La primera vez que el culo me habló en voz alta

La primera vez que el culo me habló en voz alta

@valentina_ruiz ·24 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (19) · 111 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que el culo me habló en voz alta, estaba sentada en el sofá de Mateo, con una cerveza medio vacía en la mano y el pantalón ya desabrochado. Él me miraba con esa sonrisa que solo tiene quien sabe que va a hacer bien algo que ni él mismo se creía capaz. Me miraba y me decía con los ojos: *“¿Estás segura?”*, y yo le respondía con un asentimiento tan pequeño que casi se lo llevaba el viento por la ventana abierta del departamento en Roma Norte.

Mateo tiene manos grandes, de las que parecen hechas para apretar tu hombro y decirte “aguanta”, pero también para acariciar con la delicadeza de quien teme romper algo valioso. Ese día, sus manos no estaban apretando ni temblando. Estaban preparadas. Como si ya hubieran ensayado la coreografía mil veces en sueños.

—¿Te acordás cómo te dije que me gustaba que te tocara ahí, pero solo por fuera? —me preguntó mientras con la punta de los dedos trazaba líneas en mi cadera, apenas rozando la tela de mis boxers.

—Sí —respondí, porque claro que me acordaba. Habíamos hablado de eso varias veces: que me encantaba que me acariciara las nalgas, que me gustaba sentir su palma plana sobre mi culo, pero que el contacto directo con el orificio… no. Que no estaba lista.

—Hoy no toco el orificio —me aseguró, como si adivinara el sobresalto que ya me venía encima.— Solo la entrada. Y solo si vos me decís que sí.

Lo miré. Estaba serio, pero no por nervioso. Por respetuoso. Como si estuviera firmando un contrato que solo él sabía qué tenía que decir. Y yo, con la cerveza ya tibia en el vaso sobre la mesa de centro y el corazón latiendo más fuerte que el bass de la música que no apagamos, le dije:

—Sí.

Lo primero fue el aceite. Un chorro pequeño, calentado entre sus manos, y luego una presión suave, casi tímida, en la base de mi cola. No metió nada. Solo la punta de un dedo, húmeda y templada, rozando el borde de mi ano como quien acaricia la orilla de una puerta cerrada.

—Respirá —susurró.

Yo hice una mueca, no por dolor, sino por la extrañeza de sentir su dedo *ahí*, donde nunca había permitido que nadie llegara. No era dolor. Era… presencia. Como si mi cuerpo me estuviera diciendo: *“Oye, esto sí que es nuevo. No lo descartés”*.

—Está bien —le dije. Y era cierto.

Entonces, con lentitud que dolía en la mejor de las formas, empujó un poco más. Solo el dedo índice, hasta la primera falange. Me apreté, sí, pero no para expulsarlo. Para contenerme. Porque algo dentro de mí se estremeció, como si una corriente subterránea se hubiera despertado de golpe.

—¿Está bien? —volvió a preguntar.

—Sí —respondí, y esta vez con más fuerza—. Sí, Mateo, sigue.

Y siguió. No más preguntas. Solo el ritmo de su respiración, más profunda ahora, y el sonido de su pulgar y su índice moviéndose suavemente sobre mi piel, mientras el dedo se hundía un poco más, como si el cuerpo me estuviera aprendiendo a abrirse.

Había un momento en que sentí que mis nalgas se separaban, que el músculo se rendía, que mi culo —mi culo, ese lugar que siempre había sido tabú, inamovible, casi sagrado— me susurraba: *“Estoy aquí. Y quiero más”*. Fue entonces cuando él, con una sonrisa que brillaba como la luz del atardecer que entraba por la ventana, me dijo:

—¿Querés que te lo ponga todo?

—Todo —repetí, porque ya no me importaba que sonara exagerado. Todo era lo que yo quería. Todo lo que él tenía que darme.

Me volteé sobre el sofá, boca abajo, y él se posicionó tras mí, apoyando una mano en mi espalda baja y la otra en mi muslo. Sentí su verga contra mi entrada, ya húmeda no por el lubricante, sino por la excitación que me corría por las venas como miel tibia.

—No me muevo hasta que me digas cuándo —me dijo.

—Vamos —murmuré, y le dije con la voz más segura que pude—: Chévere, metéla.

Y la metió. Lento. Tan lento que el primer golpe de verga no fue un embestida, sino una entrada deliberada, como si estuviera desenrollando una cinta adhesiva con cuidado de no romperla. Sentí el calor, la tensión, la presión máxima, y luego… la liberación.

No fue como el sexo vaginal. No. El culo es otro planeta. Más estrecho, más sensible, más *suyo*. Cada pulso de su cadera lo sentía como un latido interno, como si su corazón y el mío se hubieran emparejado bajo mi piel.

—Sí —susurré, y esta vez fue una orden—. Sí, chingala.

Y él lo hizo. Con fuerza, pero sin brusquedad. Con la seguridad de quien sabe que su pareja lo está disfrutando. Y yo lo disfrutaba. Disfrutaba la presión, el estiramiento, el sonido de su respiración entrecortada en mi oreja, el olor a sudor y a él.

Me volteé un poco para ver su cara. Él tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la frente sudorosa. No era un rostro de placer desenfrenado, sino de concentración. Como si cada empuje fuera una oración. Como si estuviera rezando por mí.

—Valentina —dijo, y me llamó por mi nombre como quien invoca un amuleto.

No le pedí que fuera más lento. No le pedí que parara. Quería sentirlo todo. Quería que me lo metiera hasta la raíz, que me lo sacara, que lo volviera a meter, que me hiciera suya con cada fibra de su cuerpo.

Y lo hizo. Con suerte, con calma, con ese tipo de sexo que no es solo físico, sino emocional. Como si estuviera construyendo algo con sus manos, con su cuerpo, con su respiración.

Al final, cuando se corrió dentro de mí, no fue con un grito, sino con un suspiro profundo, como si se hubiera desplomado sobre mis propias entrañas. Y yo, con las manos apoyadas en el sofá, con el culo aún ardiendo, con la cadera temblando, sentí que algo dentro de mí había cambiado.

No era solo el acto. Era la confianza. Era el consentimiento. Era el respeto. Era el hecho de que alguien me hubiera esperado, me hubiera escuchado, me hubiera dado tiempo.

Cuando se retiró, se volteó a mirarme, sudado, despeinado, con una sonrisa tonta y sincera.

—¿Querés que te limpie?

—No —dije, y le acaricié la cara—. Déjame que te limpie a vos.

Y lo hice. Con una servilleta de papel, con cuidado, con una ternura que ni yo misma me esperaba.

Porque esa noche, mi culo no solo me habló en voz alta. Me recordó que el placer no es solo lo que se siente en la piel, sino lo que se construye con confianza, con paciencia, y con una cerveza medio vacía sobre la mesa de centro.

Y sí, Mateo. Sí, la primera vez que el culo me habló en voz alta… Fue la primera vez que yo también escuché.

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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

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