La primera vez con la vecina y su hermano

La primera vez con la vecina y su hermano

@mateo_cruz ·6 de junio de 2026 · ★ 4.1 (40) · 42 lecturas · 7 min de lectura

Nunca pensé que un simple “buenas noches” en el pasillo iba a cambiar mi vida para siempre. Yo, Mateo, 29 años, soltero de toda la vida, con una rutina tan planchada que hasta el café lo tomaba a la misma hora todos los días, sin salvoconducto. Vivía en un departamento chico, de dos recámaras, en un edificio viejo pero bien ubicado del Polanco. A un lado de la mía, habitaba Ana —una vecina nueva, de esas que entraron un martes con una caja de libros y una risa que se oía hasta en mi cuarto—. Alta, pielMorena clara, cabello oscuro suelto hasta la cintura, y una sonrisa que parecía abrir puertas que ni sabía que estaban cerradas.

La conocí de vista dos semanas antes de que todo sucediera. Ella siempre iba a trabajar con blusas sueltas y pantalones anchos, y a veces, en las tardes, salía a fumar al balcón. Yo la veía de reojo mientras lavaba trastes, o fingía revisar el celular. No era por curiosidad malsana: era que tenía una mirada tranquila, de quien sabe lo que quiere y no se apura por conseguirla. Me gustaba esa seguridad.

El viernes pasado, a eso de las once y media de la noche, sonó mi timbre. Pensé que era el vecino del piso de abajo, que se olvida siempre de sus llaves. Abrí con una toalla puesta alrededor de la cintura —acababa de salir de la ducha— y me quedé quieto al verla ahí, parada con las manos juntas, los pies descalzos sobre el alfombrado, y una botella de tequila en una mano, dos vasos en la otra.

—¿Me permites entrar? —preguntó, bajando la voz como si temiera que el pasillo escuchara—. Se me rompió el ventilador y aquí hace calor… y no tengo ganas de dormir con la camiseta puesta.

No respondí. La dejé pasar. El corazón me latía como si hubiera corrido dos kilómetros.

En su casa, el aire olía a vainilla y a sudor suave. Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas, y me ofreció un vaso. No bebí enseguida. La miré. Ella me devolvió la mirada sin miedo, sin coqueteo forzado, solo con curiosidad. Me acerqué, senté frente a ella, y cuando mis dedos rozaron los suyos al tomar el vaso, ambos nos miramos como si hubiéramos estado esperando ese roce desde hace años.

—¿Por qué hoy? —le pregunté, con la voz un poco áspera.

Ella se encogió de hombros, y su collar de plata brilló con el destello del ventilador del techo.

—Porque hoy me di cuenta de que desde que me mudé, cada vez que me miras, no me miras como vecina. Me miras como si me quitaras la ropa con los ojos… y me gusta.

No supe qué decir. Solo la tomé de la mano y la besé.

Fue un beso lento, de lengua tibia y labios húmedos, con sabor a tequila y a algo más, algo que no había probado en mucho tiempo: ternura. Su piel era suave, y cuando le acaricié el cuello con el pulgar, ella suspiró como si se hubiera olvidado de exhalar. Me solté la toalla. Se me puso la piel de gallina, pero no por frío: por el calor de sus ojos.

—¿Te importa si me quito las sandalias? —me preguntó, ya con las manos metidas en mis caderas.

—Nunca me habías gustado tanto las nalgas —le dije, y ella rió, contenta.

Nos besamos de pie, con las manos buscando lo que el cuerpo ya sabía. Yo le desabotoné la blusa, lentamente, cada botón como un premio. Cuando la tela se abrió, vi sus pechos redondos, con pezones pequeños y oscuros, que se erguían al sentir el aire frío del aire acondicionado. Le acaricié uno, con la palma cerrada, y ella se inclinó hacia mí, con los ojos cerrados.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Mucho —murmuró—. Pero quiero más.

Me metió la mano dentro del pantalón, y cuando su dedo rozó mi verga, ya dura y caliente contra el algodón, me temblaron las rodillas. Me sacó la polla, y yo la tomé del cuello para volver a besarla. Pero esta vez, ella se separó.

—¿Me dejas enseñarte algo? —me preguntó, con una sonrisa traviesa.

Antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido en el pasillo. Una llave girando. Ana se puso tensa, pero no asustada.

—Es mi hermano —dijo, con voz baja—. Vino a dejar un disco que le dejé prestado. Pero no dijo que vendría esta noche.

—¿Y qué hacemos? —pregunté, sin soltarla.

Ella me sonrió, y en sus ojos había algo que no había visto antes: una mezcla de desafío y deseo.

—¡Hola! —gritó hacia la puerta—. ¡Estoy en la cocina!

Un segundo después, la puerta se abrió. Y allí estaba él.

Luis. 31 años. Alto, delgado, piel morena igual que la de Ana, pero con el cabello más corto, rapado a los lados, y una barba bien cuidada. Vestía jean y camiseta negra, con una mochila al hombro. Al vernos, se quedó quieto. Nos miró, primero a ella, luego a mí, y luego volvió a mirarla.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz un poco ronca.

—Estoy más que bien —dijo Ana, tomando mi mano y apretándola—. Él me está enseñando a abrir tequila con los dientes.

Luis soltó una risa corta, y luego, sin quitar la mirada de mí, dijo:

—¿Te importa si me quedo un rato? Me gustaría conocerte.

No hubo pregunta, ni advertencia. Solo una invitación. Ana me miró, y yo asentí.

—Claro —dijo ella—. Él es Mateo.

—Y tú eres la hermana que nunca tuve —le contesté, y él sonrió.

Nos sentamos otra vez en el sofá, pero esta vez, Ana se puso entre nosotros, con una pierna sobre la mía y la otra sobre la de Luis. Yo sentía el calor de ambos lados, como si el mundo se hubiera reducido a ese sofá, a ese instante.

Luis me miró con curiosidad, pero sin juicio. Me preguntó sobre mi trabajo, sobre qué me gustaba hacer fuera de la rutina. Yo le hablé de los libros, de que me encantaba caminar por el río y escuchar música en voz baja. Él asentía, y cada tanto, rozaba el muslo de Ana con su mano, como para recordarle que estaba allí.

Pero entonces, Ana se inclinó hacia mí y me susurró al oído:

—¿Te importa si le toco la verga?

No pude responder. Porque ya Luis había levantado la camiseta y me mostraba un torso plano, con un vello fino y una línea de vello que bajaba hasta el pantalón. Ana se puso de pie, se arrodilló frente a él, y con una lentitud que me hizo tragar saliva, le desabrochó el cinturón.

—¿Te importa si le chupo? —preguntó ella, sin mirarme, solo a Luis.

—Claro que no —dijo él, con la voz entrecortada.

Yo, sin saber por qué, me desabroché los pantalones también. Quería ver. Quería sentir.

Ana le tomó la verga, ya dura y gruesa, con una sola mano, y se la metió en la boca. Luis cerró los ojos, se inclinó hacia atrás, y soltó un suspiro profundo. Yo me acerqué, le puse una mano en la nuca, y la ayudé a moverse. Ella lo hizo con naturalidad, como si ya lo hubiera hecho antes —y tal vez sí lo había hecho—, y cada vez que lo jalaba hacia afuera, yo sentía un calor en la entrepierna.

Luis me miró, y me dijo:

—¿Quieres que te toque?

Asentí, sin decir palabra.

Se puso de pie, me tomó de la cintura y me acostó en el sofá. Ana se levantó, se quitó el sostén, y se acostó a mi lado. Luis se puso entre mis piernas, y con una mano me acarició la verga, mientras con la otra le acariciaba un pecho a Ana.

—¿Te gusta? —le preguntó él, mientras me daba un chupón en el cuello.

—Mucho —murmuré, con la boca seca.

Ana me besó en los labios, y yo le metí la lengua. Mientras tanto, Luis me lamía el glande con lentitud, y yo sentía que se me iban los pies. Me puso un dedo en el ano, y luego otro, y cuando me preguntó si quería que entrara, le dije que sí con un “sí, chingue su madre”.

Luis se lubricó con la saliva de Ana, y se metió dentro de mí, lento, muy lento. Me dolía, pero no como uno esperaría: era un dolor dulce, como cuando abres una puerta que llevas años cerrando con llave. Ana me besó mientras él se movía, y cada empuje hacía que yo apret

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