La primera vez que me miraste como si pudieras devorarme
Fue en una casa prestada, al sur de Oaxaca, donde el aire no se mueve y el calor pega la ropa al cuerpo como una segunda piel. Yo llevaba un vestido ligero de algodón, sin sostén, y tú llegaste con tus botas polvorientas y esa mirada que no pedía permiso, sino que exigía. No dijiste nada cuando entraste. Solo cerraste la puerta con el pie, dejaste la mochila en el suelo y me miraste desde los pies hasta la garganta, lento, como quien descifra un mapa que ha soñado muchas veces.
No hiciste preguntas. No hubo “¿puedo?” ni “¿estás segura?”. Solo un paso adelante, otro, hasta que tu pecho rozó el mío. Tu mano en mi cuello fue firme, pero no violenta. Me sujetaste como si temieras que fuera a desaparecer, como si ya hubieras soñado este momento y no quisieras despertar. Y entonces me besaste. No fue dulce. Fue hambre. Tu lengua entró en mi boca con fuerza, buscando, mordiendo, chupando. Gemí dentro de ti, y sentí cómo tu pene se endurecía contra mi vientre, duro como una promesa.
Te separaste apenas un segundo, solo para decir: *“No pares. No digas nada. Solo quédate aquí.”* Y yo no dije nada. Solo me dejé desvestir. Tus manos no eran suaves, pero tampoco crueles. Me quitaron el vestido por la cabeza, me desabrochaste el botón del short, me bajaste las bragas con los dedos índice y medio, tirando de la tela hasta que cayeron al suelo. Yo temblaba, pero no de miedo. De anticipación. De saber que lo que venía no sería tierno, sino necesario.
Me tomaste de las muñecas, me empujaste contra la pared. El yeso frío en mi espalda, tu cuerpo caliente en mi frente. Me miraste a los ojos mientras te desabrochabas el cinturón, mientras sacabas tu polla dura, gruesa, con una vena marcada que palpitaba bajo la piel. La vi, y sentí un tirón bajo el vientre, una humedad repentina entre las piernas. No me tocó, pero ya estaba mojada. Me mojé al verte, al saber que ibas a entrar.
“¿Aquí?”, pregunté, sin aliento. “No”, dijiste. “En la cama. Pero primero quiero verte.”
Me tomaste de la mano y me llevaste al colchón, sobre el que apenas había una sábana blanca. Me hiciste sentar, luego te arrodillaste frente a mí. Tomaste mis piernas, las abriste con cuidado, y por primera vez sentí tu aliento en mi coño. No esperé. No preparaste. Solo acercaste tu boca y empezaste a lamer, como si llevaras años hambriento de mí. Tu lengua era larga, precisa, y fue directo al clítoris, lo rodeó, lo chupó, lo mordió suave. Grité. No pude evitarlo. Mis manos se enredaron en tu pelo, tiré, y tú gemiste contra mi sexo, como si el sonido te excitara más.
No paraste. Metiste dos dedos dentro de mí, sin aviso, y sentí cómo se abrían paso, cómo me estiraban, cómo me llenaban. Uno, dos, tres empujones lentos, profundos. Tus dedos entraban y salían mientras tu boca no dejaba de chupar, de morder, de lamer. Mi espalda se arqueó, mis piernas temblaron, y cuando sentí que iba a correrme, te detuviste.
“No todavía”, dijiste, con voz ronca. “No quiero que te vengas así. Quiero verte corriéndote en mi polla.”
Me levantaste, me pusiste de rodillas sobre la cama, con el trasero al aire. Vi cómo te ponías el condón, cómo te mojabas la punta con saliva y te frotabas contra mis nalgas. Luego, sin más, me abriste las nalgas con las manos y me penetraste de una estocada. Grité. Fue fuerte, profundo, doloroso por un segundo, pero el dolor se convirtió en placer al tercer embate. Entrabas hasta el fondo, salías casi por completo, y volvías a entrar con fuerza. Tu pubis golpeaba mis nalgas, y cada impacto me empujaba más al borde.
“Dime que me sientes”, dijiste, jadeando. “Sí… sí, te siento… toda tu polla dentro de mí…” “¿Dónde?” “En el fondo… en el coño… me llenas todo…”
Y era verdad. Sentía cada centímetro de tu pene estirándome, marcándome. Mis jugos resbalaban por tus pelotas, por tu vello, por el condón. Y tú no parabas. Empujabas, salías, volvías, más rápido, más fuerte. Yo gemía, lloraba, gritaba tu nombre. Me corrí con tu polla dentro, sin tocar mi clítoris, solo con el ritmo de tus embestidas. Fue un orgasmo largo, intenso, que me dejó temblando, pero tú no paraste.
Me giraste. Me pusiste de espaldas, te subiste encima, me abriste las piernas y volviste a entrar. Esta vez mirándome a los ojos. Y fue peor. Mejor. Más íntimo. Más salvaje. Tus ojos no parpadeaban. Tus dientes apretaban la mandíbula. Tus caderas no se detenían. Yo sentía cómo tu pene palpitaba dentro de mí, cómo se hinchaba, cómo se acercaba al final. Y cuando dijiste “me voy a correr”, no te saliste.
Te corriste dentro del condón, con un gemido profundo, largo, como un animal. Tus embestidas se hicieron más cortas, más rápidas, y sentí cómo tu semen golpeaba la funda de látex, caliente, espeso. Dos, tres, cuatro empujones finales, y te quedaste dentro, jadeando, con los ojos cerrados, con el pecho subiendo y bajando como si hubieras corrido kilómetros.
Te desplomaste a mi lado, sin sacar el condón. Te quitaste el preservativo lentamente, lo anudaste, lo tiraste al suelo. Luego me abrazaste, me besaste el cuello, la mejilla, la boca. No dijiste nada. Solo me apretaste contra ti, con fuerza, como si temieras que me fuera.
Y yo no quería irme. Quería quedarme allí, con tu olor en mi piel, con tu sabor en mi boca, con el rastro de tu semen en mi muslo. Quería que el mundo no existiera más allá de esa habitación, de esa cama, de ese calor que aún me ardía entre las piernas.
Fue la primera vez que me miraste como si pudieras devorarme. Y fue la primera vez que me sentí completa.
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