La tertulia del jazmín

@el_profesor ·13 de abril de 2026 · ★ 4.8 (25) · 2,900 lecturas · 6 min de lectura

Recordá la primera vez que entré al jardín trasero de la casa de Elena, con esa luz dorada de tarde de otoño que se colaba entre los árboles como si tuviera cara de querer quedarse. Ella estaba sentada en el banco de madera, con un libro abierto en las rodillas —nada de novelas sensuales, nada de esas garras literarias que te arrastran por la garganta—, sino un volumen grueso de Simone de Beauvoir, con la tapa desgastada y las esquinas dobladas por el tiempo. Tenía el pelo cano recogido en un nudo suelto, algunas hebras sueltas rozándole la nuca, y la piel, aunque ya marcada por los años, no tenía nada de áspera: era como seda enrollada en hueso, tersa pero firme.

—¿Venís con hambre o con ganas de charla? —me preguntó sin levantar la vista, y su voz era esa mezcla rara entre el café recién hecho y el humo de un cigarro apagado hace rato: cálida, humeante, con un fondo amargo que no dolía.

Yo, que ya llevaba veinte años sin saber bien qué quería decir “ganas”, le dije que ambas cosas podían ir juntas, si ella no veía mal.

Se rió, una risa breve, sin exceso, como si hubiera escuchado esa respuesta mil veces y aún le resultara fresca. Cerró el libro, lo dejó a un lado y me tendió la mano. No con urgencia, sino como quien extiende una llave que ya sabés que encaja. Vení, dijo. Y yo, sin pensarlo, la tomé.

Elena me llevó al fondo del jardín, donde crecía un jazmín tan denso que parecía un muro vivo. El aroma, en esa hora, era casi físico: pesado, dulce, con un filo picante que se metía por la nariz y se quedaba pegado en la lengua. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas con una naturalidad que no era inocencia, sino experiencia: sabía exactamente cómo se veía sentada así, con la falda ligeramente subida hasta la mitad de los muslos, y no lo hacía para provocar, sino porque le resultaba cómodo.

—Contame algo —dijo, acariciando una flor cerrada con el pulgar—. Algo que no hayas contado nunca. Ni siquiera a vos misma.

Le hablé de la primera vez que sentí el calor de otro cuerpo encima del mío sin miedo, con dieciséis años, en un coche viejo, en la orilla del río, y cómo, en vez de temblar, me sentí gigante. Cómo, al bajar delauto, me di cuenta de que el mundo seguía igual, pero yo ya no. Ella me escuchó sin interrumpir, sin asentir con la cabeza como quien aprueba, sino con los ojos, que iban cambiando de color según lo que yo decía: grises por la tarde, después más oscuros, casi negros, cuando mencioné la ligereza del primer orgasmo, ese que te hace creer que podés volar.

—¿Y después? —preguntó, y su voz había bajado un tono, pero no por emoción, sino por intensidad.

—Después vino el tiempo —dije—. Las relaciones que se parecían a otras, los cuerpos que se repetían como letras en un mismo poema. Hasta que un día dejé de contarlas. Ya no eran historias, eran recuentos. Y yo no quería ser contadora.

Elena asintió, despacio. Luego se levantó, con una lentitud que era un ritual: primero la rodilla derecha, luego la izquierda, las manos apoyadas en los muslos, como si se estirara un resorte viejo. Se acercó a mí, sin prisas, y me tomó de la barbilla. Me miró a los ojos, y por primera vez no hubo distancia entre su mirada y la mía. Era como ver un espejo que no te miente.

—Entonces hoy —dijo— vamos a contarlas de otra manera. No las historias. Las sensaciones.

Me besó entonces. No con urgencia, sino con precisión: primero los labios superiores, después los inferiores, como si estuviera leyendo en braille una carta antigua. Su boca era suave, pero con una base firme, como una hoja de cuchillo envuelta en tela. Me gustó que no intentara hacerlo difícil, ni complejo: era simple, directo, sin excusas. Y cuando abrió la boca, yo la dejé entrar, y su lengua no fue una invasión, sino una confirmación.

Me desabrochó la blusa con lentitud, cada botón un pequeño acto de fe. Cuando me dejó el torso al descubierto, no me cubrí. No me importó la piel, ni los días de sol, ni las horas de trabajo. Ella me miró como si me descubriera por primera vez, aunque sabía que ya la había visto antes, en sueños que no quería recordar.

—Tu pecho —dijo, con la palma sobre mi esternón— es un mapa de lo que no te dejaste hacer. Yo lo sé. A veces, uno se protege tan bien que se olvida de lo que es sentir.

Me dio la espalda y me pidió que le desabrochase el corsé de encaje. Lo hice con los dedos temblorosos, no por emoción, sino por respeto: sentí que lo que hacía no era solo tocar, sino descubrir. Ella se volvió, y entonces me quitó la falda y las medias, sin apuro, como quien desenrolla una cinta de regalo. Me miró desnuda, y no hubo evaluación, solo reconocimiento.

—Vos tenés un cuerpo que sabe guardar secretos —dijo—. Pero hoy no los querés guardar. Querés mostrárselos a alguien que ya los conoce.

Me sentó frente a ella, en el suelo, con las piernas cruzadas como en una meditación. Me tomó de las rodillas, y me pidió que la mirara. Entonces me besó otra vez, pero esta vez con la lengua, lenta, profunda, como si nos estuviéramos hablando en un idioma que habíamos inventado juntas. Me apartó el pelo de la frente, me acarició el cuello, bajó la mano por mi pecho, por el vientre, hasta que me encontró ya húmeda, ya abierta, ya esperándola.

—¿Me decís cómo se siente? —susurró.

—Como cuando hacés un café muy fuerte —dije—. Al principio duele un poco, pero después te despierta de una vez.

Elena sonrió, y bajó la cabeza. Me lamió con un ritmo que no era el de una necesidad, sino el de una curiosidad: probó, exploró, volvió a probar. Me tocó con la lengua como si fuera un instrumento nuevo, como si descubriera que el sabor de mi piel era distinto según la hora del día. Me pidió que me relajara, que dejara que el jazmín entrara por la piel, que me dejara llevar.

Y lo hice. Me dejé llevar.

Cuando me tocó con dos dedos dentro, me agarré de su pelo, pero no para empujar, sino para sostenerme. Ella movió la mano con un ritmo lento, pausado, como si estuviera escribiendo una carta en braille con la punta de los dedos. Me besó el cuello, mordió suavemente el lóbulo de la oreja, y cuando sentí que el cuerpo me empezaba a temblar, me dijo:

—Vení, acá —y me tiró suavemente sobre la espalda, sobre el césped fresco—. Quiero verte cuando llegues.

Y yo la vi. La vi mientras me cogía, mientras me hacía gritar su nombre como si fuera una palabra que recién había descubierto, mientras me abría por completo, sin máscaras, sin excusas, sin miedo.

Después, nos quedamos quietas, una al lado de la otra, con el jazmín sobre nosotras, con el perfume pegado a la piel, con el corazón latiendo en el mismo ritmo. Ella me tomó de la mano y me dijo:

—Hoy no fue una historia. Fue una revelación.

Y yo, con la voz ya más tranquila, le respondí:

—Gracias por no esperar que fuera rápido.

Y así, en el jardín, con el sol ya baja y las sombras largas, nos quedamos escuchando el mismo silencio, pero esta vez no era el de antes. Era el silencio después del beso, después del cuerpo, después de haberse dejado ver.

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