La primera vez que me follaron una trans
9 minLa primera vez que me follaron una trans
El calor de la tarde se pegaba al asfalto de la colonia Roma Norte como una manta mojada, pero dentro del bar La Esquina, el ambiente era distinto: aire acondicionado a full, cervezas heladas en los mostradores y un bajo ritmo de música electrónica que vibraba en el pecho más que en los oídos. Tomás se sentó en el taburete del fondo, justo donde el rojo de los cojines del banquillo se hacía más oscuro con el uso. Tenía la camisa abierta hasta el ombligo, los brazos descansados sobre la madera, y esperaba. No con ansiedad, no con miedo —con ganas claras, directas, como quien pide una orden en el puesto de tacos: “dos de carnitas, una cerveza, y que no me la chinguen”.
Había quedado con Lucía.
No la conocía de nada, solo de una conversación en la app: tres mensajes breves, una foto de perfil donde lucía una sonrisa amplia, el pelo negro cortado al estilo *pixie*, los labios pintados de rojo oscuro, y los ojos que miraban directo a la cámara sin pedir permiso. En su bio decía: “Trans, 28, jefa de bodega, le gustan los hombres que saben lo que quieren y no preguntan mucho”. Tomás, 34, contador freelance, soltero, con la verga dura en cuanto se trataba de mujeres trans —porque sí, lo admitía: le flipaban las curvas femeninas y la seguridad de una vagina bien hecha, pero también la musculatura del pecho, el vello suave en los brazos, la voz grave que se rompía en una risa cuando quería—, no dudó en mandar el *“¿te late?”*.
Lucía había respondido en 12 segundos: *“Sí. Mañana, 8pm. La Esquina. Si llegas con traje, te chingan. Si llegas con ganas de jugar, te chingo yo.”*
Tomás se rió en voz baja, tomó un trago de su *pilsen*, y se puso de pie.
La puerta del baño de mujeres se abrió a las 8:07. No fue un ruido sutil. Fue una presencia. Lucía salió con paso firme, los tacones de charol plateado golpeando el suelo como latidos. Llevaba una blusa negra ajustada hasta la cintura, una minifalda de cuero que le subía hasta la mitad de los muslos, y una chaqueta corta de mezclilla abierta, sin cosa debajo. El sostén era de encaje negro, con copas redondeadas que le marcaban los pechos, no grandes, pero firmes, perfectos para agarrar con una mano y chupar con la otra. Tomás la observó desde el banquillo, sin disimulo, sin discurso. Ella lo vio, le guiñó un ojo, y se acercó como si ya lo conociera desde niños.
—¿Tomás? —dijo, con la voz más grave de lo que esperaba, pero con una textura suave, casi ronca, como si hubiera fumado un par de cigarros antes de salir.
—Sí —respondió él, sin levantarse aún, solo inclinando el cuerpo hacia adelante para que sus ojos se encontraran.— Lucía.
Ella le palmeó la rodilla con la mano derecha, con fuerza, sin tibieza. —Te gusta lo que ves, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces no te hagas el de la cámara lenta. Levántate.
Él se paró. Ella lo rodeó una vez, como si lo inspeccionara, y luego le dio la espalda.
—Vamos. Tengo un departamento a siete calles. En la planta baja. Tiene terraza. Y cama de agua.
—¿En la planta baja?
—Sí, con ventanales. Si te pones nervioso, te miro desde la calle y te digo qué hacer. Si no, entramos directo.
—¿Y qué hago yo?
—Me sigues. Me tocas la cintura. Y si te animas, me metes la verga antes de que lleguemos a la puerta.
Tomás tragó saliva. No era un novato. Había cagado de todo: putas, amantes, amigas de fiesta. Pero con una trans? Sí, había tenido fantasías, incluso alguna vez con una cliente que trabajaba en un salón de belleza trans-friendly, pero nunca lo había llevado a cabo. No por miedo, sino porque no le había caído bien nadie que se sintiera segura de sí misma como Lucía.
