La primera vez que mi jefa me usó como juguete

La primera vez que mi jefa me usó como juguete

@el_anonimo ·23 de junio de 2026 · 🔥 3.8 (39) · 50 lecturas · 7 min de lectura

El lunes por la mañana, cuando entré a la oficina con el café aún pegado a la garganta, no tenía ni idea de que aquella semana cambiaría mi vida para siempre. Lucía era una mujer de esos cuerpos que no parecen reales: 38 años, pechos firmes que se veían bajo las blusas ajustadas sin ser vulgar, cintura estrecha y caderas que marcaban una curva imposible de ignorar. Tenía los ojos café oscuro, la piel morena clara y una voz que, sin pretenderlo, siempre bajaba un tono cuando hablaba conmigo. Yo, David, 27, contador recién contratado, con el pelo castaño despeinado por la prisa y la postura un poco encorvada por la inseguridad, solo pensaba en no cometer errores contables en su equipo.

Ese jueves, después de las seis, cuando ya todo el mundo había desaparecido, ella me llamó a su oficina. No era la primera vez: habíamos quedado varias veces para repasar informes, pero aquella vez no había carpetas sobre la mesa, ni impresiones sobre el escritorio. Solo ella, sentada en su silla ejecutiva, con los tacones quitados a un lado, los pies descalzos sobre el sofá de cuero negro, y una sonrisa que no me gustaba ni me ponía nervioso: me ponía *caliente*.

—David —dijo, sin apartar la vista del monitor—. Cierra la puerta. Y siéntate aquí.

Me señaló el borde de su escritorio, justo al frente de donde ella estaba. Me senté con las manos sobre las rodillas, como en la escuela, pero el aire entre nosotros se volvió espeso, casi sólido. Se levantó despacio, como si el tiempo se hubiera ralentizado para ella, y dio dos pasos hasta quedarse frente a mí. Me puso una mano en la rodilla y me obligó a mirarla.

—Hoy no vamos a hablar de contabilidad —dijo, y su aliento me rozó la mejilla—. Hoy vas a aprender lo que es obedecer.

No dije nada. No sabía si era una broma o una amenaza. Pero cuando sus dedos subieron por mi muslo, firmes, seguros, como si ya hubieran recorrido ese camino mil veces, mi cuerpo respondió antes que mi mente: la entrepierna se me calentó, el pene se me endureció contra el tejido de los pantalones.

—Me gusta cómo reaccionas —susurró—. Ya lo sentiste, ¿verdad? Ese pene que se te levanta solo al verme acercarme.

Me ruboricé, pero no negué. No había razón para hacerlo.

Con lentitud deliberada, se agachó y me desabrochó el cinturón. Yo me tensé, pero no me moví. Ella me lo había ordenado: *no me muevas*. Y yo no me moví. Desabrochó la cremallera de mi pantalón con una precisión fría, como si estuviera desbloqueando algo valioso. Luego, con la mano derecha, me sacó el pene, ya medio erecto, y lo sostuvo entre sus dedos, mirándolo como si lo estuviera valorando.

—Maldita sea, qué bueno está —murmuró—. Grande, firme… y ya mojado.

No era mojado por mí: era por la presión del tejido, por la humedad natural que subía al entrar en erolución. Pero no dije nada. Ella me giró la mano y me pidió que le besara los dedos, uno por uno, mientras me masajeaba la cabeza del pene con el pulgar.

—Ahora —dijo—, ábrete la camisa.

Lo hice. Me desabroché botón a botón, con las manos temblorosas, y ella me agarró por los hombros y me empujó hacia atrás, sobre el escritorio. Los documentos se desplomaron al suelo, pero ella no se inmutó. Se puso de rodillas frente a mí, con las manos en mis muslos, y me miró a los ojos mientras deslizaba la lengua por mi ombligo.

—Tú no hablas. Tú solo haces lo que te digo. ¿Entendido?

Asentí, jadeando.

Se levantó, me quitó los pantalones y los calzones con un solo movimiento, dejándome desnudo hasta la cintura. Luego, con la boca entreabierta, me tomó el pene con ambas manos y lo apretó, tirando con fuerza suave, como si lo estuviera preparando para algo más grande. Me incliné hacia atrás, apoyándome en los codos, y la miré. Ella me sonrió, y por primera vez, vi algo en sus ojos que no era dominio: era deseo.

