La primera vez que nos volvimos a tocar después del duelo

La primera vez que nos volvimos a tocar después del duelo

@el_profesor ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (38) · 196 lecturas · 7 min de lectura

Llevaba siete meses sin besarla, sin rozar su piel con la intención de desearla. No por falta de ganas —que las tenía, más intensas cada día—, sino por respeto. Por el duelo. Por el silencio que se instaló entre nosotros tras la muerte de Lucía.

Lucía era nuestra hija. Tres años, ojos como el café con leche y una risa que parecía hecha de campanillas. Se fue en una mañana de octubre, mientras el viento movía las hojas del árbol del jardín como si le dijera adiós con lentitud. Nos quedamos con las manos vacías, con el vacío en la cama, con la pregunta que nadie responde: ¿cómo seguir cuando lo que amas ya no está?

Al principio, no nos mirábamos. Comíamos en silencio, dormíamos en extremos opuestos de la cama, hablábamos de lo de siempre —el trabajo, el supermercado, el gas—, pero sin vida, sin calor. Ella, mi esposa, se volvió más callada, más frágil. Yo, más presente, más inútil. Buscaba formas de cuidarla sin tocarla, como si el contacto físico fuera una traición.

Hasta que la otra noche, mientras lavaba los platos, ella se acercó. Se detuvo justo detrás de mí, sin decir nada. Sentí su respiración en el cuello, lenta, entrecortada. Me quedé inmóvil, el trapo aún en la mano, el agua corriendo en el fregadero como si no supiera que algo cambiaba.

—¿Te acuerdas…? —empezó, y se detuvo. Tragó saliva.— ¿Te acuerdas de la primera vez que te besé?

No era una pregunta. Era una invitación.

Asentí. No con la cabeza, sino con todo el cuerpo. Con el latido que se aceleró en las muñecas, con el calor que subió por la espalda, con el deseo que, por tanto tiempo, había estado enterrado bajo cenizas.

—En la terraza de tu casa —susurró—. Llovía. Tú tenías los zapatos mojados.

Sí. Fue así. Ella, con su falda blanca pegada a las piernas por la humedad, yo con los calcetines empapados y una risa nerviosa. Me tomó la cara entre las manos y me besó como si no hubiera mañana. Como si el mundo se hubiera detenido para que ese momento no terminara.

—Hoy —dijo—, quiero que me beses como entonces.

No pregunté. No dudé. Apagué el grifo. Me giré lentamente, y por primera vez en meses, la vi: no la vi como la madre dolida, ni como la mujer que se escondía, sino como la mujer que me había enseñado lo que era amar. Sus ojos estaban húmedos, pero no de tristeza. De esperanza. De decisión.

Le tomé las manos. Sus dedos temblaban. No de miedo, sino de anticipación. La llevé al dormitorio, pero no a la cama. Al centro de la habitación, donde la luz del farol del jardín entraba por la ventana y dibujaba sombras suaves en el suelo de madera.

—¿Estás segura? —le pregunté, porque el deseo no justifica la ceguera.

Asintió. Me acarició el rostro con una palma templada.

—Hace mucho que no te siento —dijo, y me besó.

No fue como la primera vez. No fue rápido ni desesperado. Fue lento. Profundo. Un reencuentro. Su boca, familiar y distinta a la vez, abierta, cálida. La lengua que buscaba la mía como si estuviera aprendiendo de nuevo cómo era el sabor del otro. Sentí cómo sus manos subían por mis brazos, con cautela, como si temiera que desapareciera. Pero yo no iba a desaparecer. Estaba allí. Viva. Real.

La desvestí despacio. Cada botón de su blusa, cada gancho de su sujetador, cada tirante de sus medias. No era un acto de posesión, sino de reverencia. Cuando quedó sola con su camisola de algodón y la falda aún en las caderas, la besé en el cuello. Sentí cómo su piel respondía, cómo el pulso se aceleraba bajo la superficie. Bajé hasta sus hombros, besando las cicatrices que el parto le había dejado, las pecas que el verano había marcado en los brazos. Todo era sagrado.

