La primera vez que el vecino me llamó por mi nombre
3 minLa primera vez que el vecino me llamó por mi nombre
La primera vez que el vecino me llamó por mi nombre fue cuando supe que algo iba a cambiar. Yo vivía en el depto. 3B, él en el 3A —un tipo alto, moreno, de ojos oscuros que parecían guardarse toda la tarde en la mirada. Se llamaba Rafael, y trabajaba de diseñador gráfico. O eso decía en su currículum colgado en la pared del pasillo, cuando me atreví a mirar mientras bajaba el basurero una noche de lluvia.
Nunca habíamos cruzado más de “buenos días” y “gracias por guardar la escalera”, hasta ese jueves. Llovía a cántaros y se fue la luz. Yo, atrapada en el cuarto con mi celular a 3% de batería, escuché un golpe en la puerta. Abrí con una toalla puesta como si fuera vestido de baño, el pelo mojado, los pechos húmedos contra la tela.
—¿Te pasó lo mismo? —preguntó, con la camisa pegada a los hombros, el pelo rizado aún goteando en el umbral.
—Sí —dije—. Se fue todo.
—¿Quieres usar mi veladora? Tiene luces de neón y todo. —Sonrió, esa sonrisa que no le alcanzaba los ojos, pero que sí le curvaba la boca como si supiera algo que yo no.
—¿Y si chingamos la luz?
—¿Cómo? —bromeó, pero no retrocedió.
—Que si chingamos la luz de tu cuarto, ¿sí me prestas la veladora? —me reí, pero ya no soltaba la toalla.
—Oye… —se acercó un paso, y su olor entró: café y madera quemada—. Pero primero dime tu nombre.
—Valeria.
—Valeria… —repitió, lento, como si me saboreara entre dientes—. ¿Y si en vez de prestarte la veladora, te invito a subir un rato?
Subí las escaleras con él detrás, sintiendo sus ojos en las nalgas, en la cintura, en la curva de mis riñones. En su cuarto, la luz era tenue, de un rojo suave, como si el aire mismo estuviera caliente. La veladora estaba encima de la cama, pero nadie la tocó.
—¿Tienes sed? —preguntó, y se levantó la camisa por el centro, dejando ver el vientre plano, los musculos suaves, el ombligo como una estrella pequeña.
—Sí —dije, pero ya no sabía a qué me refería.
Se acercó con una botella de agua, pero no me la ofreció. Me la pasó por el cuello, gota a gota, mientras yo lo miraba con la boca seca. El agua le resbaló por el pecho, por el ombligo, y él me tomó la mano.
—¿Te gusta el sabor?
—No —mentí—. Me gusta más el tuyo.
Se detuvo. Me miró fijo, y ese instante fue el más largo de mi vida. Luego, con la yema del pulgar, me limpió el labio superior.
—Entonces… ¿te gustaría probarlo?
No respondí. Solo lo tomé por la muñeca y lo tiré hacia mí. Sus labios fueron duros al principio, pero se abrieron como una flor al sol. La lengua me entró con cautela, como si temiera que me fuera a quebrar. Le pasé las manos por el cuello, por la nuca, por los cabellos rizados, y cuando sus dedos se hundieron en mis nalgas, apretándome contra él, sentí su verga dura contra mi vientre.
—¿Quieres que pare? —me susurró al oído.
—Si paras, te juro que te muerdo.
Y entonces sí, me levantó como si no pesara nada. Me puso de pie, con la espalda contra la pared, y me besó mientras me arrancaba la toalla. Me miró el pecho, el ombligo, el vello en el monte, y me dijo:
—Tus tetas están más ricas de cerca.
Y cuando sus dedos me tocaron el pezón, duro y listo, y su otra mano se metió entre mis piernas, encontrando todo mojada, supe que esa noche no iba a ser solo la primera vez que me llamara por mi nombre.
Era la primera vez que alguien me veía sin pedir permiso, y me encantó.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato · 0% de 0
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.