La primera vez que le mame el pito a mi vecina
6 minLa primera vez que le mame el pito a mi vecina
Fue un jueves lluvioso de mayo, el cielo parecía derramar todo lo que guardaba en la ciudad, y yo estaba atrapado en mi apartamento, con el aire acondicionado haciendo ruido de vieja nevera y el celular sin carga. A las 8:30 p.m., escuché un golpe suave en la puerta. No era el sonido de alguien esperando respuesta; era más bien un tanteo, como si quien estaba al otro lado temiera que lo escuchara el mundo. Abrí y ahí estaba ella: Daniela, mi vecina del piso de arriba, con la ropa mojada, el cabello pegado a la cara y los ojos más grandes de lo normal por el frío o por algo más.
—Disculpa… ¿te importa si me quedo un rato? —dijo, mordiéndose el labio inferior, esa costumbre que ya le conocía desde hacía meses—. Se fue la luz en todo el edificio y mi celular murió.
Claro que me importaba. Pero no se lo dije. Solo me aparté y dejé que entrara.
Ella se sentó en el sofá, se sacó los zapatos y se envolvió en la manta que colgaba del respaldo, una manta roja de lana que olía a lavandina y a mi. Ella se acurrucó como si fuera de la casa. Le serví un vaso de agua con hielo y me senté frente a ella, a un metro de distancia. No hablamos nada raro al principio. Solo cosas del tiempo, de que el vecino del fondo dejó la basura en la escalera, de que la línea del SENA se cayó de nuevo. Pero con el tiempo, la conversación se fue deslizando, como cuando el agua baja por una cuesta y de pronto se vuelve imparable.
—¿Nunca te he dicho lo bien que hueles? —me soltó, de golpe, sin mirarme.
Me quedé quieto. No por sorpresa, sino por la forma en que lo dijo: como si cada palabra hubiera sido preparada desde antes, como si llevase días ensayándola en voz baja frente al espejo. Me olfateó el cuello, como una gata curiosa, y cuando sus dedos rozaron mi muñeca, sentí un hormigueo que subió por el brazo y me subió hasta la entrepierna.
—Tú hueles a lluvia y a manzana —respondí, sin quitarle los ojos de encima.
Ella se levantó entonces. No con brusquedad, sino con una lentitud que lo decía todo: se deslizó la camiseta por encima de la cabeza, despacio, dejando al descubierto un sostén de encaje negro que apenas contenía lo que quería salir. No me apresuré. La dejé ver cómo la luz del teléfono que still me quedaba encendido iluminaba su piel, cómo las gotas de agua aún se deslizaban por sus hombros, por su cintura, por esa curva suave que tenían los riñones. Me paré cuando ella se quitó el sostén. No hubo vergüenza, ni timidez. Solo cuerpo, solo piel, solo calor.
—¿Tienes algo para tierra? —preguntó.
—Sí —dije—. Pero no lo necesitaremos.
Me acerqué, lentamente, hasta que pude sentir su respiración en la cara. Supe entonces que no iba a besarla. No al principio. Lo que quería era más lento, más profundo, más íntimo. Le pasé la mano por la espalda, sentí la curva de sus vértebras bajo la camiseta que aún le quedaba puesta, y la tiré hacia mí hasta que su vientre rozó el mío. Me besó entonces, con la boca un poco temblorosa, con los labios húmedos y fríos, pero con la lengua ya caliente. La besé como si no hubiera otra oportunidad, como si la lluvia nos hubiera borrado del mundo y solo quedáramos nosotros dos, encerrados en el olor a café viejo y a su perfume.
Me separé un poco, solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Ella no me pidió nada. Solo asintió, con una sonrisa que le temblaba en la punta de los labios. Me agaché entonces, despacio, y le desabrochó los pantalones, sin apuro, como si cada hebilla fuera un compromiso. Bajó la cremallera con cuidado, y yo tiré de los pantalones y la ropa interior hasta que sus piernas quedaron libres.
Allí estaba. Su vagina, ya húmeda, los labios ligeramente separados, como si estuviera esperando desde antes que la tocaran. Me arrodillé frente a ella, sin miedo, sin vergüenza. Le aparté el vello con el pulgar, dejando que sus dedos se entrelazaran con los míos, como si me diera fuerza. Me acerqué más, hasta que mi aliento rozó su clítoris, y entonces… lo hice.
Lo lamí.
No fue un mordisco, ni una succión fuerte. Fue un trazo suave, desde la base hasta la punta del clítoris, como si estuviera lamiendo un helado de vainilla que no quería derretirse. Ella soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniéndolo desde que entré a su vida. Me separé un poco para ver su cara: los ojos cerrados, la boca entreabierta, los labios temblando. Le besé el clítoris, con la lengua plana, y luego volví a lamir, esta vez con más presión, con más boca.
—Ay, dios… —susurró.
Entonces, le pasé la lengua por dentro, por los labios, por esa entrada ya húmeda y caliente. Cuando sentí que se estremecía más fuerte, comencé a chupar su clítoris con suavidad, como si le estuviera dando de comer. Lo escuché gemir, no alto, pero con un tono que me hizo sentir dueño de algo sagrado. Entonces, metí dos dedos, con cuidado, hasta que sentí su cuerpo arquearse, hasta que sus muslos se tensaron y su respiración se volvió entrecortada.
—No me jodas… —dijo, pero no con enojo. Con adicción.
Me separé. Le besé el clítoris, una última vez, y luego le pasé la lengua por el perineo, ese trozo de piel que parece invisible pero que ella me pidió con la mirada. Le lamí el culo, despacio, desde la base hasta la entrada, y ella se estremeció como si le hubieran dado un chuzo en la médula. Me volví a poner de rodillas, esta vez frente a su cara, y le tomé la mano.
—Dime si te detengo —le dije.
Ella solo me besó la frente.
Y entonces… la mame.
Fue como meterse a un río que ya conocías, pero con más profundidad de la que esperabas. Su vagina en mi boca, su olor en mis narinas, su piel en mis manos. La lamí, la chupé, la succioné, la hice temblar con cada movimiento, con cada lengüetazo, con cada chupón. Ella se llevó la mano al pelo, se agarró de los cojones, y cuando sentí que se acercaba, que su cuerpo se tensaba como un arco, le lamí el clítoris una vez, dos veces, y luego metí los tres dedos hondo, hasta que sentí su cuerpo estremecerse, hasta que la oí decir mi nombre como una plegaria.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
Lo sentí todo. Lo sentí en mi garganta, en mi pecho, en los ojos. Y cuando por fin se calmó, se deshizo en mis manos y en mi boca, me aparté lentamente, le limpié el clítoris con el dedo, y le besé la punta, como si fuera un último adiós.
—¿Quieres… que te mame el culo también? —le pregunté, entre risas.
Ella se echó a reír, con la cara roja, con los ojos brillantes, con el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una carrera.
—Mira que eres raro… —dijo—. Pero sí. Si tú quieres.
Y así, entre risas, con la lluvia golpeando la ventana y el mundo fuera de aquí muy lejos, terminamos de descubrirnos, sin prisa, sin miedo, solo con cuerpo y con ganas.
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