La primera vez que me cogí a la vecina del quinto

La primera vez que me cogí a la vecina del quinto

@emilio_santos ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (23) · 103 lecturas · 7 min de lectura

Era junio, y el frío de Buenos Aires se metía por las rendijas del edificio como un ladrón silencioso. Ella vivía en el quinto, justo encima de mí. Siempre la escuchaba: los pasos descalzos sobre el piso de madera, el sonido de la ducha cuando se bañaba tarde, el suspiro que soltaba al cerrar la ventana antes de dormir. Nunca hablamos. Solo nos saludábamos con la mirada en el ascensor, y ella, siempre con el pelo suelto, una camiseta vieja y los ojos cansados, me devolvía una sonrisa que no era cortés: era cómplice.

Yo la llamaba Luli. No sé por qué. No me lo dijo. Pero en mi cabeza, siempre fue Luli. Tenía treinta y siete años, dos hijos que vivían con su ex, y un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Yo tenía treinta y dos, un trabajo de contable que me volvía lento, y una soledad que ya no me dolía: simplemente era.

Una noche, la puerta de su departamento se abrió de par en par cuando yo subía con una bolsa de compras. Ella salió con una toalla enrollada en la cintura, el pelo mojado, el pecho todavía húmedo, y me miró como si supiera que yo la había estado mirando desde siempre.

—¿Vos tenés un destornillador? —preguntó, sin vergüenza, con la voz rasposa del agua y el cansancio.

—Sí —respondí, y no mentí. Tenía uno. Pero no era por el destornillador.

Subí con ella. La puerta quedó abierta. No la cerró. No lo hizo por accidente. Lo hizo porque quería que entrara.

La cocina estaba desordenada, como si la vida la hubiera pasado por encima sin pedir permiso. En la mesada, una taza de té frío. En el piso, un juguete de plástico de uno de sus hijos. En la pared, una foto de ella con dos chicos sonrientes, y detrás, una ventana que daba al balcón donde colgaba ropa de niño. Ella se sentó en el borde de la mesada, sin invitar, sin pedir. Se cruzó las piernas. La toalla se le deslizó un poco, y vi la curva del culo, redonda y firme, como si la hubieran moldeado con paciencia.

—¿Vos sabés cómo se arregla esto? —me preguntó, señalando el grifo que goteaba.

—Sí —dije, y me acerqué. No llevaba guantes. No necesitaba. La cerca de su cuerpo me quemaba.

Cuando me agaché, su olor me envolvió: jabón de lavanda, piel mojada, un poco de sudor, algo dulce y humano. Apoyé la mano en el piso, cerca de su pierna. Ella no se movió. No se alejó. Solo respiró más profundo, como si estuviera esperando algo que ya sabía que iba a pasar.

—Vos no sos como los otros —dijo, sin mirarme.

—¿Y quiénes son los otros?

—Los que me miran como si fuera un objeto. Los que me hablan como si tuviera que agradecerles que me vean.

No respondí. No tuve que. Bajé la mano. Lento. Tan lento que ella debió sentirlo antes de que lo tocara: la punta de mis dedos rozó el borde de la toalla, justo donde se apoyaba sobre su muslo. Ella se tensó. No se apartó. Solo cerró los ojos.

—Vos podés —dijo, casi en un susurro.

Cogí la toalla. No la saqué. La deslizé. Lento. Tan lento que cada centímetro era una promesa. La tela se deslizó por sus caderas, por su culo, por sus piernas, hasta que quedó en el suelo. Ella no se cubrió. No se movió. Tenía las piernas abiertas, no por invitación, sino por rendición. Su concha estaba húmeda. No por el agua. Por mí.

Me levanté. No me quité la ropa. No era necesario. Le bajé el pantalón de pijama, despacio, como si fuera un regalo que no quería abrir de golpe. Ella se levantó un poco, para ayudarme. Sus pechos, pequeños pero firmes, se movieron con cada respiración. No los toqué. No aún.

