La primera vez que tuve a mi jefa en el closet del almacén

La primera vez que tuve a mi jefa en el closet del almacén

@nocturna ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (40) · 368 lecturas · 8 min de lectura

La luz del sol se había desvanecido hacía rato, y en el almacén de materiales de construcción de la esquina de Insurgentes y Reforma apenas se oía el zumbido del refrigerador viejo y el crujido de las cajas apiladas en las góndolas. Era viernes a las nueve y media de la noche —hora de cierre oficial—, pero Karla, la jefa del almacén, aún estaba ahí. No por obligación, sino por capricho. Había quedado con Diego, el nuevo encargado de logística, para repasar el inventario de los nuevos tubos de PVC que llegaron esa mañana. Él, de veinticuatro años, era alto, de hombros anchos, musculosos, con una verga que se notaba incluso cuando caminaba con los pantalones bien puestos: una verga que parecía hecha a base de músculo y voluntad.

—¿Te quedaste porque querías o porque te obligué? —preguntó Karla, quitándose el chaleco de su uniforme corporativo, una camisa blanca bien planchada y ajustada, con los primeros botones desabotonados para que se le vieran las puntas de los pechos, redondos y firmes, como dos naranjas recién cogidas del árbol.

Diego, que estaba agachado frente a una pila de cajas, se levantó con calma, estirando los brazos. Tenía los brazos bien marcados, los antebrazos con venas suaves que se le movían cuando apretaba los puños. Se pasó la lengua por los dientes, y por un segundo, sus ojos se clavaron en los de ella —no como si fuera un subordinado, sino como si ya hubiera decidido que esa noche no iba a ser un subordinado.

—Claro que porque quería, jefa —dijo, con una sonrisa que le partía la cara por la mitad.

Karla se acercó, con sus tacones de aguja que resonaban como latidos en el piso de concreto. Se detuvo frente a él, a menos de veinte centímetros, y le tocó el pecho con la yema de los dedos. Le palpó el corazón a través de la camisa, como si quisiera verificar que latía tan rápido como el suyo.

—¿Y si te digo que esto no es parte de tu contrato? —preguntó, bajando la voz, como si temiera que alguien más pudiera escucharla.

—Entonces no estaría trabajando en lo que paga —respondió Diego, agarrándole la muñeca con suavidad, pero con firmeza—. Y ahora mismo, lo que me interesa pagar es esto.

Y sin más preámbulo, la tiró contra la pared más cercana —una pared de concreto en el rincón oscuro del almacén, detrás del closet de herramientas—, y le subió la falda de golpe. Karla soltó un gruñido, no de protesta, sino de pura ganancia. Llevaba una bragas de encaje negro, finas, que apenas cubrían su culo, redondo y apretado, como dos mitades de sandía madura. Diego le apartó la tela con los pulgares, y de un solo movimiento, le bajó la bragas hasta las rodillas. Ella le ayudó, levantando una pierna, y luego la otra.

Diego se arrodilló frente a ella, con las manos en sus nalgas, apretándolas, hundiendo los dedos en la carne blanda y cálida. Luego, con la lengua, le lamió el coño de abajo hacia arriba, una, dos, tres veces, como si estuviera probando un tequila de buena calidad: despacio, con respeto, pero con hambre. Karla jadeó, se agarró de su cabello, y le metió un dedo en la boca. Él lo chupó con fuerza, mientras su lengua seguía trabajando en su clítoris, ya hinchado, ya sensible, ya listo.

—Mierda… —susurró Karla—. Mierda, Diego… no me jodas tanto.

Pero él no la dejó. Le mordió el labio mayor, le chupó el clítoris como si quisiera llevárselo en la boca, y entonces, sin avisar, le metió dos dedos dentro de la vulva, curvándolos hacia arriba, buscando su punto G. Karla gritó, un grito ahogado, como si temiera que alguien la oyera, pero no la detuvo. Se le contrajo el cuerpo entero, y sus nalgas se le apretaron como si fueran dos puños.

—No me vengas a joder aquí… —dijo entre dientes—. No me vengas a joder con eso si no vas a meterme tu verga.

Diego se levantó de golpe. Se desabrochó el cinturón, se bajó la cremallera del pantalón, y sacó su verga: dura, larga, gruesa, con la punta húmeda y brillante por la precum. Se puso frente a ella, la tomó de la cintura, y la subió como si fuera una muñeca de trapo. Karla le rodeó las caderas con las piernas, y él la empujó contra el closet de herramientas, cuyas puertas de madera crujieron al abrirse un poco por el impacto.

