La sangre espesa
En la hacienda de La Vega, donde el calor se pegaba a la piel como un amante persistente, el aire olía a hierba mojada y a azahar. Era domingo, y en la casa grande, con sus techos de teja y sus paredes encaladas que sudaban con el bochorno, apenas se oía un alma. Todos dormían la siesta, menos doña Alba, que se removía en la cama de caoba, con el camisón subido hasta mitad del muslo. Tenía cuarenta y ocho años bien llevados, cuerpo de cadera ancha y senos firmes, y un olor dulzón, como a vainilla vieja, que flotaba en la habitación.
En el cuarto de al lado, Sebastián, su hijo, de veintitrés, se quitaba la camisa. Había estado cortando leña bajo el sol, y el sudor le brillaba en el pecho. Se miró al espejo de cuerpo entero, se pasó la mano por el pito duro, que ya se le levantaba con solo pensar en ella. No era la primera vez. Desde que ella enviudó, algo cambió. Un roce casual, una mirada que se alargaba, el modo en que ella le decía “quítate eso, que te estás asfixiando” con la voz más grave de lo normal.
Ese día, sin embargo, fue distinto. Alba salió al corredor con los pies descalzos, el camisón transparente por el sudor. Sebastián la vio desde su puerta entreabierta. Ella fingió no notarlo, pero caminó despacio, como si cada paso fuera un verso. Se detuvo frente al baño, se estiró, y el camisón se le subió hasta el culo prieto, moreno, con esa curva que él conocía de memoria desde hacía rato.
—¿Te duela’ algo, mijo? —preguntó ella, sin voltear.
—Na’, mamá. Solo calor —respondió él, con la voz ronca.
Ella se giró, lento, como si tuviera tiempo de sobra. Lo miró de arriba abajo, sin disimulo. Luego dio un paso hacia él.
—Tú no estás bien. Estás caliente, pero no del sol —dijo, acercándose.
Sebastián no se movió. Ella le puso una mano en el pecho, luego en el cuello, y subió hasta la barbilla. Él tragó saliva. El silencio era tan espeso como el aire.
—¿Y si te ayudo? —susurró ella, rozándole el labio con el pulgar.
Él no respondió. Solo la tomó de la cintura, la pegó a su cuerpo, y sintió cómo ella abría las piernas un poco, cómo su pito se clavaba en el vientre de ella. Alba soltó un gemido corto, como si se le hubiera escapado.
—No digas nada —dijo—. Hoy no digas na’.
Lo llevó al cuarto, cerró la puerta con llave. Nadie los oiría. Nadie vendría. En la cama, ella se sentó primero, luego lo miró con esos ojos oscuros que él recordaba de niño, cuando ella lo bañaba. Ahora era distinto. Ahora era fuego.
—Quítate todo —ordenó, con voz baja.
Él obedeció. Pito tieso, moreno, con la punta ya humedecida. Ella lo miró como quien prueba un vino viejo. Luego se acostó, abrió las piernas, y se llevó una mano al monte. Él se arrodilló.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella.
—Me vuelve loco —dijo él, acercando la nariz.
—Entonces pruébalo. No me hagas esperar.
Él hundió la cara entre sus piernas. Ella gritó, pero se mordió el labio. Él la chupó con ganas, con hambre, como si llevara años esperando ese sabor. Ella le agarró el pelo, lo apretó contra su culo, y levantó las caderas.
—Sí… así… mi perra —dijo él, sin pensar.
Ella se rio, ronca.
—Sí, tu perra. Desde hoy.
Cuando él la sintió cerca del límite, se apartó. Ella lo miró, enojada.
—¿Y ahora?
—Quiero verte en el culo —dijo él.
Ella se dio vuelta, lenta, y se puso de cuatro. Le mostró el culo prieto, con la rajita temblando. Él se acercó, le besó cada nalgada, luego le metió la lengua. Ella gritó otra vez.
—Ya, metémelo —pidió.
Él se paró, se puso detrás, le separó las nalgas y acercó la punta de su pito a la entrada. Empujó despacio. Ella gritó, pero no de dolor. De placer. De rabia. De chimba.
Entró completo. Ella gritó el nombre de Dios, pero no fue una oración. Fue un aviso. Él empezó a moverse, lento, luego fuerte. Ella le pedía más, más, más. Hasta que ambos cayeron en la cama, sudorosos, jadeantes, con el alma fuera del cuerpo.
Nadie lo supo. Pero desde ese día, en la hacienda, el aire cambió. Y el calor ya no era del sol.
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