La primera vez que ella me pidió que le cogiera por el culo

La primera vez que ella me pidió que le cogiera por el culo

@sombra ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La luz del semáforo en la esquina de Insurgentes y Reforma se puso roja y el coche frenó suavemente, casi imperceptible para quien no conociera el ritmo de la ciudad. Mariana, con su blusa blanca abotonada hasta arriba y el cabello recogido en un chongo desordenado, miraba fijamente el frente pero su respiración ya era distinta, más agitada. Sí, él era negro. Sí, él era más alto, más musculoso, con hombros anchos que se notaban aunque estuviera sentado. Y sí, había algo en la forma en que él la miraba cuando bajó del metro la semana pasada —esa mirada que no pedía permiso pero tampoco la asustaba— que la había mantenido despierta tres noches seguidas.

—¿Tú crees que la gente se fije en nosotros? —preguntó ella, sin voltear, con la voz un poco más baja de lo normal—. Me refiero… cuando caminamos juntos. En la calle.

Alejandro, a su lado, sonrió con la comisura derecha, esa que siempre le hacía parecer un poco travieso, pero no mala onda. Tenía la piel morena oscura, casi cobriza bajo el resplandor de las farolas, y una barba bien cuidada que le marcaba la mandíbula como una hoja afilada. Sus ojos, negros y profundos, no parpadeaban cuando la miraba. —La gente fija en todo lo que le da curiosidad —respondió, sin prisa—. Pero lo que le interesa de verdad… eso lo guarda para después. Ella le lanzó una mirada fugaz. Le gustaba cómo hablaba. Con calma, como si cada palabra tuviera peso, como si estuviera decidiendo si decirla o no. No como esos tíos que chingaban el aire solo para sonar interesantes.

Fue ella quien lo invitó a subir. No fue una invitación casual, ni un “pásate si quieres”, sino algo claro: “Si tú también sientes lo que yo siento, ven”. Y él no se hizo de rogar. Solo asintió, como si ya lo supiera, como si hubiera estado esperando esa señal desde el primer día que la vio caminar por el parque con ese vestido amarillo que le quedaba estrecho en las caderas.

Subieron en ascensor. Ella presionó el botón del décimo piso con un dedo que temblaba apenas. Él no tocó su brazo, ni le susurró nada al oído. Solo se paró detrás de ella, lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor de su pecho, el olor a tabaco suave y café recién hecho, y algo más, algo terroso y caliente, como tierra mojada después de la lluvia. —¿Estás segura? —le preguntó, por primera vez con voz más baja, casi un murmullo.

Ella giró la cabeza, y sus labios quedaron a menos de dos dedos de los suyos. —No seas estúpido —dijo, y le dio un beso corto, rápido, como para probar si el sabor era real—. Si no estuviera segura, no te hubiera dejado subir.

La puerta se abrió con un *clink* metálico y ella entró primero, dejando las llaves sobre la mesa de entrada. La luz de la calle entraba por la ventana grande, pintando una línea dorada en el piso de madera. El apartamento era minimalista, limpio, con cojines negros en el sofá y una planta de mimbre en la esquina. Pero no importaba el lugar. Lo único que importaba era que estaban solos.

Él se quitó la chaqueta con lentitud, colgó la camisa sobre el respaldo de la silla, y se quedó con la playera negra que le pegaba al pecho, mojada por el calor del metro. Se acercó a ella, pero no la tocó. Solo la observó, con las manos a los lados, como si estuviera aprendiéndose su cuerpo de memoria.

—Tienes las manos frías —dijo él, y ella asintió—. Pero tu piel… es como fuego.

Se acercó despacio, con los ojos bajos, como si la estuviera desvistiendo con la mirada. Le pasó los dedos por la nuca, con cuidado, como si temiera que se rompiera. Y luego la besó. No como en el ascensor, rápido y prueba, sino con profundidad, con hambre. Le metió la lengua en la boca, lento al principio, como para darle tiempo a acostumbrarse, pero luego con más fuerza, como si no pudiera contenerse. Ella le sujetó las nalgas con ambas manos, apretando, jalando hacia ella, y él gimió entre dientes, un sonido grave, gutural, que le subió la piel de gallina hasta la nuca.

