La primera vez que el vecino subió a mi departamento

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 4.8 (9) · 305 lecturas · 10 min de lectura

La lluvia empezó a las ocho y media, cuando ya la ciudad se había desinflado como un globo hueco tras el rush hour. Gotas gruesas golpeaban el cristal del balcón del departamento 3B, el de la tercera planta del edificio La Esperanza, en la colonia Roma Norte. Adriana —mujer de treinta y dos, peinado en nudo bajo, blusa de seda color café claro y calcetines de lana porque el frío se colaba por las grietas del viejo edificio— se acercó a mirar cómo se emborronaban las luces de la avenida Insurgentes.

Era viernes. El primer viernes de junio. Y también el primer viernes en que el nuevo vecino del 3A —un tal Mateo, según el buzón pintado con aerógrafo verde— no había estado en su terraza a las siete en punto, fumando su cigarro y escuchando música que Adriana jamás logró identificar, pero que imaginaba jazz oscuro, de esos que se beben con lento.

El lunes anterior, Mateo había bajado a recoger el paquete de internet que Adriana había dejado en el buzón compartido por error. Él, alto, de hombros anchos y manos grandes, con una sonrisa que no se le iba de encima aunque fuera una sonrisa tímida, había devuelto el paquete con una disculpa que sonaba más a coqueteo que a cortesía. «Oye, perdón, no quería meterte ruido», había dicho, y la había mirado a los ojos un segundo de más, con una leve inclinación de cabeza, como si ya supiera algo de ella. Ella había asentido, sonreído, y cuando él subió de nuevo, se dio cuenta de que no le había preguntado su nombre.

Hoy, sin embargo, Mateo no estaba en su terraza. Tampoco en la escalera, donde a veces se fumaba un cigarro a mitad de subida, apoyado en el barandal con los codos. Adriana lo vio cuando bajó a recoger el correo: lo había cruzado en la entrada del edificio, con una mochila de lona negra, gorra de beisbolista y dos bolsas de comida china en una mano.

—¿Te pasaste de pedir, no? —le preguntó él, antes de que ella pudiera saludarlo.

Ella rió, se encogió de hombros. —Sí, me gané el combo familiar. Como si fuera a comer toda esa comida yo sola.

—¿Y no tienes a nadie para compartir? —él ya estaba en el peldaño de arriba, pero se detuvo, la miró de nuevo, y esta vez no bajó la cabeza. —Aunque… si quieres, puedo compartir. Tengo más palillos de los que necesito.

—¿Tú? ¿Compartir? —ella fingió duda, puso la mano en la cintura—. ¿No es peligroso? Me vas a robar mi mitad del pollo a la naranja.

—¡Oye, yo soy de los que comparten sin chingar la mitad! —él se puso serio, puso una mano en el pecho, y Adriana juró que sintió un cosquilleo en la base del estómago—. Prometo dejar la mitad. O incluso la tercera parte. Como tú quieras.

Ella le sonrió, y esta vez no fue fingida. —Vale. Pásame un plato, entonces. Y trae cerveza. La que tengas.

—La mejor —él se dio media vuelta, pero se volteó otra vez—. ¿Qué tipo de cerveza te gusta?

—La que esté fría —ella dijo, y él se rió, una risa grave, que le entró por el oído y le bajó como un trago lento.

A las nueve y cuarto, Mateo estaba en la puerta de su departamento, con dos platos de plástico envueltos en foil, dos cervezas Negra Modelo bien frías y una botella de tequila reposado que dejó sobre la mesa con un chasquido seco. —La de para después —dijo—. Por si te da ganas de chingarte el paladar.

Adriana le dio un trago largo a su cerveza, con los ojos en él. —¿Y si me dan ganas de chingar *algo* más que el paladar?

Él se detuvo medio metro dentro de la puerta, con las cejas levantadas. —¿Estás poniendo prueba?

—No. Estoy poniendo *opción*. —ella bebió otro trago, se secó los labios con el dorso de la mano—. Pero si te asustas, puedes salir. La puerta está abierta.

Mateo no se movió. Solo la miró, con la cerveza en la mano, los hombros un poco relajados, pero los músculos de la mandíbula tensos. —¿Y si no me asusto?

