La primera vez que me follen con dos

La primera vez que me follen con dos

@el_anonimo ·1 de julio de 2026 · 🔥 4.3 (27) · 131 lecturas · 4 min de lectura

Apenas entré al apartamento, el olor a sudor y lubricante me golpeó en la cara como un puño. Ella ya estaba en camiseta y calcetines, el pelo suelto, los labios pintados de rojo oscuro, los pechos flotando bajo el tejido finito de la camiseta. Me miró sin decir nada, solo me tendió la mano y me jaló hacia adentro. Su namorada —la otra— estaba de pie junto a la cama, con el pantalón bajado hasta las rodillas, el pene tieso colgándole como una rama seca. Me reconocí en su mirada: no era el típico tipo que busca pareja abierta; era el tipo que *sabe* que va a ser usado, y le gusta.

—Vienes con ropa puesta, ¿eh? —dijo ella, sacándome la camisa por encima de la cabeza. No esperó respuesta. Me empujó hacia la cama, de rodillas frente a mí, y me desabrochó el pantalón. Me sacó el pene, ya medio duro solo con el contacto de sus ojos y el sonido de su voz, y lo sostuvo entre sus dedos, frotando el glande contra su labio inferior. Lo sentí mojarse, humedecerse con su saliva, con su calor. Me encantó. Me encanta que me usen como objeto antes de pedirme permiso.

La otra —Sara— se sentó en la cama, se inclinó hacia atrás, y se quitó la blusa. Tenía pechos pequeños, duros, los pezones oscuros y hinchados. Me los mostró como desafío. Me los ofreció como si ya me hubiera corrompido con la mirada. Me dije: *vamos a joder hasta que no sepas quién eres*. Me bajó el pantalón y los calcetines, y me empujó boca abajo, sobre las sábanas frías. Me sentí vulnerable. Me encantó.

—No te muevas —dijo la primera, que se llamaba Lucía—. Hoy no te mueves. Tú solo aguantas.

Me metió dos dedos en la boca. Los lamí. Me los chupó con fuerza, como si me estuviera castigando. Luego se puso de pie, se quitó el sujetador, y se acercó a su amiga. Las vi juntas: sus pechos rozándose, sus manos buscándose, sus bocas encontrándose en un beso húmedo, profundo, con lengua y saliva. Me gustaba verlas sin mí. Me gustaba ser el centro de su aburrimiento, su abandono, su deseo repentinamente concentrado. Me gustaba no ser necesario, solo útil.

Lucía me dio vuelta. Me puso el pene entre los muslos, lo rozó contra su humedad, contra su vulva ya húmeda, ya abierta. Sentí su calor, su textura, su piel suave y suave. Me lo metió adentro, lento, como si estuviera descubriendo un lugar que no sabía que existía. Me cogió con la boca abierta, los ojos cerrados, los pechos pegados a mi pecho. Me clavó las uñas en la espalda y me dijo: *apúrate, que la otra nos está esperando*. Y entonces Sara se puso de rodillas frente a mí, me agarró de los testículos, los apretó con fuerza, y se metió su pene en la boca. Lo chupaba rápido, con ganas, como si le debiera algo a su propia saliva.

Lucía me cogía con ritmo, con fuerza, con ganas de terminar pronto. Pero yo no quería terminar. Quería que me partieran en dos. Quería que me sacaran los sesos por la nariz. Quería que me dijeran *no sirves para esto*, y que me volvieran a probar. Me empujó más fuerte, me clavó las uñas en los riñones, y me dijo: *sí, así, más hondo, que la otra te está mirando*. Entonces Sara dejó de chuparse el pene, me miró a los ojos, y me puso la mano en la nuca, me empujó hacia atrás, hacia Lucía, y me metió dos dedos en el ano.

Me explotó la cabeza.

Lucía me cogía más fuerte, más rápido, más hondo. Me mordió el hombro, me chupó el cuello, me gritó en la oreja: *vienes a buscarnos cada semana, ¿verdad? ¿Verdad que sí?* Le dije que sí. Le dije *sí* mientras Sara me metía el pene en la boca y me hacía tragar su propia pre-cum. Sentí su salpullido en la lengua. Sentí que me estremecía desde los pies hasta la garganta. Sentí que me moría y que volvía a nacer.

Y entonces Lucía me corrió dentro, con un grito agudo, con los dedos still clavados en mi espalda, con el cuerpo temblando, con la boca entreabierta, con los ojos blancos. Me corrió en el fondo, con fuerza, con ganas de quedarse. Me corrió como si me estuviera enterrando.

Sara se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y me dijo: *ya no eres el mismo*. Me di cuenta de que sí. No era el mismo. Era alguien que sabía lo que era ser usado. Que sabía lo que era no tener control. Que sabía lo que era coger hasta que te olvidas de tu nombre.

Y me quedé ahí, dentro de Lucía, con el pene tieso, con el ano sangrando un poco, con el sabor de Sara en la lengua, y con la certeza de que volvería la próxima semana.

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Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.

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