La primera vez que le chupé la verga a mi cuñada
7 minLa primera vez que le chupé la verga a mi cuñada
Recuerdo el calor del verano de hace dos años como si todavía me quemara la piel. Yo tenía veinticinco, recién salido de la universidad, viviendo con mi hermano y su esposa —sí, mi cuñada— en el depto que compraron cuando se casaron. Era el momento perfecto para que algo pasara: calor, soledad, la casa vacía mientras mi hermano trabajaba turnos de noche en el hospital, y ella, Ana, con ese cuerpo que parecía hecho a propósito para hacerme perder el juicio.
Ella era alta, de piernas largas, caderas anchas y pechos que se movían con una gravedad propia cuando caminaba. Tenía el pelo negro, castigado en una cola baja, y ojos café oscuro que siempre me miraban como si supiera algo que yo no. Yo, en cambio, seguía siendo el “hermano pequeño”, el que jugaba videojuegos en el sofá mientras ella servía cervezas y chismorreaba. Al menos eso creía yo.
Todo empezó una noche de viernes, después de que mi hermano tuvo que salir de emergencia por un accidente en el hospital. Ana me llamó para decir que no iba a salir, que se quedaría a ver una peli y que si quería unirme… “No te preocupes, no va a ser aburrido”. Su voz sonaba distinta: más lenta, más cálida.
—¿Vienes o qué? —me dijo cuando abrí la puerta, con una playera de algodón que le quedaba pequeña y dejaba ver la curva de sus espalda y la base de sus nalgas. No usaba nada debajo. Lo noté por la forma en que la tela se pegaba y por el leve resplandor que hacía en la luz tenue del living.
—Sí —le dije, y sentí la boca seca—. Pero no tengo peli.
—Pues la ponemos después —sonrió, y esa sonrisa no era de hermana ni de cuñada. Era de mujer.
Nos sentamos en el sofá, a un metro de distancia, como si hubiera un muro invisible. Ella se recostó, cruzó las piernas y pidió que le pusiera más fría la cerveza. Yo fui a la cocina, me serví una también, y mientras esperaba en el micro, me di cuenta de que no me había quitado la camiseta desde las once de la mañana. El sudor me pegaba la tela al pecho. Volví con dos latas abiertas, una para ella, otra para mí.
—Gracias, tomy —me llamó con el apodo que me puso desde que teníamos quince—. ¿Todavía te pones nervioso cuando me ves?
—No —mentí.
Ella se rió, una risa baja, de garganta, y se llevó la lata a los labios. El hielo tintineó. Me miró fijamente mientras bebía, y yo sentí cómo se me aceleraba el pulso en las muñecas.
—Tú sí —dijo, y se limpió la boca con el dorso de la mano.— Siempre me miras la cintura cuando me levanto.
Yo no sabía qué decir. Asentí, como idiota. Ella se acercó un poco más, y el olor a loción de vainilla y sudor suave me golpeó como una bofetada.
—¿Y si nos quitáramos esto? —dijo, y se levantó de golpe.
Yo me quedé quieto, como congelado. Ella fue al cuarto y salió con una toalla enrollada. Se la quitó con un movimiento fluido y se envolvió en una bata de ducha, que dejó abierta por delante. No llevaba nada debajo. Ya no.
—Estoy sudada —dijo, y se sentó entre mis piernas, con la espalda apoyada en mi pecho—. ¿Me la pasas la cerveza?
Yo le pasé la lata, pero mis dedos se rozaron con los suyos, y ella no la soltó. Me miró por encima del hombro, con los labios entreabiertos, la respiración cortada.
—Tú también estás sudado —susurró.
Y entonces me pasó algo que no esperaba: ella me tomó la mano y me la puso sobre su muslo.
—Siente —me dijo.
La piel estaba tibia, sedosa, con una humedad ligera. Sentí el calor subirme por el brazo. Me incliné, la nariz rozó su cuello, y exhale su perfume. Ella gimió. Un sonido pequeño, casi inaudible, pero que me hizo temblar las rodillas.