Entonces, con la punta de su verga, rozó su coño, ya empapado, ya listo. Le separó los labios con los dedos, y se metió dentro, lentamente, como si no quisiera romper nada. Karla gimió, le clavó las uñas en la espalda, y le mordió el hombro para no gritar.

—Mierda… —dijo ella, jadeando—. Mierda, Diego… ya no mames, mete más.

Él obedeció. Empezó a correr, con movimientos cortos, rápidos, hasta que encontró el ritmo: adentro, afuera, adentro, afuera, con la punta de los dedos de ella still agarrada de su cabello, con sus pechos moviéndose al ritmo de sus embestidas, con su culo golpeando contra el closet, y con la respiración entrecortada, con los ojos cerrados, con el cuerpo entero entregado.

—¿Te gusta esto, Karla? —preguntó él, entre dientes, con la voz ronca—. ¿Te gusta que tu jefa se joda con el nuevo?

Ella le mordió el cuello, le chupó la piel hasta hacerle un mordisco rojo, y le respondió:

—Más te vale, mijo. Si no me estás jodiendo como debe ser, te chingan los diablos.

Y él le creyó. Le metió la verga hasta la raíz, con un solo movimiento, y la sostuvo ahí, con el cuerpo rígido, con el pene tembloroso, con el coño de ella apretándole como un puño húmedo. Se quedaron así un buen rato, sin moverse, sin hablar, solo con la respiración entrecortada, con el sudor que les gota en la frente, con el olor a sexo y a PVC.

Entonces, él empezó a moverse otra vez, más fuerte, más rápido, con embestidas que le hacían temblar el cuerpo entero a Karla. Ella le soltó el cabello, le agarró las nalgas, y se las apretó con fuerza, juntándoselas para que la verga le metiera más profundo. Gimió, gimió fuerte, y cuando sintió que se le iba el cuerpo, que se le iba la mente, que se le iba el aliento, le gritó:

—¡Me lo estás chingando bien, Diego! ¡Me lo estás chingando como no me lo han chingado!

Y él la escuchó. Le metió la verga hasta el fondo, le frotó el clítoris con el pulgar, y la corrió dentro de ella con un grito que no pudo contener. Se le llenó el coño de leche, con un chorro caliente, con una descarga que le hizo estremecer todo el cuerpo a Karla.

Se quedaron así un buen rato, abrazados, pegados, con la verga aún dentro de ella, con el sudor que les pegaba la ropa al cuerpo, con el aliento que aún no había vuelto normal.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Karla, con una sonrisa pícara.

—Depende —dijo Diego—. ¿Quieres que te la vuelva a meter?

Ella le dio un beso en la boca, profundo, con la lengua, y luego se separó.

—Sí —dijo—. Pero esta vez, en el closet. Que se escuche el chupón.

Y así fue. Él la metió dentro del closet, entre las cajas de tuercas y los rollos de alambre, y le dio la vuelta, le subió la falda otra vez, y le metió la verga por detrás, con la punta de los dedos en sus nalgas, con los labios de su coño aún hinchados, aún sensibles, aún listos para él.

No se escuchó nada más que el sonido de la respiración, de las cajas que crujían, de la madera del closet que se movía con cada embestida, y de los gemidos de Karla, que ya no intentaba contenerse, que ya no le importaba si alguien la oía, que ya no le importaba si era su jefa o su subordinada. Solo quería sentir la verga de Diego dentro de su coño, con fuerza, con crudeza, con todo.

Y cuando él la corrió otra vez, esta vez con un grito que sonó como un lamento, Karla se le contrajo el coño alrededor de la verga, y se le corrió con él, con una fuerza que le hizo temblar las piernas, que le hizo perder el aliento, que le hizo olvidar que era su jefa, y recordar solo que era mujer, y que él era hombre, y que esa noche, en ese almacén, se habían chingado como animales, sin reglas, sin miedo, sin vergüenza.

Y cuando salieron del closet, con los pantalones ya puestos, con el pelo despeinado, con el labio hinchado de Karla y el cuello con marca de mordisco de Diego, no dijeron nada. Solo se miraron, se sonrieron, y se dieron un beso en la frente.

—Mañana seguimos trabajando —dijo ella.

—Claro que sí —respondió él—. Pero esta vez, en el closet, me meto yo.

Y se fueron, cada quien a su casa, con el cuerpo pesado, con el alma liviana, con la certeza de que esa noche no había sido una equivocación, ni una falla de control, ni una mala decisión. Había sido una elección. Una buena elección.

Una noche con mi jefa.

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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.

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