La primera vez que le cogí las nalgas a mi cuñada en la cocina

La primera vez que le cogí las nalgas a mi cuñada en la cocina

@el_anonimo ·29 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (36) · 13 lecturas · 4 min de lectura

Recuerdo el calor del verano de 2022. El aire acondicionado del piso de mi hermano andaba muerto desde hacía días y el sol castigaba con furia en la terraza. Yo estaba ahí, en la cocina, bebiendo un refresco que ya no tenía ni hielo, cuando ella llegó con la camiseta mojada del gym. Mi cuñada, Laura. Treinta y tantos, piel bronceada, pelo recogido en un chonguito deshecho y una sonrisa que siempre me ponía nervioso, aunque nunca le había dado motivo. Siempre fue amable, divertida, pero había algo en la forma en que me miraba —rápido, como si se mordiera la lengua— que me hacía sentir como un chavo de dieciséis años cuando se le acercaba a una morena.

Esa tarde no fue distinta. Me saludó con un “¡ay, mira quién está aquí, el hermanito del novio!” y se fue directo al refrigerador. Se agachó —y Dios, qué nalgas tenía—, redonditas, bien firmes, metidas en unos short de neopreno que parecían pintados encima. Yo no dije nada. Simplemente seguí con mi refresco, pero sentí la verga dura contra el pantalón corto. Me dije: *no mames, es tu cuñada*, y me tomé el resto de un trago.

Ella volvió con una botella de tequila artesanal que se había traído de Jalisco y dos vasitos pequeños.

—¿Me ayudas a preparar algo? —preguntó, con esa voz que ahora recuerdo como una caricia lenta—. Mi hermano está en el trabajo y tú estás aquí, aburrido.

—Sí, claro —respondí, con más voz de lo que quería.

Nos pusimos a picar jitomates, cebolla, chile. Ella se paró junto a mí, muy cerca, mientras yo pelaba un ajo. Su pecho rozó mi brazo. No me moví. Ella tampoco. Sentí su aliento en el cuello, fresco, a menta y sudor. Me giré un poco —solo un poco— y sus ojos se clavaron en los míos. Sin miedo. Sin vergüenza. Solo una chispa.

—¿Te gusta lo que ves? —susurró.

Me quedé quieto. El cuchillo casi se me cae. No respondí. Ella sonrió, lenta, y con el dedo índice pasó por el borde de mi labio superior. Me miró la entrepierna. Yo no lo negué. No me dio tiempo. Ella se acercó más, hasta que su vientre rozó el mío, y entonces puso sus manos en mis nalgas. Apretó. Con fuerza. Me di cuenta de que yo ya tenía las mías en las suyas. Ella no se asustó. Al contrario, se estremeció.

—Hace rato que quiero hacer esto —dijo, casi con una risa ahogada.

Nos besamos entonces, sin pausas, sin tregua. Su boca era suave, húmeda, con sabor a sal y tequila. Nos empujamos contra la encimera de mármol, que ya empezaba a calentarse con el sol que entraba por la ventana. Ella se subió, me abrió el pantalón, y sacó mi verga —ya dura, gorda, con gotitas en la punta—. Me miró, me la tomó con la mano, y me dijo:

—Mira cómo te pones cuando me tocas… ¿sabes qué me gusta? Que se sienta *pesada*.

Me pidió que me pusiera de espaldas. Yo la tomé por las caderas, sentí sus nalgas calientes contra mis manos, y la dejé montarse sobre mí, con calma, hasta que su coño se hundió por completo sobre mi verga. No dije nada. Solo la miré mientras se movía. Ella jadeaba, con los ojos cerrados, la cabeza atrás, los pechos rebotando con cada embestida. Me agarraba del cuello, no con fuerza, sino como quien se agarra de un clavo en medio de un terremoto.

—Dime qué sientes —me pidió, entre jadeos.

—Te siento… tuya —respondí, sin pensar.

Ella soltó una risita, pero fue más un grito sofocado. Se inclinó, me besó el pecho, y entonces se giró, se puso de cuclillas sobre mí, y me pidió que le cogiera las nalgas de nuevo. Y lo hice. Con las dos manos, apretando, hundiendo, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía con cada toque. Me la cogí. No la *follé*, la *cogí*. Como quien coge una cerveza fría en pleno julio: con urgencia, con ganas, con placer. Ella se movió más fuerte, más rápido, hasta que se descontroló, con un grito que no supo si quiso ser bajo o no, y yo la seguí, dentro de ella, hasta que sentí el calor de mi leche en lo más hondo.

Se derrumbó sobre mí, sudada, temblando, con la cara enterrada en mi cuello. No hablamos. Solo nos quedamos así, abrazados, con el sol ya bajando y el tequila a medio beber en la encimera. Yo sentí que había cruzado una línea, pero no me arrepentí. Solo supe, en ese momento, que esa noche no iba a ser la última.

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Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.

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