La primera vez que la dueña me obligó a arrodillarme

La primera vez que la dueña me obligó a arrodillarme

@paula_invierno ·27 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (40) · 11 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del loft cuando entré, con el corazón en la garganta y las manos temblorosas dentro de los bolsillos del abrigo. No era la primera vez que iba a ese lugar —había pasado por delante del portón de hierro forjado tres veces antes—, pero sí la primera vez que accedía. Ella me lo había exigido. Con una sola frase, escrita a las 2:17 a.m. en un mensaje que no me permitía respuesta: *“Mañana, 7 p.m. Trae tus rodillas. Y no las cubras.”*

Lucía me esperaba en el centro de la sala, descalza sobre un tapete de lana negra. Llevaba una bata de seda color vino, abierta por delante, dejando ver la curva de sus caderas, la suavidad de su vientre y la línea oscura que descendía hacia su entrepierna. No usaba ropa interior. Sus pechos, grandes y firmes, se movían apenas con la respiración, como si fueran parte del mismo aire que nos rodeaba. Tenía el cabello recogido en un nudo bajo la nuca, algunas hebras sueltas pegadas a las sienes por la humedad de la noche.

—Date vuelta —dijo, sin voz de súplica ni de orden, pero con un tono que no admitía desafío.

Hice lo que me pedía. Sentí el frío del mármol bajo los pies al avanzar. No me atreví a mirarla directamente, pero sí noté su presencia: la sombra que se proyectaba sobre la pared, el olor a vainilla y humo que la acompañaba, el leve crujido de la seda al moverse.

—Levántate —ordenó, cuando ya estaba frente a ella.

Me incorporé. Ella dio un paso hacia atrás, me señaló con un dedo el suelo, justo frente a sus pies descalzos.

—Arrodíllate.

El piso estaba frío. Los huesos de mis rodillas sintieron la dureza del mármol como una advertencia física. Me incliné, apoyando las manos sobre los muslos, con la cabeza baja. No me había dicho si podía mirarla. Así que no lo hice. Solo escuché el sonido de sus pasos al moverse, el susurro de la bata al rozar su piel, el tacto de sus dedos al deshacer el nudo del cabello y soltarlo, dejando que las hebras le cayeran en cascada sobre los hombros.

—Mira —dijo.

Levanté los ojos. Ella se había inclinado un poco, lo suficiente para que la luz del farol del jardín iluminara su rostro con suavidad. Tenía los ojos oscuros, intensos, como si no necesitasen más luz que la que yo le entregaba con mi obediencia.

—Sé que no has hecho esto antes —murmuró—. Pero no tienes que ser perfecto. Solo necesito que estés presente.

Me tendió la mano. No para ayudarme. La colocó sobre mi cabeza, con la palma hacia abajo, como una marca, como una bendición. Sentí su calor, el peso de su control, y algo dentro de mí se derritió: no por miedo, sino por confianza. Una confianza que nacía precisamente del hecho de que ella me había elegido para esto, para ser su objeto por un momento.

—Levántate —repitió.

Lo hice. Me mantenía firme, aunque las piernas aún temblaban. Ella me tomó de la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarla fijamente.

—Quiero que te desvanes. Lento. Que sientas cada botón, cada cremallera, cada tela que se separa de tu piel. Y cuando estés desnudo, te arrodillarás otra vez. Pero esta vez, con las manos detrás de la espalda.

No pregunté por qué. Solo asentí.

Me desvestí con calma, como si fuera un ritual. Cada prenda se iba con lentitud, como si la ropa no quisiera soltarme. Cuando quedé frente a ella, desnudo, sentí la rigidez del pene, no por deseo, sino por la tensión de la expectativa. Ella me recorrió con la mirada, de pies a cabeza, sin prisa, sin sonreír.

—Eres hermoso así —dijo, y eso me hizo sentir más vulnerable que cualquier palabra.

Me arrodillé de nuevo. Las manos tras la espalda, atadas con una cinta de seda que sacó de un cajón de la mesa lateral. No era una cuerda, no era una violencia, sino un símbolo. Una promesa de que ella tenía el poder de soltarme, de detenerme, de dejarme ir cuando quisiera.

—Abre las piernas —ordenó.

