La puerta entreabierta
5 minLa puerta entreabierta
La lluvia golpeaba suave contra los cristales de la casa de la colina, como quien toca con los dedos una puerta que no se atreve a empujar. En el living, las velas de cera de abeja titilaban en sus candelabros de cobre, y el vino tinto —un rioja viejo que Rafael traía de Guanajuato— se deslizaba por los vasos como un líquido oscuro, lento, casi reverente. Carla y él habían llegado antes que los otros. Siempre lo hacían. No por timidez, sino por costumbre: dejar que el aire se calentara antes de que entraran los cuerpos.
Cuando sonó el timbre, Carla no se movió. Rafael se levantó con la lentitud de quien ya sabe lo que viene. Abrió la puerta, y allí estaban los otros: Luisa, con su cabello corto y el brillo en los labios que no era de bálsamo, y Mateo, con la camisa desabotonada hasta el pecho, el sudor aún fresco de la caminata desde el auto.
—¿Les sirvo algo? —preguntó Rafael, sin moverse del umbral.
—Sí, pero después de que te quites esa camisa —dijo Luisa, y no fue una orden. Fue una invitación hecha con la mirada.
Rafael sonrió, lento, como si ya hubiera soñado ese momento. Se desabrochó los botones con calma, uno por uno, hasta que el pecho quedó al aire, y el vello oscuro que le cubría el estómago se marcaba con la luz de las velas. No había prisa. Nunca la había. El deseo en esa casa no se cogía, se saboreaba.
Carla los observaba desde el sofá, con las piernas cruzadas, el vestido negro ceñido como una segunda piel. No decía nada. Solo bebía. Su mirada, sin embargo, no se apartaba de Luisa. La forma en que la otra mujer se deslizaba los tacones, con los dedos de los pies apretando el suelo de madera, como si buscara firmeza. Como si ya supiera que lo que venía no era solo sexo, sino algo más viejo, más hondo: el deseo de ser vista, de ser reconocida en lo más crudo, en lo más desnudo.
Mateo se acercó a Carla, sin tocarla aún. Se detuvo a un brazo de distancia, y le preguntó, casi en un susurro:
—¿Te acuerdas de cuando te chingué en la cocina de tu ex, con el gato saltando encima de la mesa?
Carla levantó la mirada. No sonrió. Solo entrecerró los ojos, como si recordara el sabor del vino que había bebido esa noche, y el sabor de su propia boca, y el de él, y el de la sal que le quedaba en la lengua después de besarle el cuello.
—Sí —dijo—. Y te dije que no volvieras.
—Y tú viniste.
—Porque sabía que no te ibas a ir.
Luisa se sentó en el borde del sillón, cerca de Rafael, y le pasó la mano por el brazo. No fue un gesto de posesión. Fue una pregunta. Él la tomó, la atrajo hacia él, y la besó en la frente. Luego, sin soltarla, miró a Carla.
—¿Te gustaría que te tocara?
Carla no contestó. Se levantó. Se deslizó el vestido por los hombros, hasta que cayó al suelo como una hoja mojada. No llevaba ropa interior. Su cuerpo era largo, terso, con las nalgas que se marcaban como dos medias lunas bajo la luz tenue. Se acercó a Luisa, y le puso la mano en la cadera.
—Tienes el culo como un aguacate maduro —dijo, y le besó el cuello, lento, con los labios abiertos, como si probara su piel.
Luisa suspiró, y se desabrochó la blusa. No se la quitó. Solo la dejó caer sobre los hombros, como una capa de seda. Sus pechos, pequeños pero firmes, se movieron con la respiración. Carla los tocó con la palma, sin apretar, como si explorara una obra de arte que aún no se atrevía a tocar con los dedos.
Rafael se quitó los pantalones. Su verga estaba dura, pero no por la urgencia. Por la espera. Por la certeza de que no iba a correrse antes de que todos estuvieran listos. Mateo lo vio, y se deslizó los pantalones también. No había vergüenza. Solo presencia.
Luisa se acostó sobre la alfombra. Carla se arrodilló entre sus piernas, y le separó los muslos con las manos. No fue un acto de dominio. Fue un ofrecimiento. Luisa no se movió. Solo cerró los ojos, y dejó que Carla la tocara, que la besara, que la lamió con una lentitud que parecía eterna. El aire se llenó de sus suspiros, de su respiración entrecortada, de las palabras que no decían, pero que se oían: *sí, así, más, no pares*.
Rafael se acercó a Carla por detrás. Le pasó las manos por la cintura, y la atrajo hacia él. La besó en el cuello, y luego le metió un dedo en la boca. Carla lo chupó, con los ojos cerrados, como si fuera el último alimento del mundo. Cuando lo sacó, estaba mojado. Se lo llevó a la vagina, y se lo metió. No con fuerza. Con cuidado. Con intención.
Mateo se puso detrás de Luisa. Le abrió las nalgas con las manos, y le metió la verga con un empuje suave, como quien entra en un río caliente. Luisa gimió, pero no se apartó. Se dejó llevar. Rafael empujó a Carla hacia adelante, y ella se inclinó, y se puso sobre Luisa, y se besaron, y se tocaron, y se dieron el uno al otro como si fuera la primera vez, y como si fuera la última.
Nadie gritó. Nadie corrió. Solo hubo respiraciones, y manos que buscaban, y cuerpos que se encontraban, y un silencio tan denso que parecía un orgasmo colectivo.
Cuando terminó, nadie se movió de inmediato. Se quedaron así: entrelazados, sudorosos, quietos, como si el tiempo se hubiera olvidado de ellos. Rafael se acercó a Carla y le besó la frente.
—¿Te gustó?
—Sí —dijo ella, sin abrir los ojos—. Pero no fue lo que quería.
—¿Qué querías?
—Que esto no terminara.
Rafael la abrazó. Luisa se levantó, se puso la blusa, y se sentó en el piso, con las piernas cruzadas, como si nada hubiera pasado. Mateo se vistió en silencio. No hubo palabras de despedida. Solo el sonido de la lluvia, y el vino que aún quedaba en los vasos, y la puerta entreabierta, que seguía esperando.
Porque en esa casa, el deseo no se agotaba. Se extendía. Como el agua cuando llueve. Como la noche cuando ya no hay sol.
¿Qué tanto te calentó?
Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.