La primera vez que la toqué entre los hombros
7 minLa primera vez que la toqué entre los hombros
Nunca supe si fue el viento o si ella lo hizo a propósito, pero esa tarde, cuando entré al departamento 3B con una caja de libros que había heredado de mi abuela, la puerta se abrió justo cuando yo iba a tocar el timbre. Ella estaba allí, con el pelo suelto, una camiseta blanca un poco grande que le quedaba como un segundo piel, y una taza de café humeante en la mano. Me sonrió, y no fue una sonrisa cualquiera: fue una sonrisa de alguien que ya me había visto antes, aunque sabíamos que aquella era la primera vez.
—Hola —dije, un poco aturdido por el golpe de aire frío que entró con ella—. Soy el nuevo vecino. El del piso de arriba.
—Sí, ya te vi desde la ventana —respondió, y me miró directo a los ojos, sin titubear—. Te vi subir con la guitarra.
—¿Te interesa la música?
—Me encanta —dijo—. Pero no toco.
—¿Nunca?
—Nunca. Pero escucho como si tuviera que aprender de memoria cada nota.
Se llamaba Lucía. Lo supe porque leí su nombre en el buzón de correos del pasillo: *Lucía R.* En letras pequeñas, casi tímidas. Esa noche, mientras desempacaba, no pude dejar de pensar en su mirada: clara, sin mácula, pero con algo oculto, como si llevase dentro un río subterráneo que solo alguien muy cerca podría ver brotar.
Dos días después, volví a verla. Estaba en el balcón, sentada en una silla de madera, con las piernas cruzadas y una revista abierta sobre las rodillas. El sol de mediados de julio le doraba los hombros desnudos. Llevaba una camiseta fina, y el tejido se pegaba levemente a la piel cuando el viento la levantaba. Yo tenía una botella de vino tinto en la mano, una excusa más que real. Me costó un minuto entero dar tres pasos hacia la escalera que conectaba ambos balcones.
—¿Te importa que me una a tu merienda?
Se giró lentamente, sin prisa, como si supiera que yo llegaría. Me miró la botella.
—Si el vino es tan bueno como tu presencia, sí me importa.
Reí, y ella también. Pero no fue una risa ligera: fue una risa que empezó en el pecho y terminó en la garganta, una risa que me hizo sentir que había cruzado una frontera invisible.
Subí la escalera, y ella se hizo a un lado para dejarme espacio. Nos sentamos frente a frente, con la mesa baja entre nosotros. Ella se sirvió primero, y cuando levantó la copa, sus dedos rozaron los míos por accidente. Fue un roce tan breve que casi no lo noté… pero sí lo sentí. Como una descarga suave, como cuando el cuerpo reconoce algo que el cerebro aún no entiende.
—¿Por qué vivías solo? —preguntó, tomando un sorbo.
—No es que viviera solo —dije—. Es que nadie se quedó.
—¿Nadie?
—Mi abuela. El resto ya no están.
Asintió, y bajó la vista un segundo. Cuando la volvió a levantar, su expresión había cambiado. Ya no era solo curiosidad: era atención plena. Como si yo fuera un libro que acababa de descubrir y quería leerlo con calma, sin saltarse ni una coma.
—¿Y por qué no te mudaste a otro lugar?
—Porque este departamento tiene luz buena. Y la escalera de los vecinos es baja —dije, mirándola—. Aunque la verdad es que vine por la guitarra. La abuela decía que aquí se escuchaba mejor.
Ella se inclinó un poco hacia adelante, como queriendo escuchar mejor. Y entonces me di cuenta de algo: no solo me miraba con interés, sino con un tipo de atención que yo no había recibido en mucho tiempo. No era cariño ni afecto: era deseo. Pequeño, silencioso, contenido, pero ahí, latiendo como un segundo corazón bajo su piel.
—¿Puedo tocar algo? —pregunté.
—Claro —dijo—. Pero no me cuentes qué es. Solo déjame escuchar.
Tocé una melodía antigua que aprendí con mi abuela: sencilla, lenta, con acordes que se deshacían en el aire como humo. Mientras jugaba con las cuerdas, no la miré directamente. Pero sentí su respiración cambiar. Se volvió un poco más rítmica, más profunda. Y entonces, sin que yo lo esperara, ella se puso de pie y se sentó al lado mío, en el mismo borde de la silla, con las rodillas tocando las mías.
