La sirvienta y el patrón

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa estaba en silencio, solo rota por el crujido de las escaleras de madera bajo los pies descalzos de Lucía. Llevaba el uniforme negro reglamentario, falda corta, medias de seda negra y zapatos de tacón bajo. A sus veintitrés años, trabajaba como empleada doméstica en la residencia del señor Díaz desde hacía seis meses, y esa noche, por primera vez, él la había llamado a su estudio después de la medianoche.

—Cierra la puerta —dijo sin levantar la vista del libro que leía, sentado en su sillón de cuero.

Lucía obedeció. El corazón le latía con fuerza, no por miedo, sino por la excitación que le provocaba la voz grave, lenta, casi hipnótica de su patrón. Él sabía lo que hacía. Lo había sentido antes en las miradas, en los roces accidentales, en el modo en que la hacía esperar de pie mientras él terminaba una llamada, con los ojos fijos en sus piernas.

—Quítate la ropa —ordenó, esta vez mirándola.

Ella no dudó. Se desabrochó la blusa con dedos temblorosos, dejando al descubierto los pechos pequeños pero firmes, con pezones oscuros que ya se erguían. La falda cayó al suelo, luego las medias. Quedó desnuda, excepto por los zapatos. Él la examinó con lentitud, como quien saborea un trago caro.

—Ven aquí. Arrodíllate.

Lucía se acercó, se arrodilló frente al sillón. Él abrió el pantalón con calma, sacó la polla larga, gruesa, con una vena marcada que palpitaba. No dijo nada. Solo señaló su boca con el dedo. Ella entendió. Abrió la boca y tomó el glande, lo lamió con la punta de la lengua, luego lo metió entero hasta la garganta. Él gruñó, le agarró el pelo con fuerza, empezó a follarle la cara con movimientos largos y profundos.

—Así, nena, trágatela toda —murmuró.

Ella tosía, lloraba, pero no se detenía. Le gustaba. Le gustaba sentirse usada, dominada. Él la detuvo de pronto, la levantó del suelo con una mano en el cuello.

—Ponte a cuatro patas. Ahora.

Lucía obedeció. Él le dio una nalgada fuerte, roja, que retumbó en la habitación. Luego otra. Ella gimió. Él se paró detrás, le separó las nalgas con las manos, miró el agujero del culo, pequeño y apretado, luego el coño húmedo, brillante.

—Hoy vas a tomar todo —dijo, y escupió encima de su ano.

Después, con dos dedos lubricados por su propia saliva, empezó a abrirle el esfínter. Lucía gemía, se retorcía, pero no se movía. Él empujaba con firmeza, sin piedad, hasta que los dedos entraron hasta el nudillo.

—Eres mía —dijo—. Todo esto es mío.

Sacó los dedos, se colocó detrás, alineó la polla con el agujero y empujó. Lucía gritó. El dolor fue agudo, intenso, pero él no se detuvo. Siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que sus pelotas chocaron contra sus nalgas.

—Respira —ordenó.

Ella respiró. Y poco a poco, el dolor se convirtió en una presión caliente, profunda, insoportablemente placentera. Él empezó a moverse, lento al principio, luego más rápido, follando su culo con embestidas largas y certeras. La cogió por las caderas, la atrajo hacia él, gruñendo como un animal.

—Dime quién te la mete —gruñó.

—Usted, patrón… usted me la mete —gimió ella.

—¿Quién te duele el culo?

—¡Usted, patrón! ¡Solo usted!

Él aceleró, follando sin piedad, el sonido de los cuerpos chocando llenaba la habitación. Lucía sentía que se deshacía, que su culo se abría más, que ya no dolía, que solo quería más. Él se corrió dentro con un rugido, llenándolo todo con su semen caliente.

Cuando salió, ella se desplomó sobre la alfombra, jadeante. Él la miró desde arriba, satisfecho.

—Mañana seguirás con el uniforme —dijo—. Y no te laves el culo. Quiero que sientas mi leche todo el día.

Ella asintió, sumisa, con una sonrisa en los labios.

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