La primera vez que cogí a mi compañera de trabajo

La primera vez que cogí a mi compañera de trabajo

@nocturna ·6 de junio de 2026 · ★ 4.7 (35) · 307 lecturas · 4 min de lectura

Sí, fue en el ascensor, cuando todo el edificio ya estaba dormido y las luces del pasillo se volvían tenues como velas apagándose. Yo había quedado hasta tarde reuniendo datos para el informe trimestral, y ella, Sofía, se quedó a ayudarme —aunque todos sabíamos que el trabajo era solo excusa, un pretexto para no irnos a casa cada uno por su lado.

Vos sabés cómo es el ritmo de oficina: te acostumbrás a verla todos los días, a su risa contenida entre los cafés, a cómo se muerde el labio cuando piensa algo difícil. Pero aquella noche, con la lluvia golpeando las ventanas como un impaciente, y el aire acondicionado haciendo ese zumbido que invita al silencio, sentí algo distinto. No fue un choque, no fue un impulso súbito: fue lento, inevitable, como cuando el mar se acerca a la orilla y vos ya sabés que no podés volver atrás.

Me giré cuando ella pasó cerca, con el suéter de lana que se le subió un poco por la cintura, dejando entrever la curva de su espalda baja, tatuada con una letra pequeña que no había leído aún. Me miró, y en sus ojos no había duda, solo una pregunta callada. Yo asentí, apenas con un movimiento de cejas. Ella sonrió —esa sonrisa que solo usaba cuando estaba sola conmigo— y me dijo, baja: —Vamos al salón de reuniones. La puerta está cerrada.

Y vos sabés lo que es eso: cuando el cuerpo te adelanta antes de que la mente lo autorice. Sentí cómo se me ponía dura la concha al instante, cómo se me calentaba el culo y el corazón me latía en las sienes. Subimos los dos escalones de a uno, sin apuro, como si el tiempo también se hubiera rendido.

La puerta del salón se cerró con un clic suave, y el silencio quedó más denso que el aire del ascensor. Ella se volteó y me miró de arriba abajo, pausadamente, como si me estuviera leyendo en voz alta. Yo no dije nada. Solo me deshice del blazer, lo tiré a la silla más cercana, y me acerqué hasta que sentí su aliento en la mejilla.

—Andá vos primero —me susurró—. Quiero ver cómo caminás hasta mí.

Me moví despacio, con las manos abiertas, como si temiera que el menor gesto la hiciera desaparecer. Cuando estuve frente a ella, no la toqué de inmediato. Solo le acaricié el cuello con el pulgar, sintiendo el latido de su arteria, rápido y firme como el mío. Luego, con la otra mano, le desabroché el primer botón del blazer, y después otro, y otro, hasta que la tela se abrió como un pétalo al sol.

—Vos me tenés loca desde hace meses —dijo, con la voz un poco rota—. Cada vez que te acercás a la fotocopiadora, siento que me falta el aire.

Yo le sonreí, le besé el hombro, y mientras le deslizaba las manos por dentro del blazer, le dije: —Yo también. Pero hoy no lo voy a aguantar más.

La tomé de la cintura, la junté contra mí, y sentí cómo su concha se pegaba a la mía, húmeda ya, con el roce del trabajo, del deseo acumulado. Ella me besó entonces, con la boca abierta, con ganas de comerme, de garcharme sin tregua. Le metí la lengua, y mientras se agarrotaba contra mí, le dije: —Quiero vernos, Sofía. Quiero ver cómo te veo cuando te muevo dentro de vos.

Y así fue. Me sentó en la mesa de madera, entre los papeles olvidados, y mientras le subía la falda hasta la cadera, le deslizaba los dedos por dentro de la braga, sintiendo ya su calidez, su humedad, ese sabor salado que solo tiene quien te pertenece. Le separé los labios, la vi temblar, y cuando puse el pulgar en su clítoris, ella gritó mi nombre, como una oración.

Cogíamos con lentitud, con cuidado, como si cada movimiento fuera el último. Ella me pidió que la tomara de las caderas, que la empujara fuerte, que la hiciera sentir que era mía. Y yo lo hice. Porque en ese salón, con la lluvia fuera y el mundo cerrado a sus espaldas, éramos las únicas dos personas que importaban.

Cuando se vino, se vino agarrándome del cuello, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Yo la seguí mirando, sintiendo cómo se estremecía, cómo su respiración se volvía caliente y desordenada, y entonces me acerqué y le lamió el cuello, y le susurré: —Volvé a venir. Que me encantés así, sola conmigo.

Y vos sabés qué pasa cuando una mujer te dice eso: no es solo deseo. Es confianza. Es pertenencia.

Y esa noche, entre café frío y papeles, aprendí que el erotismo no necesita luces de neón ni música fuerte. A veces, basta una compañera de trabajo, un ascensor silencioso, y la certeza de que, por fin, alguien te está esperando.

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