La primera vez que me la comí a la vecina casada
6 minLa primera vez que me la comí a la vecina casada
Era viernes, casi medianoche, y el aire en mi apartamento olía a humedad y café frío. Yo estaba sentado en el sofá, con una cerveza medio tibia en la mano, viendo una peli que ni me enteré de qué trataba. La tele parpadeaba y la pantalla se me borrou, como todo en esa época. Había perdido el trabajo hacía dos meses, y la casa de la vecina —esa con las persianas siempre cerradas y las luces tenues que se encendían después de las once— empezaba a convertirse en una obsesión silenciosa.
Me llamaba Lucía. Era casada, aunque su esposo viajaba casi todo el mes, y en las pocas veces que lo vi, era un tipo callado, de camisas bien planchadas y mirada perdida. Ella, en cambio, caminaba con una seguridad que me ponía nervioso: los pantalones ceñidos, las blusas medio desabotonadas hasta la tercera arruga, los pies descalzos en la escalera cuando salía a recoger el correo. Y esa risa… esa risa que salía de dentro, como si algo la estuviera comiendo por dentro y solo ella supiera cómo detenerlo.
La primera vez que hablé con ella de verdad fue cuando se le rompió la llave del carro en la puerta. Estaba allí, con el suéter de lana colgándole de un hombro y el pelo suelto, murmurando «¡Mira que en esta casa estúpida!». Yo pasaba justo en ese momento, con una bolsa de mercado en una mano y la otra libre para ayudar. Le dije que la ayudaba sin pensarlo dos veces. Me puse de rodillas en el asfalto, con las uñas llenas de tierra y el frío de la noche pegándome en la nuca, y le moví la puerta del carro con una palanca improvisada. Cuando por fin se abrió, me sonrió —realmente sonrió— y me ofreció un café. «Tienes cara de quien necesita algo caliente», dijo. Y yo, sin pensarlo, le dije que sí.
Nos vimos dos días después. Subió a mi piso con una botella de aguardiente y dos vasos. Estábamos sentados en el sofá, las piernas tocándose, hablando de nada: de cómo odiaba su trabajo de recepcionista en el hospital, de que su esposo nunca la miraba como antes, de que tenía treinta y cuatro años y se sentía vieja. Yo no la interrumpí. Solo la escuchaba, con las manos quietas sobre mis muslos y la respiración contenida. Cuando se levantó para ir al baño, dejó la puerta entreabierta. Y yo, como idiota, no pude evitar mirar. Ella no se dio cuenta, o tal vez sí. Porque al volver, se sentó justo al lado mío, tan cerca que sentí su calor. Me pasó el vaso, y sus dedos rozaron los míos —una chispa breve, como un relámpago en la oscuridad.
—¿Tienes miedo? —me preguntó, sin mirarme.
—¿De qué?
—De hacer algo que no debes.
No supe qué responder. Solo asentí, como si lo supiera desde siempre.
Esa noche, no pasó nada. Solo nos fuimos a dormir, con la promesa de vernos otra vez.
Una semana después, me llamó por la tarde. Me dijo que su esposo había salido antes de lo previsto, pero que la noche era mía. «¿Te parece si subes?», dijo. Y yo, con la boca seca, le respondí que sí. Subí las escaleras con el corazón en la garganta, como si cada paso fuera un pecado. Ella abrió la puerta con un vestido negro, sin sujetador, y las puntas de los pechos marcadas por la tela. Me tomó del brazo, me arrastró adentro y me cerró la puerta atrás.
—¿Tienes miedo? —repitió, esta vez más despacio.
Le dije que no. Y me mentí.
Lo que pasó después no fue rápido. Fue lento, como si el tiempo se hubiera pegado al suelo. Me quitó la camisa con cuidado, como si temiera que me desarmara si lo hacía de golpe. Luego, con los dedos, me desabotonó el pantalón y me bajó la bragueta. No me tocó el pito al principio. Solo lo sostuvo con ambas manos, como si lo estuviera pesando, y me miró a los ojos mientras lo hacía. «Está grande», dijo, con una sonrisa casi tímida. Y yo, sin saber qué decir, solo le apreté la mano.
Luego, se arrodilló. No fue una orden, ni un desafío: fue un acto de confianza. Se deslizó el vestido por las caderas, quedó en la cintura, y se puso de pie frente a mí, con las manos en mis hombros. Me quitó el pantalón y la ropa interior juntos, y me empujó suavemente hacia la cama. Yo caí como plomo. Ella se sentó sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cadera, y se inclinó hacia atrás, abrazándose a sí misma. Me mostró su culo, redondo y tibio, con la curva de la espalda marcada por la luz del farol de la calle que entraba por la ventana. «Mira», dijo, y se pasó la mano por el costado, dejando un rastro de piel erizada.
No me dejó esperar. Se volvió, se agachó un poco, y me tomó el pito con la mano. Lo frotó contra su abdomen, mojado ya, y luego se lo metió entre los muslos. Me pidió que la tocara. Que le tocara el culo, que le acariciara la vulva, que le dijera qué quería hacerle. Le dije que quería meterle la lengua, que quería saborearla. Y ella, sin soltar mi pito, me besó.
Fue un beso húmedo, con sal y aguardiente. Me empujó contra la cama, se subió sobre mí, y se bajó el vestido por completo. Me mostró su vagina, hinchada, oscura, con el clítoris como un botón apretado. Le dije que era hermosa. Me miró con los ojos cerrados y me pidió que la cogiera. «No con cuidado», dijo, «con ganas». Y yo, sin pensarlo más, le abrí las piernas, le empujé el culo hacia atrás, y le metí el pito a la altura del coño.
No entró de una. Fue lento, como meterse en un río frío. Ella soltó un grito, no de dolor, sino de sorpresa. Me apretó el pelo con ambas manos y me pidió que no parara. «Sí, sí, así», dijo, mientras yo la empujaba con fuerza, sintiendo su calor, su succión, la forma en que su cuerpo se cerraba a mi alrededor. Me pidió que la mordiera, que la golpeara suave, que le dijera cuánto la quería. Le dije que la quería como no le había dicho a nadie. Que la quería sucia. Que la quería como una necesidad.
Esa noche no fue amor. Fue fuego. Fue hambre. Fue un acto de desesperación y de placer puro. Me cogió hasta que me quedé sin fuerzas, hasta que le temblaban las manos y el aliento se le rompía en suspiros. Y cuando vine dentro de ella, no me importó que fuera casada, ni que fuera la vecina, ni que fuera una trampa que yo mismo había construido. Solo sentí que por primera vez en meses, estaba vivo.
A la mañana siguiente, se fue temprano. Dejó una nota en la cocina: «Hoy no subo. Pero cuando vuelva…». No terminó la frase. Pero yo ya sabía lo que venía.
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.