La primera vez que me cogió por atrás

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca imaginé que sería él quien me abriría de esa manera. No es que tuviera miedo, pero el culo… siempre lo había tenido como zona prohibida, sagrada. Hasta que llegó Raúl, mi vecino del quinto, con esa sonrisa de lado que te dice cosas sin hablar. Lo conocí en el ascensor, un día que se quedó atorado entre pisos. Empezamos a platicar como si nos hubiéramos visto toda la vida. Hablamos de todo: del calor en la ciudad, de las series que atrapan, de lo solo que se siente uno aunque esté rodeado. Y de sexo. Sí, de eso también. Sin vergüenza, como quien confiesa un pecado dulce.

—¿Y tú? —me preguntó, mirándome fijo—, ¿alguna vez te han cogido por atrás?

Me sonrojé. Bajé la vista al piso del ascensor, que olía a limpiador fuerte y a sudor leve. —No —dije apenas en voz alta. —¿Y quieres? —insistió, sin dejar de sonreír. No supe qué responder. Pero algo en mi cuerpo dijo que sí. Un calorcito bajó desde el estómago hasta el culo, como si ya supiera la respuesta antes que yo.

Pasaron dos semanas. Una noche, llovió fuerte. El agua golpeaba los cristales como si quisiera entrar. Toqué su puerta sin pensarlo. Llevaba una botella de vino tinto barato y una blusa transparente que dejaba ver mis pezones duros por el frío. Él abrió con una toalla en la cintura, el pecho brillante todavía del baño. Me miró de arriba abajo, sin sorpresa, como si me estuviera esperando.

—Pasa —dijo, y cerró tras de mí.

No hubo más palabras. Me besó como si me conociera desde siempre: profundo, con lengua, con ganas. Sus manos fueron directo a mis nalgas, me apretó como si quisiera partirme en dos. Sentí su verga dura contra mi vientre, caliente, hinchada. Me sentó en la mesa del comedor y me desvistió lento, muy lento. Me quitó la blusa, el sostén, las pantaletas. Luego se arrodilló y besó mis muslos, subiendo, oliendo, probando. Cuando llegó a mi culo, lo acarició con la nariz, luego con los labios. Jamás nadie me había hecho eso. Gemí. Él sonrió contra mi piel.

—¿Puedo? —preguntó. Asentí. —Sí —dije—. Pero con cuidado. —Claro, chula —respondió—. Yo te cuido.

Fue entonces cuando sacó el lubricante. Vi el frasquito y me puse nerviosa. Me pidió que me pusiera de cuatro sobre la mesa. Lo hice. Me acomodó las rodillas, separó mis nalgas con cuidado. Empezó a untar el líquido frío en mi agujero, masajeando con un dedo. Entró despacio, apenas la punta. Luego otro dedo. Sentí cómo me abría, cómo mi cuerpo se rendía a él. No dolía, solo un estirón fuerte, placentero. Me relajé. Me dejé llevar.

—¿Sí puedes? —preguntó. —Sí… sí, cabrón —dije, entre risas y jadeos—. Sigue.

Entonces se puso un condón. Me alineó su verga a la entrada, gruesa, oscura, palpitante. La punta presionó. Entró un poco. Grité, no de dolor, sino de sorpresa. Era distinto, más intenso. Me quedé quieta. Él esperó. Luego, poco a poco, fue entrando más. Centímetro a centímetro. Hasta que sentí sus pelotas contra mis nalgas. Estaba todo adentro.

—¿Bien? —preguntó, con la voz ronca. —Sí… cabrón… más.

Y empezó a moverse. Lento al principio, luego más fuerte. Cada embestida me hacía gemir como puta. Sentía cómo mi culo se abría y se cerraba alrededor de su verga. El sonido de sus caderas contra mis nalgas, el crujido de la mesa, el jadeo de los dos. Me corrí sin tocarme, solo con el movimiento, con la llenura, con el placer de sentirme usada, deseada, follada como nunca.

Cuando él se corrió, gritó mi nombre. Me dejó llena, temblando. Me abrazó después, me besó el cuello, las mejillas. No dijo nada cursi. Solo: —Gracias, chula. Fue hermoso.

Y lo fue. La primera vez que me cogieron por atrás. Y no será la última.

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