La sangre que arde

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa de las afueras de Tepoztlán olía a tierra mojada y eucalipto. Era una casona vieja, de muros gruesos y techos altos, con ventanas que gemían al viento del sur. En el cuarto de arriba, el silencio se quebraba apenas con el crujido de la cama de hierro forjado, que ahora se mecía lento, como si supiera que cada movimiento era un pecado que respiraba.

Martín se desabrochó la camisa con dedos temblorosos, sin dejar de mirar a su hermana. No era la primera vez que la veía desnuda, pero sí la primera que su cuerpo no era un recuerdo lejano, sino una promesa caliente que latía frente a él. Lucía estaba sentada al borde de la cama, con las piernas abiertas apenas, las nalgas firmes marcadas por la luz tenue de la lámpara de aceite. Llevaba un vestido floreado que ya no cubría nada, deslizado hasta la cintura, y los pechos le colgaban suaves, con los pezones oscuros y tiesos como si el aire los hubiera mordido.

—No me mires así, Martín —dijo ella, con la voz baja, como si temiera que las paredes hablaran—. Sabes que esto no está bien.

Él no respondió. Se acercó, despacio, y le tomó la cara con ambas manos. El pulgar le rozó el labio inferior, hinchado de besos guardados. Hacía años que no se veían, desde que ella se fue a Guadalajara con su marido, un tipo aburrido que la dejó sola más de lo que ella quería. Y ahora, de regreso por el funeral de su madre, se encontraron en esa casa que guardaba los juegos de infancia, los gritos en el patio, las miradas que nunca se atrevieron a decir lo que eran.

—¿Y quién dijo que lo que está bien tiene que ser verdad? —murmuró Martín, y le besó el cuello, justo donde el pulso le latía fuerte.

Lucía cerró los ojos. Sintió cómo le subía la temperatura, cómo el calor le bajaba desde el vientre hasta los muslos. No se movió cuando él le quitó el vestido por completo, ni cuando le separó más las piernas con la rodilla. Solo jadeó, bajito, cuando notó la dureza de su verga contra el muslo.

—Estás mojada —dijo él, pasándole un dedo por entre las nalgas, rozando el borde de su culo—. Y no es por el llanto de hoy.

Ella abrió los ojos, con una mezcla de vergüenza y deseo que le brillaba en la mirada.

—Cállate —susurró—. Y chinga de una vez, si es lo que quieres.

Martín sonrió. No era una sonrisa burlona, sino la de alguien que ha esperado demasiado. Se quitó los pantalones, dejando al descubierto una verga gruesa, con venas marcadas y la punta húmeda. Lucía la tomó sin decir nada, la acarició despacio, como si volviera a aprender su forma. Luego, con un movimiento lento, se puso de rodillas frente a él, y se la metió a la boca.

El gemido de Martín fue profundo, gutural. Le puso las manos en la cabeza, sin forzar, solo guiando. Ella subía y bajaba, con los labios apretados, la lengua girando alrededor de la cabeza. El sabor salado le llenaba la boca, el olor de su hermano, de su sangre, de su piel, le encendía algo que no sabía que aún existía.

—Basta —dijo él, alargando las manos para levantarla—. Hoy no quiero tu boca. Quiero tu culo.

Lucía se estremeció. Hacía años que no lo hacían así, desde que eran jóvenes, desde que una noche, tras una borrachera de pulque, él la tomó por detrás en el patio, contra la pared de adobe. Se paró, se acostó boca abajo, y separó las nalgas con las manos.

Martín se mojó los dedos con saliva y le fue abriendo el agujero despacio, con paciencia. Ella gemía, bajo, como un animal herido. Cuando sintió el primer empujón, se mordió el labio. La verga le entró entera, lento, como si el tiempo se hubiera detenido.

—Dios… —dijo ella, con la frente pegada al colchón—. Me partes…

—Sí —respondió él, sin sacarse—. Y volveré a partirte.

Empujó más fuerte, marcando el ritmo con los huesos de la cadera. El cuarto olía a sexo, a sudor, a algo viejo que renacía. Las sábanas se humedecieron, el aire se volvió espeso. Lucía gritó, bajito, y Martín le tomó el pelo, jalándolo suave, mientras le culeaba con toda la rabia que había guardado por años.

Cuando llegó el orgasmo, fue como un terremoto. Ella se corrió gritando su nombre, temblando, y él se derramó dentro, con un gruñido que pareció salirle del alma.

Se quedaron así, sudorosos, pegados. Nadie habló. Sabían que al día siguiente todo sería distinto. Pero por ahora, la sangre seguía ardiendo.

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