—Voy a comerme tu pene como si fuera lo único que queda en el mundo —dijo, y antes de que pudiera responder, me metió la cabeza del pene en la boca.

No fue suave. Fue húmedo, cálido, con una presión que me hizo gruñir. Me sujetaba los testículos con la mano izquierda, jalándolos suavemente mientras con la lengua me frotaba la parte inferior del glande, y luego lo metía todo, hasta la base, con un sonido húmedo que resonó en la oficina vacía.

Yo me agarré al borde del escritorio, con los nudillos blancos, y cuando me dio un golpecito en la corona con la lengua, no pude evitarlo: grité su nombre.

—Lucía —dije, entre jadeos.

Ella se retiró con lentitud, dejando un hilo de saliva entre su labio y mi pene, y me miró con una sonrisa de depredadora.

—No me llames por mi nombre —dijo—. Me dices *señora*, o *mija*, o *mi ama*. Pero *nunca* por tu nombre.

Asentí otra vez, y esta vez no sentí vergüenza: sentí placer.

Me dio la orden de levantarme. Lo hice, con el pene aún tieso y goteando preseminal. Ella me tomó de la muñeca y me arrastró hasta el sofá. Se sentó, me puso de rodillas frente a ella, y me ordenó que le quitara el blazer, luego la blusa, y por fin el sostén. Sus pechos salieron, grandes, firmes, con pezones oscuros y hinchados, como si ya los hubiera estado estimulando. Me los señaló.

—Léchelos —dijo.

Lo hice. Mi boca encontró el primero, y mi lengua recorrió el pezón, que se endureció al instante. Ella me puso una mano en la nuca y me obligó a succionar con fuerza, mientras con la otra me acariciaba el pelo.

—Así es —dijo—. Come mis pechos como si no hubiera mañana.

Me levanté, y ella se puso de pie frente a mí. Me desabrochó los pantalones de su falda, bajó la cremallera con la boca, y luego me tomó la erección con una mano y me guió hacia su entrepierna. Sentí la humedad de su vagina a centímetros: ya estaba abierta, los labios separados, húmedos, brillantes bajo la luz de la lámpara de escritorio.

—No quiero condón —dijo—. Tú no me tocas así si no me das todo.

No dudé. Me puse detrás de ella, le separé los muslos con las rodillas y empecé a empujar. Entró con una fuerza que me hizo temblar: era apretada, cálida, con paredes que parecían tener vida propia. Me recibió como si me estuviera esperando desde siempre.

—Maldita sea —gimió—. Qué bien me entra…

Empecé a moverme, con estocadas lentas al principio, para no romper el ritmo, pero ella me agarró por las caderas y me gritó:

—¡Más fuerte! ¡Dame tu pene, David! ¡Cógeme como si no hubiera mañana!

Y lo hice. Le golpeé las nalgas con fuerza, una, dos veces, hasta que las sentí rojas bajo mis manos. Ella se agachó, apoyándose en el respaldo del sofá, y yo la cogí con más vehemencia: cada embestida la empujaba hacia adelante, y cada vez que le daba con la punta del pene al fondo, ella gruñía como una animal.

—¡Sí! ¡Ahí está! ¡Más hondo! ¡Me la estás metiendo entera!

Me puse de rodillas detrás de ella, le separé los labios con los dedos y le metí tres dedos en la vagina mientras la cogía por atrás con la otra mano. Ella se corrió con un grito agudo, temblando, con los músculos internos apretándome como una morsa.

—¡David! ¡Me voy! ¡Me voy!

Yo no me había corrido aún. Estaba controlando la respiración, sintiendo su calor, su humedad, el sonido de su respiración agitada. Le besé el cuello, le mordí la oreja, y le susurré:

—Tú me dijiste que no me moviera… pero yo quiero verte correr.

Ella se volvió, me miró con los ojos vidriosos, y me pidió que la cogiera de pie. Lo hice. La levanté, le puse las piernas alrededor de la cintura, y la apoyé contra la pared. Sus pechos me rozaban el pecho, sus pezones duros como piedras. Le metí la lengua en la boca mientras le clavaba el pene con fuerza. Me corrió otra vez, esta vez mientras yo la sujetaba con una mano en la cadera y con la otra le frotaba el clítoris.

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