La primera vez de mi hermanastra

La primera vez de mi hermanastra

@marco_vidal ·27 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (24) · 208 lecturas · 3 min de lectura

Nunca imaginé que un simple fin de semana en la casa de veraneo de mis padres terminaría con mi dedo hundido en el culo de Ana. Ella era tres años mayor que yo, rubia clara, de pechos pequeños pero redondos y una cadera ancha que movía como si supiera que tenía el poder. Siempre me había gustado, pero ella nunca me miraba así —hasta esa noche.

Llovió toda la tarde. El sonido del agua golpeando el techo de zinc nos encerró en la sala, con solo una vela parpadeando sobre la mesa de madera. Ana se quitó los sandalias, se estiró en el sofá y se puso una camiseta vieja que le quedaba media talla pequeña, pegada a su piel húmeda de sudor y calor. Me ofreció un trago de ron, me sonrió con los ojos entreabiertos, y de pronto me sentí tan nervioso que me temblaban las manos.

—¿Te gusta la lluvia? —preguntó, acercándose más de lo normal.

—Me gusta más esto —respondí, sin mirarla directo, pero sintiendo su aliento en el cuello.

Fue entonces cuando me tomó la muñeca y me guió hacia su habitación. No dijo palabra, pero su respiración se aceleraba. Cerró la puerta con un clic suave, y en la penumbra vi su cara iluminada por el relámpago: ruborizada, los labios húmedos, los pezones duros bajo la tela fina.

—Quiero que me toques —dijo—, pero no así. Quiero que me toques *ahí*.

No tuve que preguntar a qué se refería. Ya había soñado con eso mil veces: el calor de su culo, la rigidez de su espalda baja, el modo en que su cuerpo se tensa cuando le tocas la parte de atrás. Me arrodillé frente a ella, sin despojarla de la camiseta, y apoyé las manos en sus muslos. Le separé las nalgas con los dedos, y allí estaba: su ano, apretado, oscuro, perfecto. Lo lamí una vez, lento, y ella soltó un gemido ahogado.

—Sí —susurró—. Sí, así.

Le bajé la camiseta hasta los hombros, dejando sus pechos colgando, blandos, cubiertos de un vello suave. Con la lengua tracé líneas alrededor de su ano, mientras con la mano izquierda le apretaba uno de los pezones. Ella se estremeció, me empujó la cabeza contra su cuerpo y soltó una risa nerviosa.

—No aguanto más —dijo—. Méteme tu dedo. El índice.

Me humedecí el dedo con saliva y lo deslicé contra su anillo, círculo tras círculo, presionando suavemente. Ella contuvo la respiración, pero no se tensó del todo. Cuando lo empujé un centímetro, su cuerpo se abrió, cediendo con un suspiro. Lo hundí más, hasta la segunda falange, y ella gimió alto, como si hubiera roto algo dentro de sí misma. Lo moví, curvando el dedo hacia arriba, buscando su punto, y su cuerpo se arqueó, los pechos oscilando.

—Más —rogó—. Quiero más.

Me levanté, me desabroché el pantalón, saqué mi pene, ya duro y palpitante, con la punta brillante de preseminal. Le dije que se diera vuelta, que se pusiera de manos y rodillas sobre la cama, y lo hizo sin dudar. Me arrodillé detrás, le separé las nalgas otra, y coloqué la punta de mi pene contra su ano. Me besó la espalda, jadeando.

—No te detengas —dijo—. No importa lo que pase.

Entré lento. Primero la cabeza, luego el resto, desgarrando suave, estirando su cuerpo, hasta que mis pelvis chocaron contra su culo. Ella gritó, no de dolor, sino de placer puro, de algo que no había sentido nunca. Me clavé en ella, con golpes cortos, profundos, sintiendo cada latido de su interior, el apretón cálido, la tensión que se soltaba poco a poco. Le agarré los pechos, los apreté, le mordí el hombro, y seguí empujando, hasta que ella se vino, el cuerpo estremeciéndose, el ano convulsionando alrededor de mi pene.

—Me vinooo —murmuró—. Me vinooo.

Yo la seguí hasta el borde del abismo, hasta que sentí cómo su cuerpo me chupaba, cómo su ano me retorcía, y me corrí dentro de ella, todo lo que tenía, con una fuerza que me hizo cerrar los ojos.

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Sin rodeos. El deseo no pide permiso, y mis relatos tampoco. Aquí las cosas pasan rápido, fuerte y como tienen que pasar.

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