La primera vez que compartimos a su marido
7 minLa primera vez que compartimos a su marido
Eran las once de la noche cuando Sofía abrió la puerta de su casa con una sonrisa cómplice y un vaso de vino tinto en cada mano. Detrás de ella, entre la penumbra del pasillo, apareció Lucía, su mejor amiga desde la universidad, con el cabello suelto, labios pintados de rojo oscuro y una mirada que ya olfateaba el peligro. Entre ambas, la habitación estaba caldeada por el calor de la cocina encendida y por algo más sutil, más cargado: la expectativa de lo que venía.
—Llegaste justo a tiempo —dijo Sofía, entregándole uno de los vasos—. Ya lo tengo todo preparado.
Lucía asintió, tragando saliva mientras dejaba caer su bolso en el sofá. No era la primera vez que compartían un hombre, ni siquiera la tercera, pero sí la primera que lo hacían con el consentimiento pleno y abierto del hombre involucrado: su marido, Daniel. Hacía tres meses que lo habían convencido, poco a poco, entre risas, besos y confesiones tardías, hasta que él asintió, sus ojos grises brillando con una mezcla de nervios y deseo.
—¿Y él? —preguntó Lucía, señalando con la cabeza hacia el dormitorio.
—En la cama. Solo. Se quitó la camisa, se desató el cinturón… y se quedó ahí, esperando.
Sofía tomó un trago largo, dejando el vaso en la mesa de noche. Se acercó a Lucía, le quitó el suyo y lo puso en la misma superficie. Luego, con la mano temblorosa, le desabotonó la blusa, revelando una copa de encaje negro, delicado, que apenas contenía la redondez de sus senos.
—¿Estás segura? —susurró Lucía, no por miedo, sino por costumbre—. Porque si cambias de opinión ahora, lo entiendo.
—No voy a cambiar de opinión —respondió Sofía, y la besó con una urgencia que no había sentido en años—. Te quiero. Lo queremos. A él también.
Daniel los esperaba recostado sobre la espalda, las piernas ligeramente abiertas, los muslos firmes, el vello pubiano castaño y bien recortado. Llevaba los calcetines puestos, por una extraña fijación suya que ambas habían descubierto y aceptado como parte de su juego particular. Su pene, ya semierecto, reposaba contra el muslo izquierdo, ligeramente inclinado hacia afuera, como si esperara una invitación.
—Hola, chicas —dijo, con voz grave y pausada.
Sofía se sentó a su lado, acariciándole el pecho con la palma abierta, sintiendo el latido acelerado bajo la piel. Con la otra mano, bajó la cintura de sus pantalones, deslizando la cremallera con lentitud. El pene saltó al aire, ya completamente erecto: grueso, de veinticinco centímetros, la cabeza ancha y húmeda, con una gota de preseminal brillando en el meato.
—Dios… —susurró Lucía, arrodillándose frente a la cama—. Está hermoso.
Daniel sonrió, pero no habló. Se limitó a colocar una mano en la nuca de Lucía y guiarla hacia él. Ella lo tomó por la base, masajeando con la palma mientras acercaba su boca. La lengua rozó el glande, recogiendo el sabor salado de su excitación. Luego, lo introdujo en su boca con suavidad, hundiéndose hasta la base, hasta que sus narices rozaron el vello púbico de Daniel. Su garganta se contrajo, sacudiéndole el cuerpo entero, y un gemido ronco escapó de entre sus dientes.
Mientras Lucía lo chupaba con técnica de profesional, Sofía se desvistió por completo. Se quitó el sujetador, dejando caer los senos redondos y firmes, con pezones oscuros y hinchados. Se deslizó las medias por las piernas, sin romper el ritmo de sus caricias, hasta que quedó en ropa interior, con el short de encaje ajustado al monte de Venus, húmedo ya de anticipación.
Se acercó a la cama, se sentó a horcajadas sobre el abdomen de Daniel, y colocó su mano derecha sobre la cabeza de Lucía, empujándola con suavidad hacia abajo. Lucía tragó profundamente, mientras Sofía se inclinaba y tomaba el pene con ambas manos, ayudándola a subir y bajar.
—Quiero sentirlo dentro de mí… —dijo Sofía, apartándose apenas—. Pero primero, déjenme verlo.
