La primera vez que me la metió por atrás
La primera vez que Samuel se le metió por el culo a Daniela fue un viernes de lluvia torrencial en Medellín, allá por Envigado, en el apartamento de ella que daba a un callejón con olor a humedad y eucalipto. Hacía tres meses que andaban en algo informal, pero caliente como chimba: se veían dos veces por semana, se cogían como locos, y al final él se iba sin preguntar por el futuro. Hasta ese viernes, en que todo cambió.
Ese día, ella lo esperó con el pelo mojado, en biquini de algodón rojo que apenas le tapaba el culo prieto, y una botella de vino tinto barato sobre la mesita de centro. Él llegó con los ojos brillantes, el pito medio parado bajo el pantalón corto, y una sonrisa de medio lado que le decía: *hoy no me voy sin joderme ese culo*. No lo dijo, pero ella lo vio en la mirada, en cómo le miró el trasero mientras se agachaba a servir el vino.
—¿Y hoy qué te da por ahí, mija? —le dijo él, sentándose en el sofá, dejando que el bulto de la bragueta se marcara más.
—Pues lo de siempre —respondió ella, acercándose con una copa en la mano—. Que me cojas como si no hubiera un mañana.
Samuel soltó una risa baja, de esas que salen del pecho. Le quitó la copa, la dejó en el suelo, y de un jalón la sentó sobre su regazo. Ella sintió el pito duro como piedra entre las nalgas, caliente, palpitando. Se restregó un poco, solo para verlo joderse por dentro. Él le agarró una teta con fuerza, le mordió el cuello, y le dijo al oído, con voz ronca:
—Hoy te voy a meter por atrás, Dani. ¿Te late?
Ella no respondió con palabras. Solo asintió, moviendo la cabeza despacio, mientras sentía que se le mojaba todo. No era la primera vez que se lo proponían, pero sí la primera que lo sentía tan claro, tan urgente. Samuel no esperó más. La cargó como si fuera una niña, la llevó al cuarto, y la tiró sobre la cama boca abajo. Le bajó el biquini con un solo tirón, dejando al descubierto ese culo redondo, prieto, que parecía hecho para ser cogido así.
—Déjame ver eso —dijo, separándole las nalgas con las manos—. Qué chimba de culo tienes, mija. Parece de porcelana.
Se inclinó y le dio un lametón largo, desde el hoyo del culo hasta la rajita húmeda. Ella gritó, se arqueó, se agarró de las sábanas. Él volvió a hacerlo, esta vez con más fuerza, con la lengua bien adentro, lamiéndole el ano, metiéndosela como si fuera un pito de carne. Daniela gemía sin control, movía las caderas, se ofrecía. Samuel le escupió un poco sobre el orificio, luego le metió un dedo. Ella se tensó, pero no se negó.
—Relájate, mija —le dijo—. Esto va a estar más rico que un sancocho de domingo.
Le metió un segundo dedo, los movió en círculos, abriéndole el culo poco a poco. Ella jadeaba, sudaba, sentía que el cuerpo se le encendía desde adentro. Él le mordió una nalga, luego la otra, y le dijo:
—¿Te gusta que te preparen así el culo, verdad?
—Sí… sí, me late —respondió ella, con la voz quebrada—. Pero métemela ya, Samuel. No me dejes así.
Él se paró, se bajó el pantalón y los calzoncillos de un solo jalón. Su pito salió tieso, grueso, con una vena marcada que palpitaba. No era el más largo que ella había visto, pero sí el más hinchado, con la punta roja y brillante por el prepucio que se corrió solo al salir. Se puso un condón, se untó un poco de saliva en la punta, y se acercó.
—Agárrate de la cama —ordenó.
Ella obedeció. Samuel le separó las nalgas con fuerza, apuntó, y empujó despacio. El primer roce del glande contra el ano la hizo gritar. Era una mezcla de dolor y placer, de ardor y deseo. Él no se detuvo. Fue empujando poco a poco, centímetro a centímetro, mientras ella gemía, lloriqueaba, pero no le pedía que parara.
—Ya entró un poquito —dijo él, con voz ronca—. ¿Sientes cómo te abre el culo?
—Sí… sí, joder… duele… pero me gusta.
Y siguió empujando. Hasta que el glande pasó. Ella gritó, se estremeció, pero no se movió. Él se quedó quieto, dejándole tiempo para acostumbrarse. Luego, con cuidado, fue metiendo más. Hasta que todo el pito entró, hasta las bolas.
—¡Ya está toda, mija! —exclamó, con orgullo—. ¡Tu culo me aceptó como a un rey!
Daniela sentía que el cuerpo le ardía. Tenía el culo lleno, estirado, pero de una forma que le encendía el alma. Samuel empezó a moverse despacio, entrando y saliendo, con cuidado, pero con firmeza. Cada embestida le hacía gemir más fuerte, le hacía sentir que se iba a desmayar de placer. Él le agarró el pelo, le jaló la cabeza hacia atrás, y le dijo al oído:
—¿Te gusta que te la meta por el culo, verdad? Dilo.
—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Métela más fuerte, carajo!
Él obedeció. Aumentó el ritmo, le cogió las caderas con fuerza, y empezó a cogerla como si no hubiera un mañana. El sonido de los cuerpos chocando llenaba el cuarto, junto con los gemidos, los jadeos, el olor a sexo y sudor. Ella sentía que el pito le tocaba algo adentro que nunca había tocado, algo que la hacía vibrar como una guitarra.
—¡Más! ¡Más! —gritaba—. ¡No pares, Samuel! ¡Cógeme el culo como si fuera tuyo!
Él no paró. Siguió cogiéndola, una y otra vez, con fuerza, con hambre, con deseo. Le mordió un hombro, le jaló el pelo, le dijo cosas sucias al oído: *qué rico te siento*, *cómo me aprieta el culo*, *te voy a dejar bien jodida*. Ella respondía con gemidos, con palabras rotas, con el cuerpo temblando.
Hasta que llegó. El orgasmo la golpeó como un rayo. Se estremeció, gritó, se corrió con tanta fuerza que mojó la cama. Samuel sintió cómo se le apretaba el culo, cómo le estrujaba el pito, y no aguantó más. Con tres embestidas fuertes, se corrió dentro del condón, gruñendo como un animal.
Se quedó encima de ella, respirando agitado, el cuerpo pegajoso de sudor. Luego se salió despacio, le dio una nalgada suave, y se dejó caer al lado.
—Hoy te dejé bien jodida el culo, ¿verdad? —le dijo, con una sonrisa.
Ella se dio vuelta, le miró con los ojos brillantes, y le respondió:
—Y tú qué crees, bobo. Hoy me cogiste el alma por el culo.
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