La terapeuta me tocó de más
Yo no creía en la terapia. Para mí, hablar de mis problemas con una extraña era como desnudarme frente a alguien que ni siquiera me deseaba. Pero la ansiedad no me dejaba dormir, y el insomnio me volvía irritable, fría, distante. Mi pareja —entonces aún mi esposo— insistió: “Ve a ver a alguien, por favor. No aguanto verte así.” Y así fue como terminé en el consultorio de la doctora Lucía Ríos, una psicóloga recomendada por su hermana, con voz suave y mirada penetrante.
La primera sesión fue normal. Preguntas sobre mi infancia, mi relación, mis miedos. Ella tomaba notas con una caligrafía elegante, inclinada hacia adelante, con una rodilla levantada y el pie descalzo apoyado en la silla. Usaba un vestido gris claro que se ceñía a sus caderas anchas, y su pelo negro, ondulado, le caía hasta los hombros como una cortina sedosa. No me di cuenta entonces, pero ya empezaba a fijarme en ella más de lo debido.
A la tercera sesión, algo cambió. Me pidió que me recostara en el diván, como en las películas. “Relájate, Natalia. Cierra los ojos. Quiero que me digas lo que sientes cuando toco tu mano.” Me tomó la muñeca con suavidad, pero con firmeza, y su pulgar empezó a trazar círculos en mi piel. No fue un contacto clínico. Fue lento, casi íntimo. Sentí un escalofrío que me bajó desde la nuca hasta los muslos.
—¿Sientes eso? —preguntó, sin soltarme.
—Sí —respondí, con la voz más ronca de lo normal—. Es... raro.
—¿Raro cómo?
—Como si... no fuera solo un toque.
Hubo una pausa. Seguía acariciando mi muñeca, pero ahora con más presión, más intención.
—¿Te incomoda?
—No —mentí. O quizás no mentí. Porque no me incomodaba. Me excitaba. Y eso me asustaba.
Abrió los ojos. Yo también. Nos miramos. Y en ese instante, supe que ella también lo sentía. Algo entre nosotras se encendió, como una llama pequeña, pero viva.
Las siguientes sesiones se volvieron un juego. Yo llegaba con ropa más ajustada, sin quererlo del todo, pero sin resistirlo tampoco. Ella, a su vez, se sentaba más cerca, me tocaba más. Un día, mientras hablaba de mi sexualidad, me pidió que describiera lo que sentía cuando alguien me besaba. No pude evitar pensar en ella.
—Es como si el aire se hiciera más denso —dije—. Como si el mundo se detuviera, y solo existiera la boca del otro.
—¿Y cómo sería... si fuera una mujer?
No lo esperaba. Pero tampoco me sorprendió. Lo dijo con una voz baja, cálida, como si ya supiera la respuesta.
—No lo sé —mentí otra vez—. Nunca lo he hecho.
—Pero lo has imaginado.
No fue una pregunta. Fue una afirmación. Y tenía razón.
—Sí —confesé—. Lo he imaginado. Mucho.
Esa noche, algo se rompió. Me pidió que me quitara los zapatos. “Para que estés más cómoda”, dijo. Me senté en el diván, con las piernas dobladas. Ella se arrodilló frente a mí, sin dejar de mirarme, y me tomó los pies uno por uno. Sus dedos recorrieron mis talones, mis arcos, mis dedos. Subieron por mis tobillos, lentamente, como si cada centímetro fuera sagrado.
—¿Puedo... tocarte más? —preguntó, sin dejar de mirarme.
No respondí con palabras. Solo asentí. Y cuando sus manos subieron por mis pantorrillas, bajo la falda que yo misma había elegido más corta ese día, supe que no había vuelta atrás.
Sus dedos se detuvieron justo donde terminaba la tela. Me miró, buscando permiso. Le tomé la mano y la guié más arriba. Su piel era cálida, firme. Cuando sus dedos encontraron mi ropa interior, temblé. No de miedo. De deseo.
—No tenemos que hacer esto —dijo, aunque su voz ya temblaba también.
—Sí —respondí—. Tenemos que hacerlo.
Me besó. Fue un beso lento, profundo, como si lleváramos años esperándonos. Su lengua exploró mi boca con una paciencia que nunca había sentido antes. No era prisa, era devoción. Me desabrochó la blusa con una mano mientras con la otra me acariciaba el cuello, los hombros, los pechos. Cuando sentí sus labios en mi pezón, a través del encaje del sostén, gemí. No pude evitarlo.
—Shhh —susurró—. Nadie nos oye. Pero quiero que grites cuando llegues.
Se puso de pie, se quitó el vestido con una sola mano. Estaba en ropa interior: un conjunto negro, simple, elegante. Sus pechos eran grandes, firmes, con pezones oscuros que ya estaban erectos. Se acercó de nuevo, pero esta vez me pidió que me pusiera de rodillas.
—¿Puedo? —preguntó.
Asentí. Me deslizó las bragas por las piernas, despacio, como si me estuviera despojando de algo sagrado. Luego se sentó en el diván, abrió las piernas y me miró.
—Ven.
Jamás había hecho eso. Jamás había besado a una mujer así. Pero cuando acerqué mi boca a su sexo, todo fue instinto. Su olor era intenso, dulce, cálido. Su clítoris estaba hinchado, pulsando. Lo lamí con suavidad al principio, luego con más fuerza, más deseo. Ella gemía, me tomaba del pelo, me guiaba. “Así, así”, decía. “No pares.”
No paré. No podía. Su sabor, su calor, el modo en que se retorcía bajo mi boca, todo me encendía. Cuando sentí que estaba cerca, aumenté el ritmo, con la lengua, con los dedos. Y cuando gritó mi nombre, con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo, sentí que yo también llegaba, sin siquiera haberme tocado.
Después, nos quedamos abrazadas en el diván, desnudas, sudorosas, con el corazón acelerado. No hablamos. No hacía falta. Ella me abrazó, me besó en la frente, y me dijo:
—Esto no cambia lo que hago. Sigo siendo tu terapeuta.
—Lo sé —respondí—. Pero también sé que esto no fue un error.
Y no lo fue. Porque en ese instante, por primera vez en años, me sentí viva. Entera. Deseada. Y aunque después de eso dejé de ir a terapia —porque no podía fingir que nada había pasado—, nunca olvidaré el modo en que Lucía me tocó, me miró, me hizo sentir.
No fue amor. Fue algo más profundo. Fue deseo, fue culpa, fue verdad. Fue, por un momento, todo lo que necesitaba.
¿Te ha gustado? Valóralo