—¿Tomas? —me preguntó, y me volvió a mirar, pero esta vez no hubo duda en sus ojos.
Yo asentí.
Fue ella quien me dio la orden.
—Tú no me tocas si no me lo pido —dijo—. Pero yo sí puedo tocarte a ti.
Me desabrochó el cinturón con una mano, y con la otra me agarró la verga por encima del pantalón. La sentí palpitando, dura ya, como si hubiera estado esperando esto desde siempre.
—Estás grande —dijo, y soltó una risita nerviosa—. Como la primera vez que me tocaste el culo en el baile de graduación.
Yo no recordaba eso. Pero sí recordaba lo que sentí entonces: una descarga eléctrica.
Ella se puso de pie, me desabotonó el pantalón y me lo bajó hasta las rodillas. Yo me quedé parado, medio desnudo, con el pene tieso, la punta brillante por el pre-cum que ya me salía solo de verla mirarme así.
—No me mires —le dije.
—Yo sí te miro —dijo—. Te miro y me gusta lo que veo.
Se arrodilló frente a mí, con las manos en mis muslos, y me levantó la verga con la palma. La sostuvo, la rozó con el pulgar, y luego me miró a los ojos mientras se lamer los labios.
—¿Te importa si te chupo? —preguntó.
—No —susurré—. Por favor…
Ella sonrió, y entonces se inclinó.
Su boca no fue suave al principio. Fue fuerte, húmeda, con una urgencia que me hizo temblar. Me tomó la base con la mano y la punta con los labios, y me chupó como si nunca hubiera hecho eso antes. Porque no lo había hecho. Lo sentí en el modo en que lo hacía: con curiosidad, con miedo, pero con deseo puro.
Se la metió poco a poco, primero solo la punta, luego más, hasta que su nariz rozó mi vello púbico. Me puse los dedos en el pelo, pero ella los apartó con suavidad.
—Tú no me tocas —repitió—. Yo te mando aquí.
Me costó respirar. Me obligué a mantener las manos quietas, a apretar los puños contra mis muslos. Ella me tomó con más confianza ahora, la lengua trazaba círculos en el glande, y cada vez que la sacaba, lo hacía con un sonido húmedo que me hacía cerrar los ojos.
—Tú eres el que me pide ayuda —dijo, y me miró fijamente mientras me chupaba de nuevo—. El que me dice que sí.
Y entonces me dio algo que no esperaba: con la mano libre, se frotó su clítoris, ya húmedo, ya encendido. Me lo mostró. Me lo ofreció.
—Mírame mientras te chupo —me pidió—. Mientras me chupo y me toco.
Yo la miré. La vi con los ojos cerrados, la boca abierta, la lengua enrollada en mi verga, la mano moviéndose rápido sobre su themselves. Sentí que me acercaba al borde.
—Ana… —le dije.
—Sí —respondió—. Sí, Tomas.
Le saqué la verga de la boca, y ella se limpió con el dorso de la mano, sin apartar la mirada. Me puse de pie, la tomé de la cintura y la senté en el sofá. Me incliné, le abrí la bata, y vi su vagina, ya brillante, con los labios hinchados, esperándome.
Me deslicé entre sus piernas, la verga en su lugar, y la empujé suavemente. Ella soltó un gemido agudo, como si le doliera un poco, pero también como si le encantara.
—Más —me pidió—. Cuanto más, mejor.
Y yo comencé a moverme. Lento al principio, para que se acostumbrara, y luego con más fuerza, con más ganas. Ella se agarró a mis brazos, me mordió el hombro cuando se acercaba al borde, y me susurró al oído:
—Tú eres el primero. Y yo te voy a dejar marcado.
Yo no la creí. Pero cuando llegamos juntos, cuando sentí su vagina apretándome, cuando ella gritó mi nombre como si fuera una oración, supe que sí.
La besé entonces, por primera vez. Con su sabor a mí, a sal y a deseo.
—¿No te dije? —me susurró—. Te dejé marcado.
Y yo supe que esa noche no fue solo la primera vez que le chupé la verga.
Fue la primera vez que me cogí a una mujer de verdad.
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.