La primera vez con un negro

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca se me hizo raro que me atrajeran los hombres negros. No por fetiches ni estereotipos baratos, sino por algo más profundo, como si en su piel oscura, en su forma de moverse, hubiera un ritmo que mi cuerpo reconocía, aunque mi mente no supiera nombrarlo. Yo, una mestiza de pelo negro y ojos achinados, criada entre tortillas y corridos, nunca pensé que un día me perdería entre los brazos de un hombre de Senegal, alto como un álamo, con los hombros anchos y una voz que sonaba como un contrabajo a media noche.

Se llamaba Idriss. Lo conocí en un taller de literatura en el Centro. Yo iba por obligación, más que por gusto; mi terapeuta me había dicho que escribir me ayudaría a “expresar lo que no digo”. Qué sabrá ella. Pero ese día, entró Idriss con su camisa de lino blanca, abierta hasta el tercer botón, y una sonrisa que me dejó el corazón en la garganta. Su piel brillaba como si tuviera un brillo natural, como si el sol se hubiera quedado atrapado en ella. Y sus manos… largas, fuertes, con dedos que parecían hechos para acariciar y también para tomar.

Nos sentamos juntos por casualidad. O quizás no fue casualidad. Me miró y dijo: “¿Eres de aquí o solo de paso?”, con ese acento suave, mezcla de francés y algo que no supe identificar. Le dije que sí, que era de aquí, de la capital, nacida y criada. “Pues tu voz suena como si vinieras de otro lugar”, me dijo. Y no supe si era un cumplido o una burla, pero me gustó. Me puso los pelos de punta.

Durante la clase, leí un texto que escribí sobre un deseo que no me atrevía a nombrar. No era explícito, pero estaba lleno de metáforas: fuego, sudor, manos que recorren la espalda como si buscaran un secreto. Cuando terminé, Idriss me miró fijamente, sin pestañear. “Eso no es ficción”, dijo bajito, solo para mí. “Eso es hambre.” Me ardieron las mejillas. No supe qué responder.

Después, salimos a tomar un café. Hablamos de poesía, de África, de México, de la lluvia que caía afuera como si el cielo se hubiera puesto a llorar por nosotros. Y entonces, sin que ninguno de los dos lo propusiera, terminamos en mi departamento. No dijimos nada. Solo nos miramos, y ya sabíamos.

Cerré la puerta. Él se acercó despacio, como si midiera cada paso. Me tomó la cara con una mano, sus dedos cálidos, y me besó. Fue un beso lento, profundo, como si estuviéramos descubriendo el sabor del otro por primera vez. Sentí su barba suave raspándome la piel, y su cuerpo, tan grande, tan firme, tan distinto al mío. Me abrazó por la cintura y me levantó como si no pesara nada. Mis piernas rodearon su cadera sin que me lo pidiera.

Me llevó a la recámara. Me desvistió con calma, como si cada prenda fuera un ritual. Cuando me quitó el brasier, me miró los pechos como si nunca hubiera visto nada igual. “Son perfectos”, dijo. Y yo, que siempre me he sentido chiquita, de repente me sentí completa.

Él se desnudó con una lentitud que me encendió. Su torso era como una escultura: músculos marcados, piel oscura que brillaba con la luz tenue. Y su verga… Dios, su verga estaba dura, gruesa, larga, apuntando directo al cielo. No dije nada, pero él sonrió. “No tienes que hablar”, me susurró. “Solo siente.”

Me acostó en la cama y empezó a besarme el cuello, los hombros, los pechos. Luego bajó, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me separó las piernas con delicadeza y me miró entre ellas. “Eres hermosa aquí”, dijo, y antes de que pudiera responder, metió la lengua.

Grité. No pude evitarlo. Nadie me había chupado así, con esa profundidad, con ese ritmo africano que no conocía. Me corrí rápido, sin aviso, como un rayo. Y él no se detuvo. Me miró, con los labios húmedos, y dijo: “Ahora quiero cogerte.”

Asentí. No necesité más palabras.

Entró despacio, con cuidado, como si supiera que era la primera vez con un hombre así. Pero cuando estuvo hasta el fondo, sentí que todo encajaba. Era como si mi cuerpo hubiera esperado esa verga, ese hombre, ese momento.

Y mientras me cogía, con sus manos en mis nalgas, con su sudor cayendo sobre mí, pensé: *esto no es solo sexo*. Esto es como volver a casa.

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Interracial