—¿Te importa si apoyo la cabeza en tu hombro? —preguntó.
—No —dije—. Claro que no.
Apoyó la cabeza suavemente, como si temiera que el peso la delatara. Pero no había vergüenza en ese gesto, solo confianza. Sentí su cabello en mi brazo, su respiración en mi cuello, y luego, lentamente, su mano derecha se deslizó por mi muslo, como si estuviera buscando algo que ya sabía que estaba ahí.
No hablamos más. No hacía falta. Todo lo que habíamos dicho hasta entonces había sido solo el preámbulo. Lo verdadero empezó cuando ella movió la cabeza un poco y puso su oreja contra mi pecho, como si quisiera escuchar el latido que yo ya sentía acelerarse.
—¿Sabes qué me gusta de tu música? —dijo, casi en un susurro—. Que no tiene miedo de los silencios.
Levanté la mano y le acaricié la nuca. Su piel estaba tibia, suave. Me di cuenta de que tenía los dedos temblando. No era nerviosismo. Era anticipación. Como cuando uno está a punto de entrar en una habitación oscura y sabe que, al encender la luz, todo va a cambiar.
—¿Puedo besarte? —pregunté.
Ella no respondió con palabras. Solo giró la cabeza, me miró con los ojos entrecerrados, y asintió una vez, lento, como si cada movimiento fuera un juramento.
Nos besamos como si no hubiésemos tenido otro antecedente. Su boca era cálida, húmeda, con un sabor a café y sal. No era un beso apasionado al principio, sino explorador. Como si ambas lenguas estuvieran aprendiendo el mapa del otro. Ella abrió un poco más la boca, y yo respondí con la misma lentitud, con la misma certeza. Cuando separé la cabeza para respirar, ella no me dejó ir. Me agarró del mentón con la mano izquierda y me obligó a volver.
—No te detengas —murmuró.
Me levanté y la tomé de la mano. No con urgencia, pero con determinación. Subimos las escaleras que conectaban nuestros balcones, entré a su departamento, y cerré la puerta detrás de mí.
El interior era minimalista, pero con detalles que hablaban de alguien que se cuidaba: una manta bordada en el sofá, fotos en marcos pequeños, un espejo redondo colgado de la pared con una luz cálida que lo hacía parecer un altar. Ella se descalzó y se sentó en el borde de su cama, con las manos en las rodillas, esperándome.
—Quiero verte —dije—. Sin prisa.
Me acerqué y le desabroché la camiseta, botón a botón, como si cada uno fuera un acorde. Cuando la tela se abrió, no se ruborizó. Solo me miró, con los pechos pequeños pero firmes, los pezones oscuros y hinchados, como si ya los estuviera sintiendo. Le pasé las manos por los costados, bajé los pulgares por sus pezones, y ella soltó un suspiro que empezó en lo más profundo.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí —dijo—. Sólo no te detengas.
Me quitó la camiseta, y entonces fue mi turno de sentarme. Ella se puso de rodillas frente a mí, sin prisa, sin timidez, y me desabrochó el pantalón. Cuando sacó mi pene, lo sostuvo con la palma, mirándolo como si fuera algo sagrado.
—Huele a ti —dijo—. A madera y a lluvia.
Me tocó con la yema de los dedos, lentamente, desde la base hasta la punta, y luego lo rodeó con la mano entera. No fue rápido. No fue insistente. Fue una caricia que parecía una oración. Cuando me vi a punto de explotar, le dije:
—Quiero estar dentro de ti.
Ella asintió y se levantó. Me quitó los pantalones y la ropa interior, y se sentó sobre la cama, con las piernas abiertas. Me señaló su entrepierna, donde ya se veía húmeda, donde el vello era oscuro y suave, donde su vagina se abría como una flor al amanecer.
Me acerqué y la besé en el cuello, en el hombro, en la oreja, y luego bajé hasta sus pechos, que sabían a miel y a ella. Con la lengua, tracé círculos alrededor de sus pezones, y ella jadeó, arqueó la espalda, y me metió las manos en el pelo.
—Ahora —dijo.
Me posicioné entre sus piernas, empujé suavemente, y entré. Fue un calor inmediato, una tightness perfecta, como si mi cuerpo hubiera estado buscando ese espacio toda la vida. Ella
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