La primera vez con Leo
La habitación olía a sudor ligero, a piel caliente y a ese perfume barato que Leo siempre usaba, el que ella conocía tan bien desde que empezaron a verse en secreto. Valeria se sentó al borde de la cama, desnuda, con las piernas abiertas sin vergüenza, observando cómo Leo se quitaba la camisa con torpeza, nervioso, como si aún no se creyera que estaban allí, juntos, a puerta cerrada, después de tantos meses de miradas tensas en la cocina de la oficina, en los ascensores, en las reuniones donde ella fingía no notar cómo él la miraba por debajo del monitor.
—¿Estás segura? —preguntó Leo, con la voz ronca, mientras se desabrochaba el cinturón.
Valeria asintió lentamente. No dijo nada. Solo se humedeció los labios con la lengua, despacio, y se acostó boca abajo, apoyando la mejilla en la almohada. Su cuerpo era largo, estilizado, con caderas anchas y nalgas firmes que se tensaron cuando se acomodó. Leo contuvo el aliento. No era la primera vez que la veía desnuda, pero sí la primera vez que sentía que tenía permiso total, absoluto, para tocarla donde quisiera.
Se acercó, se arrodilló entre sus piernas. Le acarició la espalda con las yemas de los dedos, bajando lentamente, como si midiera el terreno. Valeria suspiró, apenas un sonido, pero suficiente para que él supiera que estaba lista. Entonces, con cuidado, le separó las nalgas y miró. El ano era pequeño, rosado, ligeramente arrugado, latiendo con cada respiración de ella. Leo tragó saliva. No lo había hecho nunca, no con una mujer así, por detrás, por ese lugar que siempre le había parecido prohibido, intenso, casi sagrado.
—¿Tienes el lubricante? —preguntó ella, sin abrir los ojos.
—Sí —respondió él, con la voz entrecortada.
Sacó el tubo del bolsillo del pantalón, lo abrió con los dientes. Aplicó una generosa cantidad sobre sus dedos y volvió a acariciarla, esta vez con más intención. Rozó el anillo con la punta del pulgar, sintiendo el calor que despedía. Valeria se estremeció, pero no se apartó. Al contrario, levantó un poco las caderas, ofreciéndose.
—Despacio —dijo ella—. Pero no pares.
Leo asintió, aunque nadie lo vio. Introdujo un dedo con lentitud, apenas un centímetro, esperando. Valeria contuvo el aliento, pero no se quejó. Al contrario, empujó suavemente hacia atrás, invitándolo a profundizar. Él obedeció. El dedo entró del todo, rodeado por el músculo tenso, que poco a poco fue cediendo. Valeria gimió, bajo, profundo, como si el sonido viniera del centro de la tierra.
—Dios… —susurró—. Sí…
Leo retiró el dedo y aplicó más lubricante. Esta vez entró con dos, más lento aún, más atento. Valeria se mordió el labio, pero no se quejó. Su respiración se volvió más pesada, sus manos apretaron las sábanas. Leo sentía el pulso acelerado, no solo por el deseo, sino por la responsabilidad de hacerlo bien, de no fallarle.
—Ya —dijo ella de pronto—. Ahora.
Se dio vuelta con suavidad, quedando boca arriba. Le tomó el rostro con las manos, lo besó con fuerza, con hambre. Luego, sin separarse del todo, le agarró el miembro con la mano derecha, lo guió hasta su entrada más estrecha. Leo cerró los ojos. El glande tocó el anillo, caliente, húmedo, palpitante.
Empujó con suavidad. Un poco. Valeria se tensó, pero no se apartó. Solo cerró los ojos con fuerza, como si estuviera atravesando un umbral. Leo se detuvo.
—¿Bien? —preguntó.
—Sigue —dijo ella, apenas un susurro.
Y él siguió. Centímetro a centímetro, entró en ella, sintiendo el ajuste, la presión, el calor que lo envolvía como un puño cálido y perfecto. Valeria gimió, largo, sin contenerse. Sus piernas temblaban. Leo se quedó quieto cuando estuvo todo dentro, dejándola adaptarse, dejándose embriagar por la sensación.
Entonces, ella movió las caderas. Una señal.
Y él empezó a moverse. Lento al principio, luego con más ritmo, más coraje. El sonido de sus cuerpos al chocar llenó la habitación, junto con los jadeos, los gemidos, las palabras que ya no necesitaban sentido. Solo emoción. Solo deseo.
Cuando Valeria llegó, lo hizo con un grito ahogado, con el cuerpo arqueado, con las manos aferradas a la espalda de Leo. Él la siguió segundos después, derramándose dentro de ella, con un gruñido que pareció salir de lo más profundo.
Se quedaron quietos, respirando juntos. Leo se dejó caer a un lado, sin fuerzas. Valeria sonrió, con los ojos cerrados, satisfecha.
—Gracias —dijo.
Él no respondió. Solo le acarició el pelo, y supo que eso era suficiente.
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