Me acerqué. Me puse entre sus piernas. Ella me miró, y por primera vez, no era una mirada de cansancio. Era de deseo. De sed. De alguien que llevaba años esperando que alguien la tocara sin miedo.

—Vos me querés —dijo.

No respondí. No era necesario. Bajé la cabeza. No besé su boca. Besé su concha. Lento. Con la lengua. Con la boca. Con la paciencia de quien sabe que el placer no se apura.

Ella gimió. No un grito. Un sonido bajo, ahogado, como si no quisiera que nadie más lo escuchara. Y yo, en ese momento, supe que nadie más lo había escuchado. Nadie más la había tocado así. Nadie más la había hecho sentir viva.

Le lamí el clítoris. Primero con suavidad. Luego, más fuerte. Ella se agarró de mis hombros. Me apretó con fuerza. No me pidió que me detuviera. No me pidió que siguiera. Solo se dejó ir.

Cuando sintió que se venía, gritó. Un grito corto, ahogado en mi boca. Y yo la sostuve, con la lengua aún dentro, con los dedos en sus caderas, con el pecho pegado a su vientre.

No me levanté. No me saqué la ropa. Solo me desabroché el pantalón. Me saqué la pija, y la puse frente a su concha. Ella me miró. Me miró a los ojos. Y entonces, con una voz quebrada, dijo:

—Cogeme.

No la pedí. No la supliqué. Solo me metí. Lento. Tan lento que sentí cada pliegue, cada humedad, cada latido. Ella se abrió como una flor que ya no tenía miedo de florecer.

Cuando estuve adentro, me detuve. No por falta de ganas. Porque quería que lo sintiera. Que lo supiera. Que supiera que no era un acto. Era un regalo.

—Vos sos mía ahora —dije, sin saber por qué lo dije.

Ella sonrió. Una sonrisa triste. Una sonrisa de quien por fin encontró lo que buscaba.

—No —dijo—. Yo soy mía. Pero vos… vos me hiciste sentir que valgo algo.

Y entonces, empecé a moverme.

No era rápido. No era salvaje. Era profundo. Cada embestida era un suspiro. Cada retroceso, una promesa. Ella me abrazaba por la espalda, me mordía el cuello, me susurraba palabras que no entendía, pero que sabía que eran de agradecimiento.

—Sí, así… sí, así… más adentro… no te detengas… —decía, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con el cuerpo arqueado como un arco que no quería soltarse.

Yo la cogía. No como un animal. Como un hombre que por fin encontró el lugar donde su alma podía descansar.

Ella se vino dos veces. La primera, con un grito que se perdió en el techo. La segunda, con lágrimas. No de tristeza. De alivio.

Cuando terminé, no me retiré de inmediato. Seguí dentro, como si temiera que si me iba, ella se desarmaría.

Ella me miró. Me miró con los ojos húmedos, con la boca entreabierta, con el cuerpo temblando.

—No me dejes —dijo.

No respondí. La besé. En la boca. Por primera vez. Y ella me devolvió el beso como si fuera el último.

Nos quedamos así, abrazados, en la mesada de la cocina, con la toalla en el piso, con el grifo goteando, con la luna entrando por la ventana y cubriéndonos de plata.

No hablamos más esa noche. No fue necesario. Ella me abrazó hasta que se durmió. Yo la miré hasta que el frío me obligó a cubrirla con una manta.

Al día siguiente, no dijo nada. No me agradeció. No me pidió que volviera. Solo me miró en el ascensor, con el pelo recogido, con una camiseta limpia, con los ojos más claros.

Me sonrió.

Y yo le sonreí.

No volvimos a coger. No fue necesario.

Porque ya no era un acto.

Era una memoria.

Una que me llevé en el pecho, como un secreto que nadie más debía saber.

Y cada vez que escuchaba sus pasos por la noche, cuando el edificio se callaba, yo sonreía.

Porque yo la había cogido.

Y ella, por primera vez en mucho tiempo, se había dejado cogerte.

Sin miedo.

Sin vergüenza.

Con el alma abierta.

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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