La primera vez que me acosté con mi hermanastra

La primera vez que me acosté con mi hermanastra

@joaquin_noche ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (6) · 148 lecturas · 4 min de lectura

Yo sabía desde antes de que ella cumpliera veinte que algo andaba mal entre nosotros. No era solo la forma en que sus ojos se deslizaban por mi cuerpo cuando creía que no lo notaba, ni el modo en que su risa se volvía más aguda cada vez que pasaba cerca de mí en la cocina. Era algo más profundo, más visceral: una tensión que crecía como una raíz bajo tierra, imposible de arrancar pero inevitable.

Ella era hija de mi padrastro, Carlos. Lo conocí cuando yo tenía dieciséis y ella, doce. Nos criamos bajo el mismo techo, sí, pero nunca como hermanos de sangre. Ella siempre fue más oscura que yo: piel morena, cabello rizado hasta la mitad de la espalda, pechos pequeños pero firmes, y una mirada que parecía saber más de lo que decía. Yo, en cambio, alto, delgado, con manos grandes y una voz que aún no había perdido ese tono de chico en transición. Pero en los últimos meses, desde que ella se mudó de nuevo con nosotros tras la separación de sus padres biológicos, todo cambió. Ella no era una chica anymore: era mujer, y lo sabía.

La primera vez que tocamos el límite fue en la terraza, una noche de julio. El calor apretaba como un trapo húmedo. Ella llevaba una camiseta ajustada, la tela pegada a la piel por el sudor, y shorts cortos que dejaban al descubierto el inicio de sus muslos. Me ofreció un vaso de limonada. Cuando nuestras dedos se rozaron, no soltó el vaso de inmediato. Me miró a los ojos, y por un segundo, el mundo se detuvo.

—¿Tú también lo sientes, verdad? —susurró, sin sonar como pregunta, sino como confirmación.

No respondí. No pude. Me tomó de la muñeca y me guió hacia el sofá al fondo, donde las sombras eran más densas. Allí, sin despegar los ojos de mí, se quitó la camiseta. No con coquetería, sino con una seguridad que me paralizó. Sus pechos eran redondos, con pezones oscuros y hinchados. Me miró esperando algo. Yo no lo sabía aún, pero ella sí.

—¿Te importa si…?

—No —dije, y el sonido de mi propia voz me sorprendió. Tenía la garganta seca, el corazón en la tráquea.

Se sentó frente a mí, con las piernas abiertas a un ángulo calculado. Me tomó la mano y la puso sobre su muslo. La piel era suave, tibia, con un leve vello en la superficie que se erizó cuando le pasé la palma hacia arriba, más cerca del interior del muslo, más cerca de su sexo ya humedecido bajo el tejido de sus shorts.

—Hoy no hay nadie en casa —dijo, y en su voz no había miedo, sino deseo despiadado.

Le quité los shorts. No hubo vergüenza, solo una urgencia silenciosa. Su vagina era oscura, labios hinchados, el clítoris ya erecto y brillante por la excitación. Me miró mientras se frotaba suavemente con el pulgar, y entonces me pidió:

—Usa tu boca. Quiero saber cómo sabes.

Me arrodillé frente a ella. El olor a ella era dulce, ácido, natural. Separé sus labios con los dedos y le lamí el clítoris. Gimió, corto y agudo, y se agarrió a mis hombros. La seconda vez que lo hice, ya sabía dónde poner la lengua, cómo hacerla vibrar con el ritmo justo. Ella se movió sobre mi cara, con una entrega total, y cuando por fin se corrió, lo hizo con los ojos cerrados, la boca entreabierta, murmurando mi nombre como una plegaria.

—Ahora… —dijo, tirando de mi camiseta—. Quiero sentir tu polla.

Me desabroché el jeans. Mi pene ya estaba duro, pesado, listo. Ella se subió sobre mí, con las rodillas a cada lado de mis caderas, y se sentó sobre mí con un movimiento lento, suave, definitivo.

—Dime si esto es un error —dijo, mientras su vagina me envolvía, apretada, caliente.

—No —respondí, y la tiré contra mí, clavándole la lengua en la boca mientras la corría dentro, cada vez más fuerte, hasta que ambos nos vinimos al mismo tiempo, sudados, jadeantes, con el sabor del pecado aún en la boca.

Nunca lo hablamos después. Pero desde esa noche, cada vez que pasamos cerca el uno del otro, nos miramos como si aún estuviéramos en la terraza, con las sombras y el calor, y el silencio que no necesita palabras.

También en: Primera vezOralAnal

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@joaquin_noche

Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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