—Entonces te quedas.

—¿Y si me quedo?

—Entonces… —ella se puso de pie, se acercó a la mesa, tomó una de las cervezas que él había dejado y la puso al lado de la suya—. Vemos qué pasa.

El silencio no fue incómodo. Fue denso, cargado, como el aire antes de una tormenta. Mateo se quitó la gorra, se pasó una mano por el pelo corto, despeinado por la lluvia. —Oye, Adriana… —dijo, y por primera vez ella notó que le temblaba la voz, apenas un flechazo—. ¿Estás segura?

—No. —ella sonrió—. Pero me gusta la idea de no estar segura.

Él respiró hondo, y por primera vez, se acercó. No como un predador, sino como alguien que se da cuenta de que la presa *quiere* ser cogida.

—Entonces… —sus dedos rozaron los suyos al tomar la botella de tequila—. ¿Te gusta el tequila puro?

—Me gusta más cuando lo tomas con los ojos puestos en alguien.

Él vertió una gota en la palma de ella, la levantó hasta su boca, y ella la chupó, lentamente, con los ojos clavados en los de él. Luego él hizo lo mismo con una gota en su propia mano, y se la chupó, y en ese momento, Adriana sintió que le temblaban las rodillas.

—Esto no es una broma —dijo Mateo, voz ronca, labios entreabiertos.

—No lo es. —ella le tomó la muñeca, lo acercó—. Pero tampoco es una carrera. ¿Ves? —sus dedos bajaron por su antebrazo, se detuvieron en el codo—. Ya llevamos veinte minutos. Y ni siquiera nos hemos tocado de verdad.

—¿Quieres que te toque?

—Sí. Pero no así. No hoy. Hoy quiero que me *sientas*. Que me hueles. Que me oyes respirar antes de que me toques.

Mateo asintió, y por primera vez, ella notó que había algo en su mirada que no era solo deseo: era respeto. Una atención profunda, como si estuviera aprendiendo a leerla.

Se sentaron en el sofá, él a un lado, ella al otro, pero sus piernas se rozaban, y cada roce era como una descarga eléctrica. Él le pasó la mano por la espalda, despacio, desde la base del cuello hasta la cintura, sin presión, sin prisas, como si estuviera desplegando una carta antigua, con cuidado. Ella se inclinó, apoyó la cabeza en su hombro, y respiró su olor: café, tabaco y algo salado, como el mar lejos de la orilla.

—¿Cuándo fue tu primera vez? —le preguntó él.

—Hace mucho. Con un tipo que me prometió que me llevaría a Guanajuato y nunca lo hizo. —ella rió—. Fue en su departamento, en un cuarto con paredes amarillas. Todo fue rápido. Demasiado rápido. Sentí que me había perdido.

—¿Y ahora?

—Ahora… —ella se levantó, se sentó en su regazo, con las piernas abiertas a los lados de su cintura—. Ahora quiero sentir que *encuentro*. Que no me pierdo. Que me dejo llevar, pero sin soltar el control.

Mateo la tomó de la cintura, la sostuvo como si pesara menos que una pluma. —¿Y qué quieres que haga?

—Quiero que me quites la blusa. Lentamente. Que me desabroches cada botón, como si fuera un secreto que no quieres contarle a nadie. Quiero que me desabroches hasta que sientas mi piel contra el aire, y entonces… me toques. No con prisa. Con curiosidad. Como si nunca hubieras visto una mujer antes. Como si esto fuera lo único que importara en el mundo.

Él se puso serio, pero no por la tensión: por la intensidad. Se puso de pie con ella, sin soltarla, y la llevó hacia la habitación. No era una habitación de invitados: era su espacio, con una cama sencilla, sábanas grises, un espejo grande en la pared del fondo. La luz de la lámpara de noche proyectaba sombras largas y suaves.

Se quedaron frente a frente, respirando al unísono. Mateo le desabrochó la primera botón, despacio. El tacto de sus nudillos rozando su piel, el leve roce de su pulgar en su clavícula, el susurro de la seda al separarse. La segunda botón. El tercer botón. Cada uno un latido más lento, más profundo. Hasta que la blusa se abrió por completo, dejando al descubierto el sujetador de encaje negro, con una costura que seguía el contorno de sus pechos, suave, casi invisible.

