La rendición del alba

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche se extendía densa sobre el barrio de San Telmo, con sus faroles de hierro forjado dibujando círculos amarillos en las veredas de piedra. En una casa de techos altos y paredes desconchadas, pintadas de un verde desvaído, el aire olía a humedad antigua y a perfume oscuro, de esos que se pegan a la piel como una promesa. En el centro del salón, apenas iluminado por una vela alta sobre una mesa de mármol, estaba él: Luciano, de pie, con el torso desnudo y los ojos fijos en la figura que se arrodillaba frente a él.

Vos sabés lo que querés, ¿no? —dijo con voz grave, mientras pasaba un dedo por el cuello de la mujer, que tembló al contacto—. No tenés que pedir permiso. Solo tenés que obedecer.

Ella alzó la vista. Llevaba el pelo negro recogido en un moño deshecho, y los labios pintados de rojo oscuro brillaban como si estuvieran húmedos. Asintió, despacio. Sus manos subieron por los muslos de él, firmes, tibias. Él llevaba el pantalón de cuero ajustado hasta la mitad del muslo, la pija tiesa y marcada bajo la tela. Ella no se apuró. Saboreó el momento, como si estuviera rezando.

Vení acá —ordenó él, tirando suavemente del pelo de ella hacia atrás—. Miráme. Quiero verte los ojos cuando empecés.

Ella abrió la boca con lentitud, sin desviar la mirada, y deslizó los labios sobre la punta de la pija, apenas un roce. Él gruñó, bajo, profundo. No la detuvo. Le gustaba el control, pero también el teatro del deseo contenido.

Pero esta noche no era de lengua. Esta noche era de culo.

Le soltó el pelo, dio un paso atrás y señaló el sillón de cuero marrón, viejo, con los brazos desgastados. Ella entendió. Se paró, se sacó el vestido por la cabeza y quedó desnuda: piel morena, pechos firmes, una concha depilada que brillaba entre las piernas. Pero él no miró ahí. Miró su espalda, la curva de la columna, el comienzo de las nalgas, tensas.

Dale vuelta —dijo—. Ponete a cuatro.

Ella obedeció. Apoyó las rodillas en la alfombra áspera, los codos en el sillón. El culo en alto, redondo, con una separación perfecta entre las nalgas. Él se acercó con una botella de vidrio oscuro y un trapo de seda. Vertió unas gotas de aceite sobre sus dedos y empezó a masajear el ano con círculos lentos, firmes. Ella se estremeció.

No te cierres —susurró él—. Abríte. Para mí.

Sus dedos entraron uno a uno, con calma, con conocimiento. Primero el índice, luego el corazón, separando, preparando. Ella gemía bajo, casi sin voz, como si cada invasión fuera un alivio. Él se inclinó, le mordió un hombro.

Estás lista —dijo—. Pero quiero que lo pidas.

Por favor… —susurró ella, con la frente pegada al cuero—. Cogéme el culo. Necesito que me garches así.

Él sonrió. Sacó los dedos, se paró detrás, alineó la punta de su pija con el agujero ya húmedo, caliente. Empujó despacio. Solo un poco. Ella gritó, pero no de dolor. De placer contenido.

Mirá cómo me tomás —dijo él—. Como si tu cuerpo supiera que es mío.

Siguió entrando, centímetro a centímetro, hasta que estuvo todo adentro. Se quedó quieto, respirando fuerte. Ella sentía cada venita, cada pulso de esa pija que la llenaba como nada lo había hecho antes.

Movéte —pidió ella—. Por favor, movéte.

Él empezó con empujones cortos, controlados, luego más largos, más fuertes. El sonido de la carne chocando contra carne llenó la habitación. El olor a sexo, a sudor, a cuero, a mujer, se mezclaba con el humo de la vela. Él le agarró las caderas con fuerza, marcándola, y aceleró.

Cada vez que entraba, ella sentía que el mundo se deshacía. Que no había pasado ni futuro. Solo eso: el fuego en el culo, la verga que la abría, el hombre que la dominaba con elegancia y fuerza. Él bajó la cabeza, le mordió un glúteo, luego el lóbulo de la oreja.

Decí mi nombre —ordenó.

¡Luciano! —gritó ella—. ¡Cógeme más fuerte! ¡No pares!

Él obedeció. La embistió con furia contenida, con precisión, hasta que el cuerpo de ella se tensó, hasta que gritó con un orgasmo que le sacudió el vientre, que hizo que su culo se cerrara y volviera a abrir alrededor de la pija.

Él no tardó. Un par de empujones más, y se corrió adentro, con un gemido ronco, como un animal que reclama su territorio.

Se quedaron quietos. La vela parpadeó. El alba empezaba a asomar, tímida, por entre las cortinas. Él se retiró con suavidad, le acarició la espalda, el pelo.

Ya pasó —dijo—. Pero sabés que esto no termina aquí.

Ella sonrió, con los ojos cerrados, los labios hinchados.

No. Nunca termina.

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