—Quítame esto —murmuró, y me tomó la mano para desabrocharle el sujetador. Lo dejé caer al suelo, y entonces vi sus pechos. Más suaves ahora, más pesados, con una ligera flacidez que los hacía más humanos, más reales. Los tomé con las dos manos, con la palma abierta, sintiendo su peso, su calor, la piel suave y cálida. Besé uno, luego el otro, con la lengua, con los labios, como si les estuviera pidiendo perdón por tanto tiempo de silencio.

Ella gimió. Un sonido bajo, gutural, que no había escuchado en meses. Se arqueó hacia mí, y yo sentí cómo su deseo volvía, cómo se abría a mí, cómo su cuerpo recordaba lo que mi cuerpo sabía desde siempre.

La levanté con cuidado y la senté sobre el borde de la cama. Me arrodillé entre sus piernas. Deslicé la falda hasta sus muslos, y luego las medias. Sus piernas estaban ligeramente temblorosas. Le separé suaves las rodillas, y entonces la vi. La parte más íntima. No era la misma de antes. Había perdido algo de tersura, sí, pero también había ganado algo: una apertura más profunda, una humedad más natural, más rica. La piel de su vulva, suave como tela de seda, ligeramente oscura por la luz tenue. El clítoris, hinchado ya por la anticipación, brillante.

No la toqué de inmediato. La observé. La deseé. La amé.

Después bajé la mano. Deslicé los dedos por su muslo interno, hasta el borde de su ropa interior. Se la deslicé con lentitud, y ella ayudó, levantando las caderas. Cuando quedó desnuda, me incliné. Primero, besé su vientre. Luego, con la lengua, tracé un círculo alrededor de su clítoris. Ella jadeó. Me miró con los ojos cerrados, con las manos aferradas a las sábanas.

—Sí —dijo—. Ahora.

Bajé más. Fui lento. Primero, el labio mayor, con la punta de la lengua. Luego, el menor. La sentí tensarse. Su respiración se volvió entrecortada. Entonces, la toqué con un dedo. Lo deslicé entre sus pliegues, hacia arriba, hacia su clítoris. Ella gimió, más fuerte esta vez. Me miró, y en sus ojos no había vergüenza, sino entrega.

—Quiero sentirte dentro —susurró.

Me levanté, me desabroché el pantalón. Saqué mi pene, ya duro, cálido, listo. Me Lubricé con su propia humedad, con la mano que aún estaba entre sus piernas. Me acerqué. La miré a los ojos mientras me posicionaba.

—Te quiero —dije.

—Yo también te quiero —respondió—. Siempre.

Entré. Lento. Profundo. Sentí cómo su cuerpo se abría, cómo se ajustaba a mí, cómo la tensión se disolvía en placer. Se tensó un momento, y luego soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que todo había empezado.

Comenzamos a movernos. No con urgencia, sino con conciencia. Cada empuje era una promesa. Cada suspiro, una confesión. Sentí sus pechos contra mi pecho, su cuello inclinado hacia atrás, su cabello desordenado. Sus manos me agarraban la espalda, las uñas rozando la piel, no para doler, sino para recordarme que estaba ahí, que nos teníamos.

El ritmo se aceleró. Ella gimió mi nombre, una y otra vez. Yo la besé en la frente, en los labios, en el cuello. Sentí cómo su cuerpo se estremecía, cómo se cerraba alrededor de mí, cómo su clítoris se hinchaba más bajo mi dedo. Le acaricié el clítoris con suaves círculos, y ella se deshizo.

—Sí —gimió—. Ahora. Yo… yo voy.

Y lo hizo. Un orgasmo largo, profundo, que la sacudió desde los pies hasta la punta de los dedos. Su respiración se volvió agitada, su cuerpo se arqueó hacia mí, y yo la seguí, sintiendo cómo el placer me inundaba, cómo el latido de mi corazón se confundía con el suyo.

Me quedé dentro de ella unos segundos más, con la frente apoyada en su hombro. Ella me abrazó, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que no era solo un sobreviviente. Que éramos dos.

Después, nos limpiamos con una toalla, nos acostamos boca a boca, y ella apoyó la cabeza en mi pecho. No hablamos. No hacía falta.

Esa noche, no ganamos a la muerte. Pero nos devolvimos a nosotros mismos.

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