La primera vez que me puse a mamarle a mi vecina del quinto
4 minLa primera vez que me puse a mamarle a mi vecina del quinto
Lucía vivía en el quinto, piso 5, justo encima de donde estaba yo en el cuarto. Solía verla cuando salía al ascensor, con sus blusas ajustadas, el culo redondo marcado por los pantalones ceñidos, y los pechos que se le levantaban como duraznos maduros cuando caminaba rápido. Yo no decía nada, solo la miraba un poco más de lo necesario, y ella lo notaba, porque me sonreía con esa media sonrisa que decía: *ya sabes lo que pienso de ti, pero no me importa*.
Era jueves, lluvia fina pegando a la ventana, y ella llamó a mi puerta con una botella de aguardiente y dos vasos. Me dijo que le había sobrado de la cena con sus amigas, pero sabíamos que era excusa. Me miró con los ojos brillantes, los labios entreabiertos, y me ofreció un trago. Acepté, claro que acepté. El aguardiente quemó mi garganta, pero no como la tensión que sentí cuando ella se sentó junto a mí en el sofá, tan cerca que su muslo rozaba el mío, y su perfume —cilantro y algo dulce— me entró por las narices como una droga.
—¿Tú también estás solo este fin de semana,Carlos? —preguntó, con voz lenta, como si estuviera acariciando cada sílaba.
—Sí —respondí, con la garganta seca—. Aunque ya no lo estaría si tú me invitases a algo más que aguardiente.
Ella no respondió de inmediato. Solo me miró, me dejó ver cómo se le ponía la piel de gallina en los brazos, cómo le temblaba un poco el labio inferior. Luego, con lentitud, se inclinó hacia mí, me tomó la barbilla y me dijo: —Entonces, ¿te animas a darme un poco de calorcito? —Y mientras hablaba, sus dedos se deslizaron por mi cuello, bajaron hasta mis hombros, y se quedaron pegados a mi pecho—. Que hace frío aquí arriba.
No esperé más. Le puse una mano en la nuca, la atraje hacia mí y le besé el cuello, luego la oreja, luego la boca. Fue un beso fuerte, con lengua, con ganas. Ella gimió, bajó las manos y me agarró del pito a través del pantalón, apretó con fuerza, y me murmuró: —Jesús, qué rico está este pito ya tieso… ¿tú qué quieres que te haga?
Le respondí con la mano metida ya bajo su blusa, buscando el sostén, encontrando sus pechos redondos, calientes, con pezones duros como canicas. Le desabroché el sostén con un solo movimiento, y ahí estaban, libres, brillantes bajo la luz tenue de la lámpara. Se los tomé en ambas manos, los apreté, les mordí un pezón, y ella se arqueó, soltó un quejido agudo.
—Quiero mamarlos… —le dije.
Ella asintió, se quitó la blusa, y se puso de rodillas frente a mí. Me desabrochó el pantalón, me sacó el pito tieso y sudoso, me lo sujetó con una mano, lo frotó contra su vientre, y mientras lo hacía, me dijo: —Mmm, qué rico está este pito… ya lo quería probar desde hace tiempo.
Me puse de pie, la tomé de la cintura, la senté en el borde de la mesa baja. Le abrí las piernas, me puse entre ellas, y con la mano le separó el coño. Ya estaba mojada, con los labios hinchados, negros de tanto deseo. No dudé. Bajé la cabeza y le metí la lengua de una vez, rozando el clítoris, lamiendo su coño como si me moriera de hambre. Ella gritó, me agarró del pelo, me pidió que le metiera más, que le hiriera la lengua. Y yo lo hice: le metí dos dedos, los moví dentro de su coño, apreté su clítoris con el pulgar, y mientras le chupaba la vulva como si fuera el último traguito de aguardiente, sentí cómo se le ponía rígido el cuerpo, cómo se le cerraban las piernas alrededor de mi cabeza.
—¡Carlos! ¡Carlos! —gritó—. ¡Me voy! ¡Me voy ahora!
Y se vino, con fuerza, con un grito que le salió del fondo del pecho, con el coño apretando mis dedos, con el coño chorreando, con el coño que me manchó la cara.
Cuando se calmó, se quitó el pantalón y me lo pidió: —Ahora quiero que me lo metas… quiero sentirte dentro, Carlos. Quiero que me cargues como dueño.
No me lo dije dos veces. Me puse detrás de ella, le abrió las nalgas con las manos, le mojó el pito con su propia humedad, y cuando lo sintió en su entrada, se dejó ir, se bajó como un taco de madera, y me lo tragó entero. Me sentí hundido, apretado, caliente. Ella jadeó, me pidió que la cogiera fuerte, que la tomara como quería, y yo lo hice: le clavé las manos en las caderas, le puse la mano en el coño y empecé a moverme, sacando y metiendo, golpeándole el fondo con cada embestida, sintiendo sus tetas rebotando, escuchando sus quejidos, viendo cómo se le ponían los ojos vidriosos.
Nos vinimos juntos, cuando ella se vino agarrándose de la mesa, y yo le clavé el pito hasta el fondo y le solté el coño dentro, llenándole la vulva, saliéndole por los costados, con fuerza, con ganas, con el pito palpitándole dentro como un
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.