La primera vez que me acosté con mi compañera de trabajo, la morena de piel oscura que todos queríamos en la oficina
7 minLa primera vez que me acosté con mi compañera de trabajo, la morena de piel oscura que todos queríamos en la oficina
La primera vez que la vi en persona —no en el perfil de LinkedIn, sino allí, de pie junto a la cafetera del décimo piso, con esa taza blanca que le decía “soy nueva y no sé qué pedir”— sentí un calor en la entrepierna que no tenía justificación lógica. Se llamaba Valeria. 28 años, nacida en Guadalajara, piel morena profunda, casi cobriza, y ojos oscuros que parecían no parpadear nunca del todo. Tenía el pelo rizado, negro y denso, recogido en un moño torcido que parecía hecho con prisa, pero que le quedaba perfecto: como si el caos fuera parte de su encanto.
Nos tocó en un proyecto de marketing transversal. Ella venía de una agencia creativa, yo de una consultora. Dos mundos distintos, pero ambos obligados a entenderse en una sala de juntas que olía a plástico nuevo y café quemado. Al principio solo eran miradas fugaces: cuando me pasaba el bolígrafo, cuando cruzábamos un apunte en la mesa, cuando reíamos por algo que no era tan gracioso pero lo hacía por complacerla. Ella reía con la cabeza ligeramente inclinada, la boca entreabierta, los labios gruesos y húmedos.
Una tarde, después de quedarnos hasta tarde —el cliente pidió cambios al último minuto—, la encontré en el ascensor, sola. El resto del equipo ya había bajado. Ella se giró al oír el tono del dispositivo y me sonrió. No fue una sonrisa de cortesía. Fue una sonrisa de *sabía que estarías aquí*. Me miró de pies a cabeza, lento, como si ya me hubiera desvestido con la mente.
—¿Te apetece un café de verdad? —preguntó, y me pasó una mano por el antebrazo al pasar frente a mí—. El de la máquina se parece al agua de lavar trastes.
No respondí. Solo asentí. Y subimos a mi departamento, al que no había entrado nadie desde que lo dejé ordenado hace tres semanas. No por limpieza, sino porque no tenía ninguna razón para que alguien entrara. Hasta entonces.
En la cocina, mientras ella se servía un espresso en una taza negra que tenía guardada para emergencias («siempre tengo una taza negra para emergencias», dijo con una risita baja), me di cuenta de que no era solo atracción física. Había algo más: una tensión cargada, como si el aire entre nosotros hubiera estado acumulando electricidad desde el primer día.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó, y se sentó en el sillón bajo, cruzando las piernas con naturalidad. Me fijé en sus tobillos, estilizados, en los dedos que se movían dentro de las sandalias de cuero negro.
—No. Claro que no.
Se quitó uno, luego el otro. Y se estiró, como una gata que acaba de encontrar el lugar ideal para dormir. Sus pechos se movieron levemente con el estiramiento, bajo la camiseta ajustada de algodón. No era provocativo; era solo *ella*, cómoda, presente. Y eso fue lo que me volvió loco.
—¿Por qué no me cuentas qué es lo que te gusta de verdad? —dijo, mirándome directo, sin miedo—. Aquí no hay jefes, ni clientes, ni reuniones. Solo tú, yo y este café que probablemente nos va a mantener despiertos hasta mañana.
Me acerqué a la mesa baja, me senté frente a ella. No a un metro, sino a treinta centímetros. Lo suficiente para sentir su aliento, para ver la pequeña cicatriz que tenía en la ceja izquierda, para oler su perfume: vainilla, tabaco frío y algo más, algo que no pude nombrar.
—Me gusta que no te disculpes por ser buena en lo que haces —dije, y noté cómo su respiración se aceleró—. Que no te disculpas por tener opiniones firmes. Que no te disculpas por estar aquí, conmigo, ahora.
Ella no sonrió. Solo me miró, más fijamente, y con una mano se llevó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Y si te dijera que también me gusta verte? —susurró—. Que me gusta cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta.
Le tomé la mano. No la besé. Solo la apreté entre mis dedos, y sentí su pulso, rápido, contra el mío.
