La primera vez que me tocó en la feria del libro

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En Medellín, cuando el invierno se le pone al cuello a la ciudad y las nubes bajan como si quisieran espiar desde las azoteas, la gente se encierra en cafés con olor a guayaba y arepa recién hecha. Pero ese sábado, la feria del libro había invadido el parque de la Independencia con sus carpas blancas y sus mesas llenas de historias. Ella, Laura, llegó con un vestido floreado que le llegaba justo encima de las rodillas, sandalias bajas y el pelo recogido en una coleta desprolija, como si no hubiera querido arreglarse, aunque en el fondo sí lo hubiera hecho. Tenía veintisiete, trabajaba en una librería de la Unidad, y ese día estaba a cargo de una pequeña carpa de literatura independiente, donde vendía libros que nadie más quería leer: poesía de mujeres olvidadas, ensayos sobre el cuerpo y la memoria, novelas cortas con finales ambiguos.

Él se llamaba Julián, era profesor de filosofía en la UPN, alto, de manos grandes y voz pausada. Llegó con cara de haberse perdido entre los estantes, buscando algo que ni él sabía bien qué era. Se detuvo frente al puesto, hojeó un libro de Laura sin prisa, mientras ella lo observaba por encima de sus gafas redondas, sin decir nada. No era guapo de anuncio, pero tenía algo: una mirada que no se desviaba, como si estuviera midiendo cada palabra que leía, cada gesto que ella hacía.

—Este es bonito —dijo al fin, sosteniendo un libro de cuentos eróticos de una autora antioqueña que casi nadie conocía.

—Sí —respondió ella—, es de una paisa que vivió en París. Escribe como si le hubieran quemado las manos con azúcar.

Julián sonrió. No fue una sonrisa forzada, sino una que nació lento, como el humo de un cigarrillo mal apagado. Se quedaron hablando de literatura, de la ciudad, de cómo el calor de la tarde se metía por los rincones y no soltaba. Laura le contó que a veces, de noche, leía en voz alta frente al espejo, solo por ver cómo sonaban las palabras en su boca. Julián la miró entonces con una intensidad que ella no supo cómo recibir, como si ya supiera algo que ella todavía no le había dicho.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué te gusta que te lean?

—Cosas que duelan —respondió—. Cosas que te obliguen a cerrar los ojos.

A eso de las cinco, la feria cerró. Quedaron en tomar un café cerca del Parque Berrío, en un lugar oscuro, con paredes de ladrillo visto y música de vallenato bajito, como si el local respirara con el ritmo de la ciudad. Se sentaron en una mesa al fondo, con dos tazas humeantes y un silencio cómplice que no necesitaba llenarse con palabras.

—¿Y si te digo algo? —dijo Julián, mirándola fijo.

—Depende —sonrió ella—. Si es feo, te cobro.

—No es feo. Es… raro. Me gusta verte hablar. Me gusta cómo mueves las manos, cómo se te cierran los ojos cuando dices algo que te gusta. Me gusta que hables de literatura como si fuera un acto de amor. Y me gustaría… —hizo una pausa—… me gustaría tocarte.

Laura no se sorprendió. Tampoco se asustó. Solo bajó un poco la mirada, como si estuviera midiendo el peso de la frase. Luego, casi sin pensar, extendió la mano sobre la mesa. Julián la tomó despacio, con los dedos largos y cálidos. No dijo nada. Solo la sostuvo, acariciando con el pulgar la palma, como si estuviera leyendo una línea que solo él podía ver.

—¿Y si te digo que nunca he estado con un hombre que me haga sentir que el cuerpo es un idioma? —dijo ella.

—Entonces te digo que yo tampoco —respondió—. Pero quiero aprenderlo contigo.

Salieron del café cuando ya anochecía. Caminaron sin rumbo, hablando de tonterías, de libros, de la forma en que la luna se reflejaba en los charcos del Parque de los Pies Descalzos. Llegaron a su edificio sin plan, como si la ciudad misma los hubiera empujado. Subieron en el ascensor viejo, que crujía como si tuviera miedo de caer. En el piso cinco, Julián la tomó de la cintura, sin violencia, sin prisa. La pegó a la pared y le besó el cuello, lento, como si estuviera probando un sabor que no quería olvidar.