—Hermosa —murmuró él.

—No es nada. Es solo piel y hueso. Pero tú la miras como si fuera una obra de arte.

—Porque lo es.

Él le quitó el sujetador con la punta de los dedos, y ella sintió el aire frío sobre los pezones, endurecidos por la expectativa. Mateo se inclinó, y por primera vez, la tocó: con los labios, no con la lengua, sino con la suavidad de su boca, rozando como si estuviera probando el sabor del aire. Un beso en el pecho, apenas un susurro de piel. Y luego otro, más abajo, en el vientre, donde la tela de sus pantalones se levantaba con su respiración acelerada.

—¿Te gusta? —le preguntó él, sin mirarla, con la frente apoyada en su estómago.

—Sí. Pero quiero más.

Él se puso de pie, le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de su pantalón, y le quitó los calcetines de lana, uno por uno, como si fueran objetos sagrados. Luego se puso de rodillas, y con una lentitud que le hacía doler el corazón, le deslizó el pantalón por las caderas, dejando sus bragas de encaje negro al descubierto. No las tocó. Solo las miró. Su mirada bajó por sus muslos, por sus rodillas, por sus tobillos, como si estuviera aprendiendo su mapa, como si cada centímetro fuera una ciudad que descubrir.

—¿Cuánto tiempo hace que no te tocas? —le preguntó él.

—Mucho. —ella se mordió el labio—. No por falta de ganas. Por miedo a sentirme sola si lo hago.

—¿Y ahora?

—Ahora no tengo miedo. Tengo ganas.

Mateo se puso de pie, la tomó de la cintura, y la llevó hacia la cama. No la tiró. La bajó con cuidado, como si fuera un regalo frágil. Se quitó la camisa, dejando al descubierto un torso musculoso, pero no exagerado, con un vello oscuro que le bajaba desde el ombligo, siguiendo una línea que ella quería seguir con la lengua.

—¿Puedo? —le preguntó, con la mano suspendida sobre su cuerpo.

—Sí. Pero no te detengas. No ahora.

Él le quitó las bragas con un gesto suave, y entonces sí, la tocó: con la mano abierta, con la palma contra su muslo interno, subiendo despacio, despacio, hasta que sus dedos rozaron su clítoris, apenas un roce, como si fuera una chispa que no quería quemar, solo encender.

Ella gimió, bajó la cabeza, apretó los puños en la sábana. Mateo repitió el gesto, esta vez con dos dedos, rozándole el labio mayor, acariciando la humedad que ya le brotaba con naturalidad, con urgencia, como si su cuerpo ya supiera lo que su mente intentaba postergar.

—¿Así? —le preguntó, con la voz rota.

—Sí. Pero… quiero que me metas los dedos. Lento. Que sienta que entras. Que sienta que estás *ahí*.

Él se puso una mano en la cintura, la otra entre sus piernas, y con un dedo, empujó suavemente, entrando en ella, hasta la primera falange. Ella jadeó, arqueó la espalda, y él se detuvo.

—¿Dolor?

—No. Es… raro. Como si por fin alguien supiera lo que busca.

—Entonces voy a buscarlo. —él se inclinó, besó su cuello, y con un segundo dedo, entró despacio, abriéndola con cuidado, como si estuviera abriendo una flor que no quería romper.

Adriana cerró los ojos, sintió el calor, la presión, la plenitud. Mateo la movió con suavidad, con la mano en su cadera, y ella sintió que su cuerpo se entregaba, que su mente se callaba, y su piel gritaba.

—¿Tienes condón? —le preguntó ella, entre jadeos.

—Sí. Pero quiero sentirte. Sin nada. Solo tú y yo.

—Entonces cógeme. Que me sientas. Que me claves. Que me dejes hecha un lío.

Él se puso sobre ella, con las manos a los lados de su cabeza, y la miró a los ojos, con una intensidad que le hizo temblar el alma.

—¿Estás segura?

—No. Pero quiero que me chingues. Que me tomes. Que me hagas sentir que soy tuya, aunque sea por una noche.

Él se posicionó, la

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