—¿Y si te digo que hace semanas que sueño con esto? —pregunté, y la palanca de la luz quedó en su lugar: la habitación se sumió en penumbra, solo con la luz de la calle entrando por la ventana.
Nos levantamos al mismo tiempo. No con prisa, pero sin pausas. Ella se acercó, y esta vez fui yo quien la tocó: pasé los dedos por su cuello, por la base de su mandíbula, por la curva de su mejilla. Me besó entonces, lento, con los ojos cerrados, con la boca abierta pero sin presión. Fue un beso de descubrimiento, no de necesidad.
Me aparté un instante para mirarla.
—¿Estás segura? —le pregunté.
Ella no dijo nada. Solo desabrochó el primer botón de mi camisa. Y luego el segundo. Me tomó la mano y me la puso sobre su pecho.
—Siente —dijo—. Si está segura.
Y estaba.
Me besó de nuevo, pero esta vez con más hambre. Me empujó contra la pared, y yo la sostuve por la cintura, con las manos bajo su camiseta, deslizándolas por su piel cálida, por la curva de sus riñones, por el borde de su sujetador. Era morena, sí, pero su piel no era solo oscura: era rica, sedosa, con un brillo natural que no necesitaba iluminación.
Le quité la camiseta. No había nada debajo. Solo su cuerpo, desnudo desde el inicio, como si hubiera estado esperando ese momento desde que salió de su casa. Sus pechos eran firmes, redondos, con pezones oscuros y hinchados. Se inclinó hacia mí y me besó el cuello, mordió suavemente, y yo sentí un calambre que me subió hasta la entrepierna.
Me desabroché el pantalón, sin quitarlo del todo. Saqué mi pene, duro, ya, y ella lo miró sin rubor, con curiosidad, con deseo. No lo toqué primero: fue ella quien colocó su mano sobre mí, con la palma cálida y seca, y lo acarició con lentitud.
—Tiene buena forma —dijo, y me sonrió—. Me gusta cómo se pone más grueso cuando te mira la entrepierra.
Me reí, nervioso. Ella se agachó un poco más, y con la lengua pasó por el glande, lento, húmedo. Me temblaron las rodillas.
—¿Quieres que te lo meta ya? —le pregunté, jadeante.
—Sí —dijo—. Pero primero quiero verte dentro de mí.
Me levantó la falda. No era falda, era una minifalda ajustada, y la bajó con una mano, junto con la tanga de encaje negro que llevaba debajo. Su vagina estaba a la vista: oscura, húmeda, con los labios ligeramente separados, como si ya me estuviera esperando.
Me puse frente a ella. La tomé de las caderas, la levanté con facilidad, y ella cruzó las piernas a mi alrededor. Me puse detrás de la puerta del baño, que estaba abierta. Le besé el cuello mientras me empujaba dentro de ella, con la punta primero, y luego, con un movimiento suave, todo el pene.
Me cogió fuerte. Tan fuerte que me dolieron los muslos. Su respiración se volvió entrecortada, y su cabeza se inclinó hacia atrás, mostrando su cuello, su garganta, su boca entreabierta.
—Sí… sí… más —murmuraba—. Así… así me gusta…
La movía despacio, al principio, para no romper el encanto. Pero ella me pidió más ritmo, más fuerza, y yo se la di. La empujaba con más ganas, sintiendo su cuerpo contra el mío, sus pechos rozando la puerta, sus gemidos cada vez más altos, más desesperados.
—Voy a venir… —le dije.
—Yo también —respondió—. No te detengas… no me detengas…
Y cuando lo hizo, fue con un grito ahogado, con los ojos cerrados, con la boca contra mi hombro. Yo la seguí, dentro de ella, con un último empujón profundo, y sentí cómo su interior me apretaba, me masajeaba, me hacía explotar con todo.
Me derrumbé sobre ella, jadeante, sudado, con el corazón a mil. Ella me abrazó, me besó la nuca, me susurró algo que no alcancé a entender, pero que sentí.
Después, nos sentamos en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta, ambos desnudos, sus piernas abiertas, mi pene aún dentro de ella. Ella se giró, me miró, y me pasó la mano por la barbilla.
—¿Otra vez? —preguntó.
—Sí —dije—. Pero esta vez
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