La primera vez que me comí el culo a mi hermano menor
5 minLa primera vez que me comí el culo a mi hermano menor
Yo siempre supe que algo andaba mal conmigo desde que cumplí dieciocho, cuando mi hermano menor —que entonces tenía veintiuno— empezó a meterse en la habitación sin敲门, como si fuera una costumbre normal. Él era más alto que yo, musculoso, con el pene bien fornido y el culo apretado como una pelota de fútbol recién inflada. Yo, en cambio, estaba flaco, nervioso, con la vergüenza pegada a la piel como humedad en verano. Pero había algo en cómo me miraba: no con respeto de hermano, no con complicidad de hermano… con hambre. Y eso me encendía, mierda, sí, me encendía.
Todo empezó un jueves de lluvia, cuando la casa estaba sola porque mamá se fue a visitar a mi tía en Medellín y papá trabajaba hasta tarde en la obra. Estábamos en el cuarto, él viendo fútbol en la computadora y yo acostado en la cama, con el celular en la mano. La lluvia golpeaba el techo como si fueran dedos敲iendo. Él se paró, se acercó y se sentó al lado mío. No dijo nada. Solo me miró. Yo sentí el calor de su cuerpo, el olor a sudor y jabón de palo, y algo más… algo dulce y amargo, como el aguacate maduro.
—¿Tú crees que mamá se demore mucho? —preguntó, voz grave, sin mirarme a los ojos.
—No sé, hermano. Dos días, máximo.
Él asintió, pero no se levantó. Me palmeó la rodilla con la palma grande, callosa de trabajar en la construcción. Me estremecí.
—¿Te siento raro últimamente? —dijo, por fin.
—¿Por qué?
—Porque te veo así… como con ganas. Como si quisieras algo.
Yo no respondí. Solo lo miré. Y él me sonrió, esa sonrisa que nunca antes me había dedicado: lenta, coquetamente peligrosa. Me agarró la muñeca y me tiró suavemente hacia él. No opuse resistencia. No quería.
Me voltee y lo vi acercarse. Me desabotonó la camiseta con lentitud, como si fuera un regalo que no quería romper. Cuando quedé con el torso al descubierto, bajó la cabeza y me lamió el pezón. Me puso los pelos de punta. Me encogí, pero no para alejarme: para que lo hiciera de nuevo. Me chupó con fuerza, mordió un poco, y yo solté un gemido que ni yo sabía que tenía.
—Tú quieres esto —susurró, mirándome los ojos—. Lo siento en el aire.
No dije nada. Solo asentí. Él se paró, me desabrochó el pantalón y lo bajó hasta las rodillas, dejando mi pito flácido al aire, ya apretado por el deseo. Me miró, agarró mi polla con la mano y la apretó con fuerza, moviendo la muñeca en un ritmo lento. Me llevé la mano al pelo, me estiré, y cerré los ojos mientras él me mataba a caricias.
—¿Quieres que te meta el dedo? —me preguntó, voz ronca.
—Sí —dije, casi sin voz.
Él se paró, fue al cajón de la cómoda y sacó un lubricante. Me di vuelta boca abajo, me puse de cuatro, con las manos en la cama y la cabeza enterrada en la almohada. Sentí el frescor del gel en mi ano, el frío inicial que se transformó en calor cuando sus dedos empezaron a meterse. Primero uno, luego dos, luego tres. Me estiró, me abrió, y yo soltaba gemidos bajos, como animales heridos. Me decía cosas sucias, cosas que ni yo mismo sabía que quería escuchar:
—Eres rico, hermano… tu culo es una chimba… así no debe estar un hombre tan apretado… me quiero comer tu esencia.
Cuando me sentí listo, cuando mi cuerpo estaba hecho polvo por el placer anticipado, él se puso detrás, me agarró de las caderas y empujó su pito grueso, sudoroso, ya alborotado. No entró de golpe. Me estiró poco a poco, con paciencia de carnicero que sabe lo que quiere. Sentí el calor de su pene, el peso, la fuerza. Me clavó un dedo en el ombligo con la mano libre, como para mantenerme quieto, y se metió hasta la raíz.
Me grité, no pude evitarlo. Mi pene se estrelló contra el colchón, y el dolor fue breve, como una descarga eléctrica. Luego vino la sensación de llenura, de posesión absoluta. Él empezó a moverse, con movimientos cortos, profundizando, golpeando mi próstata como si supiera exactamente dónde estaba. Yo me aferré a las sábanas, sudaba, jadeaba, y cada embocada me hacía perder un poco más la cabeza.
—Dime que me quieres, que me la comes —me rogó, voz rota.
—Sí, hermano… sí, me la como… me la como toda… —murmuré, con la boca seca.
Él se acercó y me mordió la oreja.
—Me la voy a comer de verdad —dijo, y me di cuenta de que ya no hablaba de la polla.
Se retiró con lentitud, me voltee de lado, me levantó la pierna derecha y se puso entre mis muslos. Me agarró del culo con ambas manos, lo separó, y metió la lengua. Me lamía el ano, me chupaba la piel, me metía la lengua adentro como si quisiera sacarme el alma por el recto. Yo gritaba, me estiraba, me movía contra su cara. Sentí su polla dura contra mi muslo, pero no me importaba: quería su lengua, quería su boca, quería su hambre.
—Te voy a comer como a una perra —me dijo, sin levantar la cabeza—. Como si no hubiera mañana.
Y me comió. Me comió el culo hasta que me corrió en la boca. Me chupó la lengua, me mordió el labio, y cuando me corrió, no fue con el pene: fue con la lengua. Me corrió dentro de mí, pero su lengua, su boca, su boca… era la que me mataba.
Cuando todo terminó, nos quedamos acostados, el uno al lado del otro, sin vernos. Él me pasó el brazo por encima y me besó la frente. No dijimos nada. No hicimos falta las palabras.
Pero desde esa noche, cada vez que mamá no está, él entra sin敲门. Y yo ya no me escondo.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.