La primera vez que mi jefe me usó como juguete de oficina
6 minLa primera vez que mi jefe me usó como juguete de oficina
El olor a café recién hecho y el zumbido sordo del aire acondicionado no disimulaban el calor que se estaba formando en la sala de juntas. Mariana entró con los papeles que le había pedido —informes financieros, contratos, el informe anual—, pero cuando cerró la puerta tras de sí, ya no se trataba de un simple encargo. La miró fijamente mientras la cerraba con cuidado, sin hacer ruido. Yo estaba sentado en la silla giratoria, las piernas abiertas, la corbata ya deshecha, la camisa entreabierta hasta el ombligo. No era la primera vez que la llamaba después de horas. Pero sí la primera que la invitaba a sentarse encima de mí.
—Si te da miedo, puedes irte —dije, sin moverme.
Ella se mordió el labio inferior, esa costumbre que tenía cuando algo le gustaba más de lo que quería admitir. Tenía treinta y dos años, dos hijos pequeños, un matrimonio que se había convertido en rutina fría y silenciosa. Yo la conocía desde hacía cinco años: siempre limpia, ordenada, impecable. Pero detrás de esa fachada de secretaria ejecutiva existía otra Mariana, la que respondía con la respiración acelerada cuando le tocaba el hombro, la que se ponía tensa cuando sus dedos rozaban los míos al entregarle un documento.
Me levanté lentamente, sin quitarle los ojos de encima. Caminé hacia ella hasta que pude sentir su aliento en el cuello. Su corazón latía fuerte, visible en la yugular, bajo la piel fina.
—¿Y si no me da miedo? —susurró.
Le agarré la muñeca derecha con firmeza y la obligué a darse la vuelta. Me encantaba ver cómo sus pupilas se dilataban cuando sentía el peso de mi dominio. Con la otra mano, le desabrochó el primer botón del blazer, luego el segundo, hasta que el tejido se abrió como una flor forzada. Dentro, llevaba un sujetador negro de encaje, sin bragas a la vista —pero sí la marca de la tanga, marcada en la piel por la presión del tejido.
—Te voy a usar, Mariana —dije, con la voz ronca—. No vas a decir nada. No vas a moverte si no te lo digo. Y si te vienes, será cuando yo decida.
Ella asintió, con la respiración ya cortada. Le quité el blazer con suavidad, lo doblé y lo dejé sobre la mesa. Luego, con los dedos, le subí la falda hasta la cintura. No llevaba bragas. La piel de sus muslos era tersa, cálida, con un leve vello suave que contrastaba con la dureza del látex que había dejado en la carpeta del escritorio.
Lo saqué con lentitud: una correa de cuero negro con hebilla plateada, una especie de controlador sexual para mujeres sumisas. Le rodeó la cadera izquierda, luego la derecha, y la apreté hasta que su piel se hundió un poco bajo la presión. Ella soltó un gemido ahogado.
—¿Te gusta que te controle? —le pregunté mientras le pasaba una mano por el vientre plano, bajando hasta el borde del sujetador.
—Sí —respondió, con los ojos cerrados.
—Más fuerte.
—Sí —repitió, con más fuerza.
Le bajé el sujetador con un tirón. Sus pechos saltaron hacia adelante, redondos, firmes, con pezones oscuros y endurecidos. Los tomé con ambas manos, los apreté con fuerza, los torcí un poco hasta que ella gimió en serio. Le mordí uno, no con delicadeza, sino con la intención de marcarlo. Y lo hice: dejé una marca clara, una huella roja que se marcaría aún más cuando lo besara después.
—Ahora, ponte de rodillas —ordené—. Frente al escritorio. Con las manos sobre las caderas.
Ella se arrodilló sin dudar. Me desabroché el pantalón, lo bajé un poco, y saqué mi pene. Ya estaba duro, grueso, con la punta húmeda de preseminal. Le dije que lo mirara.
—¿Ves qué me haces? —le dije—. Te quiero ver con él dentro.
Le aparté el pelo de la nuca con la mano y le mordí la piel otra vez, esta vez con más fuerza. Ella jadeó, pero no se movió. Con la otra mano, le abrí las piernas un poco más y le inserté dos dedos en la vagina. Ya estaba mojada, calienta, apretada. La usé con crudeza: entré y salí, con los nudillos rozando su clítoris, que ya estaba hinchado, sensible. Ella gemía, pero no aloud, con la boca cerrada, los dientes apretados.
—Quiero que te vengas con mis dedos —dije—. Pero no te toques. Si lo haces, paro.
Y lo hizo: se vino en silencio, con los ojos cerrados, los muslos temblando, la cara contraída en una mueca entre placer y vergüenza. Mientras aún temblaba, le dije que se levantara. Le volví a subir la falda, le ajusté la correa del controlador, y le ordené que se sentara en el borde del escritorio, con las piernas abiertas y las manos detrás de la nuca.
Me puse entre ellas. Le sujeté las caderas con fuerza, le separé los labios con el dedo índice y me inserté en ella con un solo movimiento. No fue suave. Fue brutal. La penetré hasta la base, hasta que sentí sus paredes contraerse alrededor de mi pene, hasta que escuché su gemido entrecortado, quebrado por el impacto.
La cogí con crudeza. Le clavé las uñas en los muslos, le incliné la cabeza hacia atrás, y empecé a moverme: entradas cortas y rápidas, luego largas y profundas, hasta que su vagina se abría y cerraba al ritmo de mis caderas. Sus pechos se movían con cada embestida, sus pezones se erizaron más aún. Le mordí el cuello otra vez, esta vez con la intención de que quedara una marca que pudiera ver al día siguiente.
—Voy a correrme dentro de ti —le dije, jadeando—. Y no vas a moverte ni un milímetro hasta que se me pase.
Ella asintió con la frente contraída, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta. Le agarré una mano y se la obligué a que se pusiera en el clítoris.
—Tócate mientras me comes —le ordené.
Y lo hizo. Con la mano izquierda, se frotó el clítoris con movimientos cortos y rápidos, mientras yo la cogía con más fuerza, con más velocidad. Sentí cómo su cuerpo se estremecía otra vez, cómo su vagina se contraía como un puño alrededor de mí, y entonces, sin más preámbulos, me corrí. El semen salió en espesos chorros, calientes, con fuerza, mientras yo la sujetaba por las caderas como si fuera a deslizarse del escritorio.
Me quedé dentro de ella unos segundos más, con el pene aún duro, con la respiración entrecortada. Luego me retiré con lentitud, y ella soltó un pequeño gemido al sentir la vacuidad.
Me limpié con el blazer que había doblado. Le dije que se sentara, que respirara, que no dijera nada.
—Mañana —le dije, mientras me abrochaba el pantalón—, vas a venir aquí otra vez. Y esta vez, te haré escribir un informe mientras te muevo.
Ella asintió, con los labios hinchados, con las marcas rojas en el cuello, con la falda subida, el sujetador torcido, el controlador aún en la cintura. Me sonrió por primera vez desde que entró. Una sonrisa de mujer que había descubierto que el placer más intenso no nace del amor, sino del poder cedido.
Y yo supe que no era solo el trabajo lo que la mantenía viniendo.
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.