—¿Tú estás segura? —preguntó, porque sí, porque a veces la seguridad se rompe con un “no” mal dicho.
Lucía se volteó, lo miró de frente, y soltó una risa baja, sensual, como un susurro en la oscuridad.
—Hijo, yo soy la que va a chingarte. Tú solo no te quedes quieto y no me digas “espera, déjame pensar”.
—No pienso.
—Perfecto.
Tomás le puso la mano en la cintura, real, con firmeza, sintiendo el calor del cuerpo bajo la tela del cuero. Ella no se estremeció, pero sí sonrió, como si ya supiera que iba a gustarle.
Subieron en el elevador. Ella se paró frente a él, con las manos en los bolsillos, los ojos cerrados, respirando lento. Él la miró la nuca, el cuello, el pequeño lunar que tenía a un lado, casi escondido por el cabello. El elevador se detuvo. Ella abrió los ojos, lo miró, y dijo:
—Te voy a coger. Pero no como una niña. Tú vienes a divertirte, y yo vengo a sentir. Si te pones blando, te mando a la mierda. Si te aguantas, te dejo que me fills.
—¿Fills?
—Sí, *fills*. Como a una niña. Pero sin niña. ¿Te late?
—Sí.
—Entonces apriétame el culo.
Él lo hizo. Con la palma abierta, con fuerza, apretando la nalgada que tenía Lucía: redonda, firme, con ese redondez de mujer que ha tenido hijos o ha entrenado, pero sin flacura. Y cuando él apretó, ella soltó un suspiro largo, cerró los ojos, y murmuró:
—Vamos.
El departamento era pequeño, pero con una estética de *loft* industrial: paredes en concreto visto, piso de madera clara, una cama baja de agua en el centro, con sábanas grises y una manta negra. La terraza tenía una mesa de madera, dos sillas, y una vista al cielo estrellado de la ciudad. Pero Tomás no miró nada. Miraba a Lucía.
Ella se quitó la chaqueta, la tiró al sofá, y se volteó, con la espalda hacia él.
—Desáteme el sostén. Con una mano.
Él se acercó. Ella tenía la espalda ligeramente bronceada, con un leve vello dorado en los hombros. Las tiras del sostén eran finas, de encaje negro. Él pasó las manos por debajo, desabrochó el cierre con un clic seco, y luego tiró suavemente hacia arriba. El sostén cayó al suelo. Ella no se movió. Solo respiró.
—Pásame la mano por la cintura.
Él lo hizo. Ella gimió, un sonido bajo, gutural, como si le hubieran tocado un punto sensible.
—Ahora acércate. Ponme la mano en el culo, y la otra… en los pechos.
Tomás le pasó la mano derecha por la nalgada, con firmeza, apretando y rozando con los pulgares la curva de sus muslos. Con la izquierda, rozó la base de sus pechos, luego subió hasta los pezones, que ya estaban duros, hinchados. Lucía se inclinó un poco, apoyó las manos en la cama, y giró la cabeza hacia él.
—¿Me sientes?
—Sí.
—¿Te gusta?
—Me chinga.
Ella sonrió, y por primera vez, lo hizo con los ojos abiertos, sin miedo, sin disimulo.
—Entonces no me hagas esperar.
Se quitó la falda y los tacones de un movimiento. Quedó sola con el sostén caído, los pantimedias hasta las rodillas, y una bragas de encaje negro que le marcaba el entrepierna. Tomás la miró, y vio lo que quería ver: una vagina bien formada, labios gruesos, oscuros, húmedos ya por el deseo. No una vulva recién afeitada, no una perfecta, sino una vagina real, con vello suave en los laterales, con ese olor a femenino, a *ella*, a deseo.
—Tú no me tocas la verga. Yo te la meto.