—¿Está bien? —preguntó.

—Sí —dijo ella—. Pero despacio. Como si fuera la primera vez.

Entraron. El apartamento era pequeño, con libros por todas partes, una cama sin hacer, una ventana que daba al cielo raso de otra edificación. Julián encendió una vela sobre la mesita de noche. La luz amarilla dibujó sombras en las paredes, como si estuvieran solos en un mundo más pequeño, más íntimo.

Ella se quitó el vestido con calma, sin teatro. Quedó en ropa interior, un sostén negro y una braguita de encaje. Julián no dijo nada. Solo se acercó, le puso las manos en los hombros, le besó los senos por encima de la tela, luego los tocó con la boca, despacio, como si estuviera adorando algo sagrado. Ella soltó un suspiro que sonó como un quejido contenido, como si hubiera estado esperando eso desde siempre.

—Tócame el culo —dijo ella, en un susurro que no era orden, sino invitación.

Él obedeció. Le bajó la braguita con los dientes, despacio, mientras ella se aferraba a su cabeza, como si temiera caer. Luego, con la lengua, recorrió el borde de sus nalgas, lento, húmedo, hasta que ella empezó a moverse, a gemir sin control. Julián subió, le quitó el sostén, le mordió un pezón con suavidad, luego el otro. Ella abrió las piernas sin pedir permiso, como si ya supiera que él iba a estar ahí.

—¿Puedo? —preguntó él.

—Hazlo —dijo ella—. Quiero sentirte adentro.

Julián se desvistió rápido. Tenía un pito largo, grueso, con una vena marcada que palpitaba como si tuviera vida propia. Ella lo tomó con la mano, lo acarició de arriba abajo, luego se lo llevó a la boca. Lo chupó despacio, con devoción, como si estuviera probando un vino viejo. Él echó la cabeza atrás, gimió bajo, sin pudor.

—Para —dijo al fin—, si no, me vengo y no quiero.

La levantó, la acostó en la cama, le separó las piernas con cuidado. Le besó el interior de los muslos, luego el clítoris, con la lengua, con los labios, con los dientes. Ella gritó, se arqueó, le agarró del pelo. Él no paró. Entró un dedo, luego dos, mientras con la boca no dejaba de moverse, de succionar, de mamar como si fuera lo último que fuera a hacer en la vida.

—Julián… —dijo ella—, por favor… mételo.

Él se acomodó entre sus piernas. Le miró los ojos, como pidiendo permiso una vez más. Ella asintió. Y entonces, de un solo empujón, entró hasta el fondo. Ambos soltaron un gemido al unísono, como si el placer fuera una sola cosa que los atravesaba a los dos.

Se movieron despacio al principio, luego más fuerte, luego sin control. Ella le clavó las uñas en la espalda, le dijo "más", "rico", "así", "no pares". Él la embestía con una cadencia que parecía escrita, como si cada movimiento fuera una palabra de un poema que solo ellos entendían.

Cuando ella se vino, gritó su nombre como si lo estuviera perdiendo. Julián se quedó quieto un segundo, luego siguió, hasta que él también se desbordó, adentro, con un gemido profundo que sonó como una oración.

Se quedaron abrazados, sudorosos, en silencio. Fuera, Medellín seguía respirando. La ciudad no sabía lo que había pasado allí, entre esas cuatro paredes. Pero ellos sí. Y bastaba.

—¿Y si te digo que quiero hacerlo otra vez? —dijo ella, acariciándole el pecho.

—Entonces te digo que sí —respondió él—. Pero ahora quiero que me mames otra vez.

Y ella, sonriendo, se acomodó entre sus piernas. Porque no era solo sexo. Era confesión. Era hablar sin palabras. Era, simplemente, encontrarse.

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