Lo hice. Ella se arrodilló frente a mí, ahora al mismo nivel. Con una sola mano, me separó los testículos y bajó la cabeza. Su aliento me quemó en la base del pene. Sentí el rozamiento de sus labios, su lengua tibia que lamió lentamente el glande, como si lo saboreara, como si lo estuviera evaluando. No me atreví a moverme. Ni siquiera respirar.

—Dime cómo te sientes —murmuró, sin apartar los ojos de mí.

—Como si estuviera flotando… y cayendo al mismo tiempo —respondí, con voz rota.

Ella sonrió, por primera vez. No fue una sonrisa de victoria, sino de complicidad.

—Bien. Ahora, quiero que me tomes. No con las manos. Con la boca.

Se inclinó hacia atrás, abriendo la bata. Me mostró su vagina, húmeda ya, los labios abiertos, oscuros y brillantes. No era una invitación; era una orden. La miré. Ella me devolvió la mirada, sin piedad, sin piedad ninguna.

Me acerqué.

La primera vez que lamí, no supe qué hacer. Pero ella no me corrigió. Solo me tomó de la nuca y me empujó con suavidad hacia ella, guiándome, enseñándome con el movimiento de su cuerpo. Lamió mi lengua con la suya, mientras yo me dejaba llevar, mientras su mano se deslizaba por mi espalda, por mis glúteos, mientras yo sentía su olor, su sabor, la humedad que no era solo la mía.

—Ahora —dijo, separándose—. Quiero que me cojas.

Me puse de pie. Ella se quitó la bata, dejando al descubierto su cuerpo entero. Me tendió una mano.

—Tú vas a decidir la postura.

No dudé. La tomé de la cintura, la giré, la incliné sobre el borde de la mesa baja de cristal. Sentí su cuerpo firme, el peso de sus pechos apoyados en la superficie, el pomo de su espina dorsal marcado bajo la piel. Le separé las nalgas con las manos, le acaricié la entrada con la punta del pene, esperando su señal.

—Sí —susurró—. Mete todo lo que tienes.

Entré. Lento. Profundo. Sentí sus músculos contraerse a mi alrededor, el calor que me envolvió como un abrazo de fuego. Ella no gimió. Solo soltó un suspiro, largo y húmedo, como si por fin hubiera exhalado algo que había cargado mucho tiempo.

La agarré fuerte de las caderas, y empecé a moverme. No con furia, sino con intención. Cada empuje era una promesa: la promesa de que ella era la dueña, y yo, su fiel servidor. Cada golpe contra su cuerpo era una oración silenciosa. Me incliné sobre ella, le mordí la nuca con suavidad, y sentí cómo su vagina se cerraba alrededor de mí, como si me estuviera suplicando que no parara.

—Sí —dijo—. Dime lo que quieres.

—Quiero venerte dentro de ti —respondí, sin aliento—. Quiero que sientas mi semilla.

Ella giró la cabeza, me miró con los ojos cerrados, y asintió. Entonces, con un movimiento brusco, me puso las manos sobre las suyas, y me obligó a tocarla: sus pechos, su clítoris, el lugar donde nuestras cuerpos se unían.

—Ven —susurró—. Ven aquí, donde yo te quiero.

No me contuve más. Sentí el nudo en la base del pene, el calor subiendo, la tensión que no podía sostener. Le apreté las caderas, le clavé las uñas en la piel, y empujé hasta el fondo, mientras ella gritaba mi nombre por primera vez.

Se estremeció antes que yo. Y cuando yo llegué, cuando el torrente de mi cuerpo se desbordó dentro de ella, sentí que también yo me deshacía, que me vaciaba en su interior, como si mi alma hubiera encontrado su lugar.

Se quedó callada. Solo respiraba. Yo, aún dentro de ella, con las manos temblorosas sobre sus caderas.

—Puedes soltarme —dijo, sin girarse.

La cinta se aflojó sola. Me puse de pie, con las piernas temblorosas, y la vi levantarse lentamente, como si fuera una reina que se pone de pie tras una audiencia. Se limpió con una servilleta de tela, sin vergüenza, sin prisa.

—Mañana —dijo, mientras recogía la bata—, vuelve.

No pregunté cuándo. Solo asentí.

—No por lo que hicimos hoy —añadió, con una sonrisa—. Por lo que vamos a hacer mañana.

Me vestí en silencio. Cuando salí del

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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.

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