La primera vez que tocamos el silencio
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del bar cuando te vi por primera vez esa noche. No fue un destello, ni una chispa instantánea: fue algo más lento, más húmedo, como el agua que sube por las paredes del vaso después de sacarlo del congelador. Estabas sentado en el taburete del fondo, con las manos entrelazadas sobre el mostrador y los codos apoyados, mirando fijamente la espuma de tu cerveza. No usabas reloj, pero parecías esperar algo que el tiempo no entregaba.
—¿Te importa si me siento? —pregunté, casi sin voz, como si temiera romper algo invisible entre nosotros.
Levantaste la vista. Tus ojos no sonreían, pero sí tenías una sonrisa en los labios, como si la palabra *sí* ya la hubieras escrito en tu mente antes de que yo la dijera.
—Claro —dijiste—. Hoy no tengo nada que perder.
No mentías. Lo supe por la forma en que tu hombro rozó la silla al apartarla, por el leve movimiento de tu cuello cuando me senté, por el silencio que se expandió entre nosotros como un latido contenido.
El bar vibraba a lo lejos: risas ahogadas, el crujido del hielo al girar en los vasos, el ruido sordo del extractor. Pero allí, frente a mí, había algo más denso: una tensión que no era ansiedad, sino espera. Tú no me mirabas con urgencia, sino con paciencia, como quien lee un poema en voz baja para sí mismo y no tiene prisa por llegar al final.
—¿Vienes a menudo? —pregunté, apoyando los codos en la mesa, dejando que mis dedos rozaran el borde del vaso.
—Sí. Pero hoy venía por otra cosa.
No pregunté qué. En lugar de eso, incliné la cabeza y dejé que el pelo me caiga sobre una mejilla, como una cortina. Sentí tu mirada sobre mi cuello, sobre la curva de mi espalda, sobre la línea invisible que separaba lo que estaba por decir de lo que ya sabíamos. Tu mano se movió entonces, lentamente, hasta el borde del mostrador. No me tocaste. Solo dejaste el pulgar sobre la madera, cerca del borde donde mi muñeca descansaba. Una distancia de milímetros. Una promesa.
—¿Te parece si dejamos que el silencio nos diga algo? —susurraste.
Asentí. Y por primera vez en semanas, sentí que respiraba sin miedo.
Pasaron quince minutos así: miradas que se encontraban y se escondían, palabras que nacían y morían en la garganta, gestos tan pequeños que parecían casualidades. Hasta que, cuando el bar se vació y el barman apagó una de las luces, tú inclinaste el cuerpo hacia mí, sin romper el contacto visual, y con la yema de los dedos limaste una gota de condensación que había caído en la mesa y subido hasta el borde de mi mano.
—Tu piel huele a lluvia y a manzana verde —dijiste.
No moví la mano. Dejé que tu dedo siguiera subiendo, lento, hasta rozar mi pulgar, luego el índice, y finalmente encajarse entre mis dedos. Tu piel era cálida. Tu pulgar describió un círculo pequeño, apenas perceptible, sobre la palma de mi mano. Y yo, sin pensar, apreté con suavidad, como quien agarra una promesa antes de que se deshaga.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta? —dije, acercando mi rostro lo suficiente como para que tu aliento se mezclara con el mío—. Que no tenías prisa.
Tú sonreíste entonces, de verdad. Y cuando tus labios tocaron los míos, no fue un estallido. Fue un susurro. Fue la primera palabra que nos atrevimos a decir después de tanto silencio.
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