La primera vez que cogí a mi hermanastra en la habitación de mis padres

La primera vez que cogí a mi hermanastra en la habitación de mis padres

@fernanda_luz ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (34) · 379 lecturas · 3 min de lectura

Apenas entré al pasillo, sentí el calor de su cuerpo antes de verla. Lucía el pelo suelto, mojado aún de la ducha, con una toalla apenas envolviéndole los pechos redondos y los muslos tersos. Tenía diecinueve años yo, veintiuno ella, y desde que nos mudamos juntos a la casa de nuestros padres —tras la muerte de papá—, cada vez que la veía así, con esa mezcla de vergüenza y descaro que solo ella sabe tener, sentía un nudo en el estómago que subía directo al pene.

—¿Vas a entrar o vas a quedarte ahí todo el día? —dijo, sin apartar la mirada del espejo del armario, mientras se secaba el cuello con la toalla.

Me acerqué. No pensaba hacerlo. Lo había jurado: nada de atravesar esa línea. Pero esa noche, después de que ella me sirviera una copa de vino en la terraza, con las piernas cruzadas y la falda subiéndose por los muslos cada vez que se movía, todo se desdibujó.

—¿Te acuerdas cuando éramos niños y jugábamos a esconderse? —preguntó, volviéndose hacia mí por fin. Sus ojos tenían ese brillo que solo tienen los que saben que están a punto de hacer algo malo y les encanta.

No respondí. Me quitó la copa de la mano y la dejó en la mesa. Entonces me tomó del brazo y me arrastró hacia la habitación de mis padres. La puerta se cerró con un clic suave, como un suspiro de rendición.

—Hoy no están —dijo—. Se fueron a la boda de la tía Rosa y no vuelven hasta mañana al mediodía.

Me empujó hacia la cama. Yo ya tenía el pene tieso, sudando en los calzoncillos. Se arrodilló frente a mí, sin deshacerse de la toalla, y me desabrochó el pantalón con movimientos lentos, deliberados. Cuando sacó mi polla, la sostuvo entre sus dedos y la acarició con una lentitud que dolía.

—Está tan dura… —murmuró, mirándola como si nunca la hubiera visto—. Como la primera vez que me la tocaste, cuando teníamos quince años y me sorprendiste en el baño.

No era cierto. Pero no dije nada. Solo la dejé hacer.

Se quitó la toalla y se sentó sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cabeza. Me incliné y metí la lengua entre sus muslos. Ya estaba mojada, caliente, con ese sabor salado y dulce que solo tiene la excitación de una mujer que está a punto de correrse. Le separé los labios con los dedos y la lamí hasta que gimió, hasta que sus caderas empezaron a moverse contra mi cara.

—Ahora —dijo, girándose y colocándose encima de mí—. Quiero sentir tu polla dentro de mí.

Se sentó sobre mí, con la punta de mi pene rozándole la entrada. Me agarré a sus caderas y la empujé hacia abajo. Entró lenta, muy lenta, hasta que su vagina me envolvió por completo. Gimió. Yo también. El sonido salió de mi pecho como un gruñido ahogado.

Ella empezó a subir y bajar, con un ritmo que ya conocía aunque nunca hubiéramos hecho esto antes. Cada vez que bajaba, sus pechos me rozaban el pecho; cada vez que subía, sentía cómo se estiraba el fondo de mi garganta con el gemido que intentaba contener.

—Más fuerte —le susurré.

Ella asintió, se inclinó hacia adelante y me clavó las uñas en los hombros. Bajó el ritmo y lo aceleró, cambiando el ángulo hasta que sentí su punto G chocando contra el mío. Me arqueé, sintiendo que la corriente subía por la columna. Ella lo notó y me besó, con la lengua metiéndose en mi boca mientras seguía moviéndose.

—Voy a correrme —dijo, jadeando—. Tú también.

No hizo falta más. Ella se dejó caer sobre mí, con las manos en mis muslos, y yo la sujeté fuerte, metiéndole la polla hasta el fondo una última vez antes de correrme dentro de ella. Sentí el calor de mi esperma recorriendo su interior, llenándola hasta que ella se estremeció y soltó un grito ahogado contra mi cuello.

—Mierda… —susurró, aún temblando—. No volvamos a hacer esto.

Sabíamos que mentía. Ambos lo sabíamos.

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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.

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