La siesta de agosto
La casa de verano en Luján olía a eucalipto y a tierra húmeda después de la lluvia. El silencio era espeso, solo roto por el zumbido de un mosquito cerca de la ventana entreabierta y el crujido leve de los tablones del piso bajo unos pasos cuidadosos. Era media tarde, el sol ya se inclinaba hacia el oeste, y el calor del día se resistía a irse, pegándose a la piel como una caricia tibia.
Lucía, de veintitrés años, estaba recostada en la cama de la habitación de huéspedes, con los ojos cerrados, un libro de poesía abierto sobre el pecho. Había venido a pasar unos días con su hermano mayor, Mateo, que desde los dieciocho vivía solo en la casa familiar desde que sus padres se mudaron a Córdoba. Ella no venía seguido, pero cuando lo hacía, algo cambiaba. No era solo el reencuentro, sino una especie de corriente baja, casi imperceptible, que se encendía entre ellos desde hacía un par de años. Nada dicho, nada roto. Solo miradas que duraban un segundo más de lo normal, roces de brazo al pasar, risas que se quedaban colgadas en el aire como si esperaran otra cosa.
Mateo entró sin hacer ruido, con una bandeja en la mano: dos vasos de limonada, un plato con galletitas saladas. La miró antes de hablar, como si midiera el momento. Vos todavía no te dormiste, ¿no? —dijo, con la voz baja, casi susurrante, aunque no hacía falta.
Lucía abrió los ojos despacio, como si emergiera de algo profundo. No, no me dormí. Estaba pensando en cómo huele todo después de llover. Como si la casa respirara.
Él dejó la bandeja sobre la mesita de luz, se sentó al borde de la cama, sin mirarla todavía. Tenés el pelo todo desordenado. —Le tocó un mechón con la yema del dedo, apenas—. Hacés siempre eso cuando estás cansada: te echás con el libro arriba del pecho.
Ella sonrió, sin contestar. Lo miró. Él llevaba una camisa de algodón blanco, medio desabrochada, y el vello del pecho asomaba con suavidad. Tenía los brazos fuertes, bronceados, y una cicatriz pequeña en el hombro izquierdo, de cuando se cayó de la bicicleta a los doce. Ella la conocía de memoria.
—Vos tampoco te dormiste —dijo ella.
—No. Estaba en el jardín, recogiendo las macetas. Se vino el agua y no cerré bien el cobertizo.
Se quedaron en silencio. Pero no era un silencio incómodo. Era uno de esos momentos que se estiran, que piden algo más sin decirlo. Lucía se sentó, apoyó la espalda contra el cabezal, y las sábanas bajaron, dejando ver el borde de su bata de dormir, entreabierta hasta mitad del pecho. Mateo la miró. No con lujuria, sino con una ternura que le pesaba en el estómago.
—¿Te acordás del verano que se fue la luz y nos quedamos en esta misma cama, contando historias hasta que amaneció? —dijo él.
—Sí. Contaste esa de la pareja que vivía en la isla y se pasaba el día entero sin ropa. —Sonrió—. Me pareció rara en ese momento. Hoy no tanto.
Mateo bajó la vista. No sabía si avanzar. Pero algo en el aire lo empujaba. Lucía se acercó un poco, sin prisa. Le puso una mano en la rodilla. Caliente. Firme.
—No tengo miedo —dijo, como si leyera su pensamiento.
Él asintió. No habló. Solo le puso una mano en la mejilla, despacio, y le acarició el pómulo con el pulgar. Entonces, sin más, la besó. Fue un beso lento, de labios apenas abiertos, de respiraciones que se mezclan. Lucía respondió con suavidad, entreabriendo la boca, dejando que la lengua de él entrara con paciencia, como si estuvieran aprendiendo de nuevo.
La bata se abrió más cuando ella se inclinó hacia adelante. Él le acarició el cuello, luego el hombro, luego el borde del pecho. Tenés la piel tan fina —murmuró—. Como si no hubiera estado al sol nunca.
Ella cerró los ojos. Sentía el corazón en la garganta. Mateo le bajó la bata con cuidado, hasta que uno de sus pechos quedó al descubierto. Lo miró antes de tocarlo: redondo, con el pezón oscuro y erguido. Le pasó la palma despacio, como si lo conociera por primera vez.
—Siempre pensé en esto —dijo él, con la voz más gruesa—. No como algo malo. Como algo nuestro.
Ella asintió. No necesitaba hablar. Le tomó la mano y se la llevó al muslo, debajo de la bata. Él entendió. Le subió la tela con lentitud, acariciándole la piel del interior de la pierna, el borde del culo, la ropa interior húmeda.
—Mirá cómo estás —dijo, con una mezcla de ternura y asombro—. Como si me esperaras.
—Te espero —respondió ella, con los ojos brillantes.
Mateo se paró, se sacó la camisa, luego el pantalón, los calzoncillos. Su pija estaba dura, parada contra el vientre, gruesa, con una gota de humedad en la punta. Lucía la miró sin miedo. Le puso una mano encima, despacio, como si midiera su calor.
—Es hermosa —dijo.
Él cerró los ojos un segundo. Luego se acostó a su lado, y volvieron a besarse. Esta vez con más hambre. Ella le acarició la espalda, los glúteos, lo atrajo. Mateo le bajó la ropa interior, le separó las piernas. Tenés la concha tan linda —dijo—. Tan rosada, tan mojada.
Le pasó un dedo por el pliegue, despacio, luego dos. Ella gimió, bajo, profundo. Él no se apuró. Le lamió el cuello, los pechos, el ombligo, y luego, sin aviso, le hundió la lengua en la concha. Lucía gritó, se arqueó. Él chupó con suavidad, con conocimiento, como si supiera exactamente dónde tocar.
—Mateo… —jadeó—. Por favor…
Él levantó la cara, con los labios brillantes. Se acomodó entre sus piernas, le tomó la cintura. No quería lastimarla. Pero ella lo miró y dijo: —Dale. Quiero que me cojas.
Entonces entró. Despacio. Con cuidado. Ella se tensó un segundo, pero no de dolor, sino de plenitud. Él se quedó quieto, adentro, mirándola. —Estoy todo adentro —dijo.
—Sí —respondió ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Estás todo adentro.
Comenzó a moverse. Con caderas suaves, profundas. Ella se aferró a sus brazos, a su espalda, a su cuello. El sonido de sus cuerpos al juntarse era íntimo, húmedo, lento. Cada empujón era un susurro de piel, un gemido contenido. Mateo le besaba la cara, los párpados, la frente.
—Te amo —dijo, sin parar—. Siempre te amé así.
—Yo también —respondió ella—. No como hermana. Como mujer.
Él aceleró un poco, pero sin perder el ritmo dulce. Sentía cómo la concha de ella se apretaba, cómo temblaba. Cuando ella gritó, fue como un llanto contenido. Se corrió con fuerza, con espasmos que lo atraparon a él también. Él se vino adentro, con un gruñido bajo, largando todo lo que llevaba guardado.
Se quedaron abrazados. Sudados. En silencio. La luz del atardecer entraba por la ventana, pintando de oro la piel de sus cuerpos.
—No cambia nada —dijo Lucía, con la cabeza sobre su pecho.
—No —respondió él—. Cambia todo. Pero es justo.
Y en ese momento, con el calor del verano pegado a la piel y el olor de sus cuerpos mezclados, supieron que aquello no era un error. Era algo que siempre había estado ahí, esperando a que tuvieran el coraje de nombrarlo.
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