Lucía se puso de pie, se acercó a él, y le quitó la camisa, los pantalones, los boxers, todo de golpe. Él quedó desnudo, con la verga tiesa, la punta brillante por el pre-cum. Ella la miró, sin apuro, como si la estuviera evaluando.
—Bien puesta. Grande, pero no exagerada. Sin rastas, sin venas sobresalientes. Me gusta.
—¿Te late que te la meta sin preservativo?
—Sí —dijo ella, sin dudar—. Pero con un condón. Por si acaso. Tú sabes lo que es mejor.
Él se puso uno, rápido, y Lucía se volteó, se agachó un poco, y le dio la espalda.
—Ahora sí, hijo. Mándala.
Tomás se puso detrás de ella, le separó las nalgas con las manos, y con la punta de la verga, rozó su clítoris. Ella se estremeció, soltó un grito corto, y se aferró al borde de la cama.
—Sí… sí… ya.
Él la empujó un poco hacia adelante, se inclinó, y con un movimiento lento, firme, introdujo la punta en su vagina. Ella jadeó, pero no se apartó. Él siguió, con calma, sintiendo su interior: cálido, apretado, húmedo, con una textura que lo hizo pensar: *esta es la primera vez que me coge una trans. Y no va a ser la última*.
Lucía gimió, baja, profunda, como si le hubieran abierto una puerta que llevaba años cerrada.
—Sí… sí… así… más adentro…
Él la cogió del todo. Hasta la base. Hasta que sintió sus pelvis juntas. Ella soltó un grito largo, como si se hubiera desbocado algo dentro, y empezó a moverse hacia atrás, buscando su ritmo. Tomás la siguió, con golpes firmes, lentos, como para marcar terreno.
—¿Te gusta que te la meta de atrás?
—Sí… sí… me encanta… que me la metas fuerte… pero no rápido… como un hombre que sabe lo que quiere.
Él cambió el ángulo. Subió un poco la cadera, y la metió más hondo, golpeando su clítoris con cada empuje. Lucía se desbocó. Gritó su nombre, se aferró a la sábana, y su cuerpo se sacudió con una orgía de espasmos.
—¡Tomas! ¡Tomas! ¡Más fuerte!
Él le dio. Golpes duros, rápidos, con las manos en sus caderas, apretándolas, marcándolas, como si quisiera dejar huella. Ella se descontroló. Su vagina se contrajo, apretó la verga como un puño, y soltó un grito agudo, desesperado, de quien se ha entregado por completo.
—¡Ay dios mío! ¡Ay dios mío! ¡Me voy! ¡Me voy!
Tomás sintió su cuerpo temblar, sintió el calor de su interior, y se dejó llevar. Se agarró de sus caderas, se inclinó, le mordió el hombro, y corrió dentro de ella, llenándola, vaciándose, sintiendo cada latido, cada pulso, como si le hubieran quitado una carga de encima.
Se quedaron así, un rato. Él aún dentro de ella, ella con la cabeza apoyada en las manos, la respiración pesada. Él la besó en el hombro. Ella giró la cabeza, lo miró, y sonrió.
—¿Te late?
—Sí.
—¿Volveremos a hacerlo?
—Sí.
—Entonces no me digas “te quiero”. Me dices “otra vez”.
Él la besó en los labios. Su boca era suave, húmeda, con sabor a sal y a deseo.
—Otra vez —dijo.
Y mientras la luna se ponía detrás de los edificios de la ciudad, Lucía se volteó, se puso de pie, y le quitó el condón con una sonrisa.
—Mañana, a la misma hora. Te voy a enseñar a meterme dos dedos antes de que te quite la camisa. Y si te portas bien… te dejo que me chingues en la terraza, con la puerta abierta.
Él se rió.
—¿Te late que te la meta otra vez?
—Sí —dijo ella, y le palmeó la verga, que ya empezaba a levantarse otra vez—. Pero primero, vamos a bañarnos. Tienes el cuerpo sudado, y me encanta que suden los hombres que me cogieron.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.