Lo empujó hacia el sofá. Ella se sentó primero, cruzó una pierna sobre la otra, y lo miró de arriba abajo. —Quiero verte —dijo—. Ver cómo me coges.

Él se arrodilló frente a ella, sin romper el contacto visual. Le desabrochó la blusa, un botón tras otro, despacio, como si cada uno fuera un secreto que debía desvelar con cuidado. Bajó la cremallera del pantalón con el dedo índice, tiró suavemente, y dejó que el tejido cayera hasta sus muslos. Ella no llevaba bragas. Solo una tanga de encaje negro, que le marcaba el culo como una promesa.

—Maldita… —murmuró él, con la voz rota.

Se inclinó, le besó el ombligo, luego el borde del encaje, y finalmente le metió la lengua entre los pliegues. Ella se arqueó, soltó un gemido que sonó como un suspiro roto. Él le separó las nalgas con ambas manos y le rozó el ano con la punta de la lengua, una, dos veces, antes de meterla dentro, lento, como si estuviera probando su sabor, como si quisiera saborearla toda.

—¿Está bien? —preguntó, sin levantar la vista.

—Sí… sí —dijo ella, jadeando—. Pero yo quiero más.

Él se levantó, se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y la ropa interior hasta las rodillas. Su verga estaba dura, negra en la punta, hinchada, con los vasos sanguíneos marcados como raíces bajo la piel. Se puso en cuclillas frente a ella y le pidió con la mirada que se acostara.

Lo hizo. Se acostó de espaldas, con las piernas abiertas, las manos sobre su pecho. Él se lubricó con la saliva que ella le había dejado en los dedos y se frotó la verga contra su clítoris, una, dos veces, hasta que ella gimió, pidiendo más.

—Quiero que me la metas —susurró—. Ya.

Él se colocó entre sus piernas, la empujó con la punta de su verga contra su entrada, y la empujó dentro, poco a poco. Ella soltó un grito contenido, con los dientes apretados, los ojos cerrados, las uñas clavadas en sus hombros. Él se detuvo, respirando fuerte, con el sudor en la frente y el corazón latiendo como si quisiera salirle del pecho.

—¿Te duele? —No —mintió ella—. Sigue.

Él la miró, y en esa mirada había todo: respeto, deseo, ternura y fuego. Empezó a moverse, lento, pausado, como si cada empuje fuera un beso. Ella lo sujetó por la cintura, lo jalaba hacia sí, pidiéndole más. Él cambió el ritmo, más fuerte, más rápido, y ella soltó un gemido que sonó como una oración rota.

—Alejandro… —lo llamó, con voz rota—. Cógeme… cógeme como quieres.

Él se inclinó, le mordió la oreja, le chupó el cuello, y le metió una mano entre las nalgas, buscando su ano con el dedo. Le rozó el anillo, lo estiró con cuidado, y luego metió el segundo dedo, abriendola despacio. Ella se estremeció, arqueó la espalda, y él aprovechó para empujar la verga más adentro, hasta el fondo, hasta sentir que la tenía toda.

—Maldita… —repitió, esta vez con más fuerza.

Ella se giró ligeramente, pidiendo más, y él la dejó. Le metió las dos manos en las caderas y empezó a cogerla con fuerza, con ganas, como si no quisiera que se acabara nunca. Ella gritó su nombre, y él la besó mientras su cuerpo se sacudía con el orgasmo, mientras su verga palpitaba dentro de ella, como un corazón que se había encontrado con otro.

Cuando todo terminó, se derramaron juntos sobre el sofá, sudados, sin fuerzas, con las piernas entrelazadas y el aliento entrecortado. Él le limpió el sudor de la frente con el pulgar, y ella le sonrió, agotada, pero feliz.

—¿Te arrepientes? —preguntó él.

—No —dijo ella, y le besó la frente—. Solo quiero que vuelvas a meterme esa verga… cuando me la pida.

Él se rió, bajo y grave, y la abrazó con fuerza, como si temiera que desapareciera. Fuera, la ciudad seguía vibrando

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