Lucía se apartó, dejando que el pene cayera sobre el muslo de Daniel, goteando un poco más. Sofía se inclinó y apartó el short de encaje con un movimiento rápido, exponiendo su vulva hinchada: los labios mayores húmedos, los menores entreabiertos, ya brillantes de excitación. Con un dedo, rozó su clítoris, apenas escondido bajo el capuchón, y Lucía lo vio retorcerse, su pene tensándose aún más.
—Tócalo —ordenó Sofía, tomándole la mano—. Quiero que lo sientas.
Lucía obedeció, llevando su dedo índice hasta el interior de la vagina de Sofía, que se estremeció al sentir el rozamiento. Lo introdujo hasta la segunda falange, moviéndolo con lentitud, mientras con el pulgar acariciaba el clítoris. Sofía jadeó, apoyando las manos sobre los hombros de Daniel, que la miraba con una mezcla de adoración y deseo.
—Ahora… —dijo Lucía, incorporándose—. Quiero entrar.
Se colocó frente a Daniel, tomó su pene con ambas manos y lo colocó frente a su entrada. Se inclinó hacia atrás, abriendo su propio cuerpo, y lo empujó hacia adentro. Daniel gritó, no por dolor, sino por la intensidad de sentir su vagina apretada, cálida, húmeda, envolviéndolo desde la punta hasta la base. Se llevó las manos a las caderas de Lucía y comenzó a empujar, con movimientos cortos, profundos, hasta que el vello púbico de ambos chocaba con fuerza.
Sofía los observaba, sentada a un lado, con una mano entre sus propios muslos, frotándose el clítoris con el pulgar mientras los miraba. Daniel se inclinó hacia adelante, besó a Lucía con furia, y mientras la penetraba, deslizó una mano por su espalda hasta la cintura de Sofía.
—Tú también —susurró—. Quiero sentirte.
Sofía se acercó, se subió a la cama y se acomodó a su lado, entre las piernas de Lucía. Con la mano libre de Lucía, tomó el pene de Daniel y lo guió hacia su propia vagina, que ya se abría al contacto con el calor de él. Se bajó sobre él, sintiendo cómo entraba, lenta, hasta la raíz, y se dejó caer, hasta que ambos estuvieron unidos, mientras Lucía seguía dentro de ella.
Las tres formaban un triángulo vivo: Lucía penetrada por Daniel, Sofía penetrada por Daniel, y las dos mujeres, con sus pechos rozándose, sus manos entrelazadas, sus respiraciones entrecortadas.
—Ahora… —dijo Daniel, con la voz rota—. Ahora, juntas.
Lucía separó suavemente su cuerpo del de Daniel y se deslizó hacia abajo, hasta la cama. Se colocó entre las piernas de Sofía y, sin perder tiempo, introdujo dos dedos en su vagina, mientras con la lengua buscaba su clítoris. Al mismo tiempo, Daniel comenzó a moverse en Lucía con más fuerza, sus caderas golpeando contra las nalgas de ella, sudoroso, jadeante, con los músculos de sus brazos tensos.
Sofía cerró los ojos, dejándose llevar. El pene de Daniel golpeaba su próstata interna, estimulándola hasta el límite. El dedo de Lucía encontraba su punto G con precisión quirúrgica, mientras su lengua hacía círculos sobre su clítoris, ya endurecido e hinchado. No pudo contenerlo más. Un grito agudo escapó de su garganta, y su cuerpo se arqueó hacia arriba, mientras su vagina se contrajo en espasmos visibles, sufriendo unaorgasmo que la sacudió entera.
Lucía, sin interrumpir su ritmo, se giró hacia Daniel y le tomó el pene con ambas manos, acelerando sus movimientos. Él, al sentir el cambio, gruñó, soltó los brazos de Lucía y se llevó las manos a los senos de Sofía, amasando con fuerza, apretando sus pezones entre pulgar e índice, hasta que ella volvió a gritar.
—Voy a correrme —murmuró Daniel—. Quiero correrme dentro de vos.
Lucía asintió, y con una última embestida profunda, Daniel se estremeció. Su pene palpitó dentro de Lucía, eyaculando con fuerza, bombas de semilla que llenaron su útero con un calor inmediato. Al mismo tiempo, Sofía sintió cómo el segundo chorro de eyaculado salía de Daniel, esta vez hacia ella, y se desbordó en su vagina, inundándola con su esperma.
Se quedaron así, durante largos segundos: Daniel sobre Lucía, Sofía still sobre él, las tres respirando con
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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.