si cada palabra tuya viniera con una historia, no con una pregunta. Es… más profundo.
Esa noche se fue con un beso en la mejilla y una promesa: “Volveré a tocar piano pronto. Vení si te interesa escuchar”.
Dos semanas después, volví. No con disculpa por ruido, sino con dos botellas de Malbec y una pregunta en el aire.
La habitación olía a lino, cedro, y algo que no logré nombrar: ternura vieja, quizás. Ella, con un suéter de lana gris, los pies descalzos sobre el piso de roble, me ofreció un vaso. Sentado frente al piano, lo vi tocar: no una pieza cualquiera, sino algo suyo, improvisado, lento, con acordes que se deshacían como caramelos en leche caliente. Yo, sin decir nada, la miraba las manos: largas, con uñas cortas, nudillos marcados, venas azules como mapas de vida. Y luego sus ojos, que no me dejaban. No había vergüenza en su mirada, solo una invitación abierta, como si ya supiera que eso iba a pasar.
Cuando terminó, se levantó despacio, sin romper el silencio, y se sentó en el borde del sofá. Me señaló con la cabeza el lugar a su lado.
—¿Querés tocarme?
No era una pregunta. Era una confesión.
Me levanté. Caminé con pasos cortos, como si el piso pudiera cambiar de parecer. Me senté a un palmo de ella. Olor a jazmín y a sudor suave. Me tomó la mano, la giró, palmo arriba, y con el dedo índice dibujó un círculo en mi muñeca. Me tembló la respiración. Entonces me miró, directo:
—Vos tenés veinticuatro. Yo, cincuenta menos uno. No tengo la piel de antes, ni la energía de antes. Pero tengo esto —y puso su mano sobre mi pecho, sobre mi corazón acelerado—. Lo que uno no puede enseñar, lo que uno solo puede dar.
Me incliné. La besé.
No fue un beso de principiantes. Fue un beso de quien ya sabe lo que es el deseo, pero lo descubre de nuevo. Su boca era cálida, húmeda, con un sabor a vino y a promesa. Me abrió los labios con suavidad, y su lengua entró como una ola tibia, sin prisa, como quien recorre un jardín antiguo. Me aferré a su cintura, sintiendo el suéter, la curva de sus riñones, la suavidad de su piel debajo. Ella se inclinó hacia atrás, para mirarme mejor, y dijo, entre beso y beso:
—Sí, sí… así… me gusta cómo vos lo hacés.
Me levanté un poco, le desabroché el suéter. Bajó los brazos, dejó que se le cayera a los lados, y quedó con una camiseta de algodón fina, que dejaba ver el contorno de sus pechos, grandes, redondos, con pezones endurecidos ya por el calor. Le desabroché la camiseta con lentitud, paso a paso, como si fuera un mapa que quería aprender de memoria. Y cuando los dejó al descubierto —piel dorada, manchitas leves de veinte años atrás, pero también orgulloso—, no me precipité. Los toqué con las yemas de los dedos, les dije cosas al oído en voz baja: “Son lindos”, “Me encanta cómo se ponen duros por mí”, “Voy a lamerlos hasta que te olvides de todo lo demás”.
Ella cerró los ojos. Suspiró. Me tomó la cabeza y la apretó contra su pecho. No habló, pero me lo dió todo.
Me levanté de nuevo, la ayudé a quitarse la camiseta por completo, y la tumbé suavemente sobre el sofá. Le desabroché el jeans, bajó las caderas para ayudarme, y cuando el pantalón cayó, vi su concha: peluda, bien cuidada, labiosrosados, húmeda ya. Me arrodillé. Le separé las piernas, le abrí con los dedos los pequeños pliegues, y le lamió un primer trazo, desde abajo hacia arriba, lento, para que me conociera. Ella gimió, una queja corta, y me dijo:
—Sí… sí… así… no te detengas.
Le lamber el clítoris fue como tocar un botón mágico: se estremeció, arqueó la espalda, los pechos se le movieron con la tensión. Metí dos dedos dentro, curvados, simulando un beso, y la sentí tensarse, apretar los muslos contra mi cara, susurrar mi nombre como si fuera un encantamiento. La oí decir: “Juan… Juan… vos sabés… vos sabés cómo hacerme bien”.
Me levanté, me desabroché el pantalón, saqué mi pija dura, grande, ya con la punta húmeda. Me acerqué a ella, le limpié con la lengua la cara interna de un muslo, y le dije:
—Quiero estar dentro de vos. Quiero sentir tu concha apretándome, tu calor, tu respiración. Quiero que me digas lo que querés que te haga.
Ella, con una mano en mi cuello, me tiró hacia abajo y me besó con fuerza, lengua con lengua, saliva mezclándose. Luego, con voz ronca, me dijo:
—Dame tu pija. Cógeme. Que te escuche decirme que soy linda.
Me levanté, tomé mi miembro, lo froté contra su entrada, húmeda ya, y la empujé adentro. Fue un entrar lento, profundo, hasta la raíz, y ella soltó un grito ahogado, como si el cuerpo le recordara algo viejo y querido. Empecé a moverme, con golpes cortos, fuertes, buscando su punto, y ella me guiaba con las caderas, con los gemidos, con los susurros: “Más… más fuerte… sí, ahí… ahí me sacás todo”.
Sus pechos
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